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Paisaje después de la batalla

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Miles de ciudadanos molestos y cabreados, el Ayuntamiento impartiendo pedagogía fallera, que cae en saco roto mientras no se atreva a cambiar las normas heredadas, y hasta los medios de comunicación de derechas clamando al cielo por el triste espectáculo en el que se han convertido las fallas: una macrocarpa que nos va a situar en el mapa sí, como, en su día la ruta del bakalao . Pero, esta vez, la ruta del botellón.

La derecha, que sabe de marketing, ahora se permite criticar lo que ella misma ha alimentado. Es curioso que quienes se escandalizan de los orines y vomitonas en las calles, que se empezaron a gestar y a crecer en los últimos años del anterior gobierno, en su día miraran para otro lado y se dedicaran a “ofrenar noves glories a España”. Si es un asunto político, mal vamos, porque aquí la crítica se toma como una afrenta personal y no como una oportunidad de debate.

En los últimos años, a todos aquellos que hemos cuestionado el despropósito, que no la fiesta, nos han calificado de gauche divina . También nos han llamado versos sueltos que sólo queríamos deslucir las fiestas con nuestras reflexiones en contra del abuso e invasión que soportan miles de los valencianos. Versos o ripios, toca pararse a pensar. En este sentido, es justo reconocer a la nueva corporación esfuerzos por fomentar la sostenibilidad de los monumentos, la inclusión de lenguaje no sexista y otras tímidas medidas, muy tímidas, que, al parecer, se diluyen en un marco donde las decisiones las toman las comisiones falleras, dueñas y señoras del sarao. Por tanto, primeras responsables de que las calles sean un urinario público. Y un Ayuntamiento que, aunque haya recibido en herencia el vivero fallero, poco acostumbrado a cumplir las leyes, no se atreve a regular definitivamente la fiesta y a plantear de una vez su modelo que, por lógica, debería ser muy distinto al anterior.

El concejal de Fiestas asegura que no quiere que las fallas se conviertan en Sanfermines. Buen propósito de enmienda, pero bastante alejado de la realidad. ¿Se imaginan 21 días de encierros en Pamplona? No hay cuerpo que lo soporte. Aquí sí, 19 días de mascletás. Un gasto que se debería recortar de forma urgente si de verdad se quiere poner el acento en otras necesidades sociales. Es la opción que votamos, la del cambio hacia un modelo de sociedad que fomente el pensamiento y la convivencia, aplicable en cada una de sus manifestaciones. En las fiestas populares, también. Si son, como dicen, un altavoz de lo valenciano, mayor razón.

El mundo fallero es una hidra donde sólo decide una de las cabezas, de las siete que tiene el animal, según la mitología griega. ¿Cuál de ellas? La más reptiliana, sin duda. La que está incapacitada para pensar y sentir y cuya única función es la de actuar. Los expertos la describen literalmente como “ un tipo de conducta instintiva, programada y poderosa, muy resistente al cambio”.

El ayuntamiento, corresponsable del desmadre, sobre todo por su temor a cabrear al mundo fallero (como si les votaran…..) debe, tiene el compromiso moral de darle la vuelta a esa herencia envenenada, dejarse de buenos propósitos y empezar a cortar cabezas. De la hidra. ¿No son suficientes siete días de mascletás, por ejemplo? ¿No se pueden unir diversas fallas en una sola verbena y que, además cambien la ubicación anualmente para que no sean siempre los mismos vecinos quienes soportan la ilegalidad de los decibelios? Este año, hasta el día de la plantà hubo discomóviles. ¿Dónde está el respeto a la tradición que esgrimen algunos? ¿No se puede habilitar un espacio para las fritangas y demás? Por cierto, toman el agua y la luz de la red general que pagamos entre todos. Por tanto, que nadie cuestione a nadie el derecho a protestar.

Otra idea sencilla para saber el terreno que pisamos: que el ayuntamiento efectúe una encuesta para conocer exactamente el número de valencianos que se marcha esos días de la ciudad y los motivos. Un sondeo que permita saber qué quieren los ciudadanos, que modelo de fiesta es mayoritario. Democracia en vena. Parece lógico que se preocupe más por nuestro bienestar que por el de los turistas que vienen. También, que actualice el censo fallero, dato que no facilita nadie pero que es determinante para equilibrar la balanza. ¿No se pueden premiar monumentos que trasladen mensajes culturales, por ejemplo? ¿Son necesarias las megaluces, que tampoco son tradición o un mero reclamo del turismo al por mayor, ejemplo claro de la hidra? ¿Alguien ha visto estos días algún grupo de tabalets y dolçainas animando las calles, enseñando a los pequeños la música tradicional?

Siempre se ha dicho “con la iglesia hemos topado” para definir la indefensión ante el poder avasallador y dictatorial. Ahora bien podemos afirmar, lamentablemente, que con las fallas hemos topado.

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