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Barcelona empieza a defender los datos como bien común; todos deberíamos hacerlo

En la imagen, ¿personas disfrutando del espacio público o sirviendo datos a una empresa privada?

“El recurso más valioso ya no es el petróleo, son los datos”. La frase es el afortunado titular de un artículo de hace unos meses en el que The Economist reflexionaba sobre la enorme concentración de poder que se está quedando del lado de los gigantes tecnológicos como Alphabet (Google), Amazon, Apple, Facebook y Microsoft. La revista, el medio liberal de referencia en el mundo, sostenía la necesidad de hacer algo para limitar la ingente cantidad de datos que están acumulando y, sobre todo, las consecuencias de las formas totalmente privadas y completamente opacas de gestionarlos y utilizarlos. La posición de The Economist era, y es, que hay que regular, que hace falta que las compañías online dejen de tener el dominio absoluto de ese tipo de datos y “devuelvan el control a aquellos que los suministran”, o sea, a los consumidores, a la ciudadanía.

Barcelona anunció el martes la creación de su Oficina Municipal de Datos. La noticia, aunque no ha tenido mucha repercusión, es importante. Muy importante. La Oficina, que es parte del Plan de Transformación Digital del Ayuntamiento que dirige la Comisionada de Tecnología e Innovación Digital, Francesca Bria, pretende el gobierno público de los datos en un trabajo en tres líneas: captación y almacenamiento, analítica y predicción, y comunicación y difusión. Es decir, el organismo captará información por sus propios medios y sensores pero también los pedirá a compañías que operan en el entorno urbano (telefónicas, energéticas y otras), los analizará y empleará para hacer con mejor tino sus políticas y los podrá a disposición de la ciudadanía, la universidad o quien los requiera.

La apuesta es, como dijo Bria a este periódico al ser nombrada en su cargo, por “remunicipalizar la información” y convertir los datos en lo que son, un bien común. La información es un recurso muy útil, también para gobernar. En España y en muchos sitios se tiende a legislar a ojo. Es bastante preocupante y desgraciadamente habitual que los ayuntamientos, las comunidades y la administración central tomen decisiones, establezcan planes y hasta hagan infraestructuras sin partir de estudios y datos fiables, ni siquiera de encuestas. Cierto que muchas veces sale caro conseguir esa información, pero más caro sale tener que pagar dos veces una autopista que nunca funcionó como alguien se imaginó que tenía que funcionar o revertir un carril bici que se hizo sin contar con los hechos —ambos ejemplos son ficticios, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia y no se ha maltratado a ningún cargo público durante la realización de los mismos—.

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Carril Bici en Castellana, ¿para hoy o para mañana?

Una plataforma que pide vías ciclistas segregadas para Madrid.

Una gente con ganas de que haya más bicis en Madrid se junta y monta algo llamado Plataforma Carril Bici Castellana. Abre  una petición en Change.org y se mueve por redes sociales para conseguir firmas. Ahora mismo hay 5.760 y subiendo. No es un clamor pero no está nada mal para un par de días de vida que tiene. Como suele ocurrir en estos casos, hay debate en esas mismas redes. Se suman a la petición colectivos con solera como Conbici y Pedalibre y al otro lado se ponen activistas ciclistas y otros colectivos que protestan porque prefieren la integración de las bicicletas en el tráfico. En algo coinciden los dos bandos, aunque no lo admitan mucho por eso de no dejar de discutir: lo que sobran son coches y espacio para ellos. Esto está pasando esta semana en la capital del Reino. Otra vez.

Echo un vistazo rápido a la plataforma municipal de propuestas ciudadanas y democracia directa  Decide.Madrid.es y veo que hay 426 entradas que contienen la palabra “bici” —202 de ella con el conjunto “carril bici”—. Vale que no todas son peticiones concretas de más bicis (por ejemplo: algunas son para sacar, con buen criterio, a los ciclistas de las aceras) pero la mayoría sí van en ese plan. Esto también lleva pasando desde que existe la plataforma, o sea, hace un par de años.

También está pasando que el Ayuntamiento de Ahora Madrid ha aprobado la revisión del Plan Director de Movilidad Ciclista, que tiene diez años pero que está como nuevo porque prácticamente no se ha usado (en Wallapop se sacarían algo), y que sigue insistiendo en que la bici es uno de los pivotes de su Plan A para mejorar la calidad del aire y la vida en la ciudad en general.

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No me convenzas de que la contaminación es mala, quítamela

Durante todo el curso hemos visto cómo el protocolo no termina de funcionar; ahora el Ayuntamiento se plantea endurecerlo.

Los tres últimos años han sido los más cálidos jamás registrados en el planeta. La contaminación mata más que las guerras. Las ciudades europeas podrían evitar hasta 10.000 muertes prematuras al año sólo con ampliar su red de carriles bici. De los diez años más cálidos en España desde que hay registros, cinco de ellos pertenecen a la actual decena que comenzó en 2011. Bruselas reclama explicaciones a España por la contaminación de Madrid y Barcelona. La polución global mata a nueve millones de personas al año y amenaza la supervivencia de la humanidad.

El primer párrafo de este texto es un popurrí de noticias más o menos recientes en torno al medio ambiente, el cambio climático y la contaminación. Cada cierto tiempo, podría cosechar titulares como éstos para ponerlos en el macetero de este blog y florecerían de forma muy parecida. De hecho, creo que, en parte, es a lo que me dedico. No sirve para mucho.

Hace tiempo que le doy vueltas al punto de vista y la forma en que cuento las cosas y por eso me ha venido bien que varios amigos me hayan guiado hasta Don't Even Think About It: Why Our Brains Are Wired to Ignore Climate Change  (Bloombsbury, 2014), un libro escrito por un ecologista, activista y divulgador británico llamado George Marshall. La obra es una laberinto lleno de caminos pero sin salida alguna (salida a la solución que nos liberará del desastre, digo). El autor va abriendo vías para tratar de entender cómo demonios, a pesar de todas las evidencias científicas y de tantísimas campañas de concienciación, seguimos sin hacer casi nada, ni desde lo colectivo ni desde lo personal. Marshall habla con psicólogos sociales, con premios Nobel, con analistas políticos y hasta con activistas del Tea Party, habla con muchas personas muy diversas y abre interrogantes distintos para saber todo lo que está fallando. Yo sólo voy a señalar dos.

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¿Servirá la regulación de Madrid para las viviendas turísticas o nos volveremos a caer del guindo?

El turismo sigue creciendo más rápido que las normas que lo regulan.

Esta semana, el Ayuntamiento de Madrid ha anunciado sus medidas para controlar el desmadre de las viviendas de uso turístico (VUT). Lo ha hecho la misma alcaldesa, Manuela Carmena, que hasta ahora no había estado visible en el debate salvo para subrayar el valor turístico de la ciudad. Lo ha hecho, pues, a lo grande, en boca de su máxima autoridad y figura promocional, supongo que por eso de ganarse los titulares. Prueba superada. Para empezar, porque es ya manifiesta la intención de sortear a la Comunidad de Madrid, que es quien tiene las competencias sobre turismo en general, y sobre VUT en particular, y quien sigue perdida en el atajo que va de la defensa del libre mercado al despropósito.

Mientras Cifuentes prepara una nueva normativa ( que tiene mala pinta), Carmena apuesta por regular por la vía de un plan especial que modifique las normas urbanísticas del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU). Lo fundamental de lo anunciado es la diferenciación entre oferta profesional y particular. Quien viva en su piso y quiera sacarse unas perras a través de las plataformas podrá hacerlo sólo noventa días al año. Quien quiera alquilar un alojamiento completo todo el año se tendrá que dar de alta como actividad turística, uso terciario de hospedaje, y deberá solicitar una licencia similar a la de los hoteles. Para que el reparto de estos alojamientos no colapse barrios concretos, como ahora pasa en el Distrito Centro, se establecerá un cupo por zonas. Para esta parte del asunto, el Ayuntamiento creará un censo de VUT. Finalmente, entre las medidas anunciadas, se ha hablado de seguimiento y vigilancia de quienes incumplan las normas. Todo lo cual suena bien: separar lo que es economía colaborativa de lo que es actividad económica profesionalizada y, a partir de ahí, poner y mantener el orden en beneficio de la ciudad y su diversidad de intereses. Suena bien pero no tanto.

Airbnb ha acogido el paquete de medidas con aplausos y ese lenguaje de apoyo a la clase media que tanto le gusta —“Carmena es la primera política en España en apoyar a las familias madrileñas con reglas claras de  home sharing˝—. Esto, para quienes llevan tiempo siguiendo el desarrollo de las trifulcas entre la plataforma y las ciudades, es ya una pista de que lo propuesto puede no funcionar en absoluto. Airbnb —sobre todo, pero también el resto de plataformas—, es conocida por su nula colaboración con las administraciones, por entorpecer la vigilancia del cumplimiento de las normas, negar información necesaria para llevarla a cabo y hasta invertir millonadas —no es exageración: ocho millones de dólares en la batalla contra la regulación en su ciudad de origen, San Francisco— en estrategias de lobby dirigidas por su fichaje estrella para estos menesteres, Chris Lehane, un tipo que ha hecho este mismo trabajo para Bill Clinton, Lance Armstrong y Madonna.

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Del derecho a la vivienda al privilegio de vivir

Cartel que anuncia una promoción en Madrid.

La vivienda es uno de los mayores problemas que tiene España ahora mismo. Sí, otra vez. La diferencia con la burbuja es que en ese momento la gente se endeudó para comprar casas que se habían puesto a coste de palacio por eso del libre mercado desbocado y porque los bancos se dedicaron a jugar con el riesgo crediticio seguros de tener la red del rescate sólo para ellos y ahora la fiebre ataca al alquiler y hace que los precios sean inaccesibles (y empuja ya muy fuerte los de venta, por cierto). Como entonces, el asunto no es local sino que ocurre en todo el mundo desarrollado, pero aquí pega más fuerte porque estamos peor equipados.

Mientras en Europa los países invierten entre el 1 y 4% de su PIB en vivienda pública, aquí ponemos sólo el 0,60%. La media de tal cosa en la UE es del 15% y aquí, del 2%. Por allí hay estados y ciudades que pasan tranquilamente del 30% de viviendas en alquiler social y por aquí estamos en torno al 1%. Hay lugares que controlan los precios, pero no España. Como aquí, en Europa ha pillado de sorpresa el auge de las viviendas de uso turístico y su impacto en el mercado inmobiliario pero como en España el sector servicios (especialmente el turismo) es monocultivo, se actúa poco y mal. Por cierto, aquí el PP decidió premiar con la residencia a los inversores que se dejan 500.000 euros en una casa, toma gesto de gobierno para el bien común. Lo dicho, tenemos un problema de vivienda de narices pero lo peor es que no nos damos por enterados.

España es aún país de propietarios. Hay quien dice que es genético pero también quien asegura que nos han dibujado las normas así (aprovecho para saludar a Aznar y a su Ley de Suelo). En cualquier caso, se supone que en torno al 80% de los españoles vive en su propia casa y el resto alquila pero el dato está cambiando por la dificultad de acceso a crédito y también porque quienes se incorporan al mercado de trabajo lo hacen en esas condiciones precarias que tanto se llevan ahora. Entre la mayoría de quienes poseen supongo que estarán los editores de los informativos y los columnistas de primera porque no se les oye tratar lo que es, voy a insistir una tercera vez y creo que no será la última, uno de los grandes problemas de nuestro país. Todo el que viva en una ciudad grande conocerá casos, o los habrá vivido en persona, que retratan la situación: cuando cumplen los contratos de alquiler, los inquilinos, desprotegidos por la ley, temen subidas que pueden llegar a ser de más del 50%. Quien busca casa para rentar sabe que se debe dedicar a tiempo completo y que, a pesar de ello, tardará en encontrar algo decente, que será carísimo y estará muy lejos del lugar de su conveniencia, ya sea ésta por cercanía a lo laboral, lo familiar o lo social.

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Cosas que “una simple ama de casa” llamada Jane Jacobs nos sigue enseñando sobre las ciudades

Un documental para introducirse en el pensamiento y la vida activista de Jane Jacobs.

¿Cómo una mujer, periodista sin carrera universitaria terminada y madre de tres hijos, consiguió parar algunos de los proyectos urbanísticos más relevantes de ciudades tan simbólicas como Nueva York y Toronto en pleno subidón desarrollista? ¿Cómo una señora a la que sus enemigos trataban de menospreciar calificándola como “una simple ama de casa” se ha convertido en la figura más influyente para buena parte de quienes hoy piensan e intentan hacer un mejor diseño de las ciudades? Las respuestas se pueden encontrar en Citizen Jane: Battle for the City, el documental dirigido por Matt Tyrnauer que desde hace unos días está disponible en Filmin.

La estadounidense Jane Jacobs (1916 – 2006) es esa mujer, esa periodista, esa madre, esa ama de casa, esa activista, esa urbanista. Ella es la protagonista de este documental y una de las inspiradoras de todos los artículos, debates, esfuerzos y políticas que se proponen recuperar la ciudad para las personas desde hace medio siglo. Su figura, de hecho, es hoy mucho más relevante e internacional que en aquellos años en que escribió Muerte y vida en las grandes ciudades (1961) y se propuso frenar la renovación urbana —un tipo de renovación urbana— con una máquina de escribir y una pancarta. Y eso que, aunque ganó algunas batallas, no consiguió parar la hormigonera.

La tía Jane —la he mencionado tantas veces en este blog que me permito estas confianzas— es hoy un símbolo precisamente porque la forma de entender y desarrollar la ciudad que proponía su presunto archienemigo Robert Moses, el zar del urbanismo en Nueva York durante décadas, es la que tiende a imponerse. Y lo hace porque no es un capricho de un señor con ideas más o menos perversas, como Moses, sino el mecanismo necesario de un sistema cuyas venas y arterias son carreteras por las que fluyen coches y que está organizado para arrollar con excavadoras lo micro en favor de lo macro (y en beneficio de unos pocos).

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"No hay nada más poderoso que un vecino que decide cambiar la realidad en la que vive"

Paula García Serna y Fernando Casado llevan desde 2014 embarcados en un viaje para retratar iniciativas urbanas.

Aunque a veces pueda parecerlo, la ciudad humana no es una de las ciudades invisibles y fantásticas que imaginó Calvino hace 45 años. La ciudad humana existe o, al menos, lucha por existir a pesar de que alguien muy fuerte tira para el lado oscuro del adjetivo. Mientras el mercado sigue apostando por un modelo urbano en el que la velocidad es el medio para lograr más dinero que sirva para ir más rápido para conseguir más beneficios, un montón de personas en todo el mundo trabajan para construir ciudades (o espacios urbanos) que sean lugares de encuentro y de intercambio —también económico, pero entre iguales— y en los que el tiempo no sea una amenaza sino un motivo de disfrute. Paula García Serna y Fernando Casado llevan desde 2014 embarcados en un viaje vital para documentar la labor de mucha de esa gente en un proyecto llamado  Hacia la ciudad humana (o Towards the Human City) cuyo objetivo, dice su web, es “identificar, documentar y comunicar iniciativas que propongan mejoras significativas en la forma en que pensamos y gestionamos ciudades con el fin de hacerlas más humanas e inclusivas”.

La idea surgió a partir los viajes de la pareja relacionados con su trabajo en temas de ayuda al desarrollo, al ver que la políticas supranacionales, e incluso las nacionales, no terminan de ofrecer resultados tangibles en las vidas de las personas como sí ocurre con las locales. “Nos atraía la idea de política de barrio, la que genera un impacto directo, por eso decidimos salir en busca de ese mar de iniciativas que quieren mejorar las condiciones de vida en la ciudad. A pesar de la falta de voluntad política y de interés corporativo, que por supuesto influye mucho en el desarrollo urbano, hay mil propuestas de gente que se levanta cada mañana a cambiar las cosas. Nos impresiona mucho la capacidad de transformación comunitaria, la realidad de que cada uno somos responsables del destino de nuestra ciudad. Porque no hay nada más poderoso que un vecino que decide cambiar la realidad en la que vive”.

Hablo por teléfono con Fernando, que vive en Barcelona junto a Paula y su hijo, la razón por la que el proyecto ha dejado de viajar por un momento aunque no ha parado. Hasta ahora, han documentado 87 iniciativas en urbes de África, Asia y las dos Américas, proyectos en torno a diez dimensiones —vivienda, movilidad, espacio público, educación, cultura, salud, nutrición, desarrollo sostenible, seguridad y juventud— que se pueden encontrar en su web, con un vídeo explicativo, una descripción, un análisis de resultados y un correo de contacto. Iniciativas como  Pocket Parks Collective (Hong Kong), Seul Forest Park Pavement to Parks (San Francisco),  Open Streets (Ciudad del Cabo) que cambian y mejoran el espacio público; organizaciones activistas y activistas organizados como  La Ciudad Verde (Medellín),  dérive LAB (Querétaro) y  Peatónito (Ciudad de México); propuestas desde lo público, como la  Empresa de Desarrollo Urbano (Medellín), pero también desde lo comunitario, como  Bye Bye Plastic Bags (Bali), y también redes que conectan a grupos de interés diversos, como  Waste Management Forum (Bandung).

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¿Hacia la ciudad 'black friday'?

Madrid y sus zonas definidas por su actividad, según 'Urban Discovery'.

Una forma de mirar la ciudad es a través de su actividad comercial. Así lo ha hecho Urban Discovery, el proyecto de BBVA Data & Analytics y Carto que ha analizado cinco años de gasto de tarjetas de crédito en Madrid, Barcelona y Ciudad de México y ha creado una interesante herramienta de visualización a través de mapas interactivos. La aplicación señala distintas zonas de cada localidad por sus principales características: centro (alta densidad comercial, turismo y ocio cultural), barrio acomodado (alta densidad comercial, atracción de clientes con alto poder adquisitivo y baja densidad de ocio cultural), barrio popular (baja densidad comercial y especial importancia del comercio de proximidad, con bajo ticket medio y poco gasto en fin de semana), centro de trabajo (con patrones temporales de consumo vinculados a oficinas e industria), nuevo desarrollo (alta densidad de zonas residenciales, baja actividad comercial y gasto concentrado en el fin de semana) y centro comercial (baja densidad comercial concentrada en grandes superficies).

Como explica en el blog del proyecto Juan Murillo, responsable de análisis urbanos de BBVA Data & Analytics, el resultado dice que la ciudad real no se parece a la ideal. En la modélica, los barrios son equilibrados y hay mezcla de usos, conviven los residenciales con los laborales, comerciales, culturales, turísticos y de ocio. No es así en verdad y en los mapas se ve que los distritos tienden a la especialización si no hay acciones que lo remedien. De momento, no parece que abunden pero si alguien se anima, esta herramienta puede ser útil.

Además de las tarjetas de crédito, fijarse en la actividad comercial puede servir para ver la evolución de las ciudades, su presente y hasta su futuro. Aunque este año han aparecido titulares que hablan del fin de la era de los malls y algunos militantes de la vida en el centro los han celebrado como una victoria de su equipo frente al del coche para todo, lo cierto es que a los centros comerciales todavía les queda aire en las afueras —“el parque de centros comerciales en España se incrementará con cerca de 150.000 m2 de superficie bruta alquilable”, dice esta noticia— y además se están metiendo de lleno en la ciudad. Lo muestra muy bien el mapeo de Urban Discovery, en el que se ve cómo las zonas urbanas centrales (y los barrios acomodados que las rondan) se han convertido ya casi en malls al aire libre con altas densidades de usos comerciales, turísticos y de ocio. Y se ve también en las recientes y próximas aperturas. 

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La Gran Vía, Alfonso XIII, la ciudad moderna y los políticos antiguos

La comparativa que difundió Nación Rotonda hace un año de la Gran Vía con y sin aceras ampliadas. (Imagen de la izquierda de @claracarlile)

El 4 de abril de 1910, un rey, un presidente del gobierno y un alcalde se sentaron juntos para ver y aplaudir el inicio de unas obras en Madrid. Empezaban los trabajos de la Gran Vía y la ocasión se consideró tan importante que se prepararon unas cuantas tribunas para acoger a todas las autoridades que no querían perdérsela. Allí estaban Alfonso XIII, Canalejas y Francos Rodríguez y muchos más (mucha familia real, mucha diplomacia) dispuestos a dar fe de un momento histórico para la ciudad y para el país.

Ayer se anunció el plan de transformación de esa Gran Vía que da su primer paso el 1 de diciembre y no he sido capaz de imaginarme como espectadores del inicio del cambio ni a Felipe VI ni a Rajoy. Tampoco he podido visualizar al ministro Montoro, ni a la oposición, ni a los directores de los principales medios de comunicación, ni siquiera a Esperanza Aguirre, tan vinculada con esta calle. No he sido capaz y no sé si es porque tengo poca imaginación o porque nuestros mandantes de ahora son menos modernos que los de hace cien años.

En su momento, la Gran Vía supuso una profundísima transformación de la ciudad. De un plumazo —es un decir: las obras acabaron veinte años más tarde— se abrió una vía de comunicación con el noroeste, se ayudó a la conexión de barrios (Salamanca y Argüelles) y estaciones de tren (Atocha y Príncipe Pío) y se saneó una zona que lo necesitaba. Por aquel entonces, el coche no era aún el medio de transporte alfa y, aunque sin duda esa nueva y grande vía le facilitó las cosas, el objetivo de la obra no era dejarle paso sino hacer una ciudad más amable para todos. Lo mismo ocurrió con otro icono urbanístico algo anterior, el Ensanche de Barcelona. En ambos casos, los planos de Sallaberry y Octavio (Gran Vía) y Cerdá (Ensanche) eran herederos de las ideas higienistas y buscaban llenar de aire y de luz y, por eso, de salubridad los barrios en los que intervenían. Lo consiguieron a pesar de que tuvieron oposición por parte de comerciantes y otras fuerzas vivas y tras muchas y dolorosas expropiaciones, eso sí.

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La Marca España ha llegado a Madrid, ¿qué puede salir mal?

"Si quieren más gasto social, que renuncien a otros gastos", ha dicho Montero sobre Madrid.

Las ciudades tienen buena parte de los problemas. En las ciudades es donde habita la mayoría de la población, donde se sufren las complicaciones provocadas por la contaminación, donde se muestra de forma más cruda la desigualdad, donde es más difícil el acceso a la vivienda. Las ciudades tienen pocas soluciones o, al menos, poca forma de llevarlas a cabo. Desde organismos internacionales como C40 —grupo de ciudades que trabajan para reducir y adaptarse al cambio climático, CGLU —organización de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos que representa a más de 1.000 localidades en 140 estados— y nacionales como la Federación Española de Municipios (FEMP) se lleva tiempo insistiendo en la necesidad de que las urbes asuman más competencias y obtengan recursos y capacidad de financiación para poder enfrentarse a estos grandes problemas que no son suyos, sino que son los del planeta y de nuestra sociedad en general, como por cierto proclama la Nueva Agenda Urbana que firmaron los Estados miembros de la ONU hace ahora un año en Quito.

El tema es, pues, global pero en España más evidente por cómo está organizado en lo económico y territorial lo nuestro, con el cotarro manejado principalmente por las Comunidades Autónomas y la Administración Central, que desde 2012 controla aún más gracias a la Ley de Estabilidad Presupuestaria que obedece, a su vez, a Europa.

La ciudad de Madrid acoge una población de algo más de tres millones de personas, su área metropolitana un millón y medio más, y lo que se conoce como el Gran Madrid puede estar ya en torno a lo cinco millones y medio de personas, a los que hay que sumar a unos once millones de turistas al año entre españoles y extranjeros. Quiere esto decir que la entidad jurídica conocida como Ayuntamiento de Madrid se las ve con los asuntos de unos seis millones de personas pero para hacerlo tiene que bregar con poderes superiores como el autonómico y el central pero también con los municipios de alrededor. Para entendernos: como hacer juegos malabares con seis millones de bolas a la pata coja, los ojos vendados y una mano atada a la espalda. Desde esta semana, el juego se ha puesto más complicado porque va a estar el Ministerio de Hacienda revisando cada movimiento.

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