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Las zonas húmedas, nuestra mejor arma contra el cambio climático

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Si uno lee las monumentales “Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia” (1795) de Josep Antoni Cavanilles, las menciones a las marjales son numerosas, pero en muy contadas ocasiones se refiere a ellas en términos positivos. Las considera “inútiles”, “pestilenciales” y “corrompidas”, y tan sólo les ve utilidad en tanto que puedan realizarse “nuevas conquistas en lo inculto”. Así ve a quienes vivían a finales del s. XVIII en l’Albufera: “Pásmase el observador al contemplar tantos millares de individuos luchando con las calenturas y la muerte por vivir en sitios aguanosos, cuya atmosfera se vicia con las pútridas exhalaciones de aguas encharcadas, y despojos de sabandijas y vegetales.”

Pero lo cierto es que Cavanilles, un botánico excepcional, tenía –al igual que sus coetáneos- buenos motivos para no apreciar demasiado las zonas húmedas: eran territorios con alta prevalencia de enfermedades relacionadas con mosquitos (como el paludismo), resultaban difíciles de labrar y eran un obstáculo para la comunicación costera. Se señalaban, básicamente, como un yermo peligroso, más aún a los ojos de un sector ilustrado que quería modernizar el país, ingeniería hidráulica mediante.

Más de doscientos años después de que Cavanilles publicase sus “Observaciones”, la imagen que tenemos de las zonas húmedas ha cambiado por completo. Existe un convenio internacional (RAMSAR) consagrado a su conservación, muchas están incluidas en espacios naturales protegidos y contamos con detallados inventarios estatales y autonómicos. Ya no se perciben como un lastre para el desarrollo, más aún tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, la última gran amenaza para la supervivencia de estos ecosistemas. Sin embargo, seguimos mostrando una cierta apatía y desinterés: con visitarlas brevemente y hacernos un selfie (y un arroz) nos conformamos. Total, es agua encharcada, ¿no?

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Pero es ahora cuando se intuye un nuevo cambio, que nos hará pasar de la indiferencia a la conservación activa. Hace apenas dos semanas la revista más importante del mundo sobre cambio climático, Nature Climate Change dedicó su editorial a los humedales costeros. ¿Por qué? Pues porque los marjales, especialmente aquellas situadas en el litoral, son ecosistemas clave en la lucha contra el calentamiento global.

Aunque aún sabemos poco sobre cómo almacenan carbono, sí tenemos clara una cosa: hemos obviado demasiado tiempo las zonas húmedas en los balances de emisiones y capturas de carbono. Ofuscados por los posibles ciclos de retroalimentación positivos, que convertirían los humedales boreales en inquietantes emisores de carbono (fundamentalmente en forma de metano, un gas de efecto invernadero –GEI-), estamos empezando a comprender cómo podemos beneficiarnos de ellos: una hectárea de manglar captura varias veces más carbono que un bosque tropical. Pero... ¿qué es “secuestrar” carbono? ¿Por qué debería importarnos?

El calentamiento global, cuyos efectos se prevén catastróficos si no hacemos nada al respecto, está provocado fundamentalmente por la emisión humana de GEI, como el dióxido de carbono (CO2) o el metano (CH4). A mayor concentración de éstos, mayor capacidad la atmosfera para retener el calor. Sin embargo, no todas las emisiones de CO2 van a parar a la atmosfera: cierta cantidad es atrapada por el océano, mientras que otra pasa a formar parte de plantas, suelos o animales. Es aquí donde entran las zonas húmedas, dado que bien gestionadas pueden absorber grandes cantidades del carbono que emitimos y, por lo tanto, evitar que contribuyan al calentamiento. La mitad del carbono capturado en el océano, de hecho, tiene lugar en zonas costeras (lo que se conoce como “carbono azul”).

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Pero los humedales no sólo tienen capacidad de secuestrar carbono: también almacenan enormes cantidades del mismo, comparables a otros ecosistemas terrestres que ocupan extensiones mucho mayores. Y justamente por ello es tan importante su preservación y buena gestión: si bien pueden ayudarnos a mitigar el cambio climático, un mal manejo puede conducir a que sean emisores netos de carbono, con lo que contribuirían aún más al gravísimo problema que es el calentamiento global. En este contexto se están realizando numerosos trabajos de investigación alrededor del mundo, uno de los cuales tiene lugar en territorio valenciano:el proyecto Carbosink, liderado por el profesor de la Universitat de València Antonio Camacho. El estudio se centra en marjales costeras (Marjal dels Moros y Pego-Oliva), emblemáticas del litoral valenciano, y también en lagunas interiores de la Mancha Húmeda, en las cuales se incide especialmente en el papel que juega la salinidad del agua en la regulación del metano, un GEI de efecto mucho más potente que el dióxido de carbono. Según Camacho, las zonas húmedas, uno de los ecosistemas biológicamente más activos del planeta, “pueden ser modificadas con buenas prácticas de gestión y restauración que mejoran el estado de conservación de los ecosistemas y que, paralelamente, ayudan al secuestro de carbono atmosférico para mitigar el cambio climático”.

Y por último, la dimensión física. Los humedales están en la primera línea antela amenaza, real y presente, de la subida del nivel del mar debida al cambio climático, un proceso que se espera que se intensifique en las próximas décadas. Son nuestra protección más inmediata ante tormentas, intrusión salina y el avance imparable de los océanos, algo que vimos con terrible claridad en 2005 tras el paso del huracán Katrina en EE.UU. ¿Hubiese sido igual de catastrófico con una costa cuyos pantanos y ciénagas hubiesen estado en buen estado? Difícilmente. En el caso valenciano, la urbanización del litoral, la presión turística y los cultivos a pocos metros de la línea de playa hacen crucial contar con la amortiguación y capacidad de desagüe que proporcionan las zonas húmedas.

Llevamos años hablando de los bosques y el cambio climático; de las ciudades y el cambio climático; de las zonas polares y el cambio climático. Es hora de devolver el protagonismo a las zonas húmedas, un ecosistema con el que llevamos conviviendo siglos, y una de nuestras mejores armas contra el calentamiento global en el siglo XXI. Conocerlas es el primer paso.

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