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Chile, la educación universitaria gratuita, Pinochet y los vacceos

Dentro de las políticas que Pinochet adoptó para hacer de Chile “un país de verdad” (mega-católico, liberal-apostólico y conservador-romano), destacaba la convicción de que la educación superior debía ser sólo para aquellos que se la pudieran pagar. En definitiva, que sólo estudiasen los hijos de la élite porque ellos eran “los elegidos por Dios” para gobernar los designios de la masa borreguil; ¿le suena de algo, señor Wert?

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Cuentan los historiadores que los vacceos, pueblo prerromano asentado alrededor de la zona central del río Duero, hacían gala de una agricultura solidaria y colectivista: sus gentes trabajaban unidas como una comunidad y se repartían la cosecha (fundamentalmente de trigo y cebada) en función de las necesidades de cada familia.

Con una economía saneada, donde los que escondían grano, mentían sobre su situación familiar o usaban tarjetas Black eran ejecutados, este pueblo se convirtió en la envidia de sus vecinos (como los feroces cántabros del norte, habitantes de las montañas, muy poco dados a la agricultura extensiva y que tomaron por costumbre atacarles y robarles).

Debido a su espíritu colaborador, no tardaron en producir gran cantidad de excedentes y en comerciar con ellos (por ejemplo, con la mítica Numancia). Los vacceos fueron su principal suministrador de grano hasta que los romanos decidieron sitiar la ciudad y terminar con su manera de entender el mundo. Ya sabéis, la globalización.

A lo largo de la historia de la Humanidad, casi cualquier intento de racionalizar la “cosa publica” en función de las necesidades de cada uno (que es muy diferente a darles a todos por igual y, mucho más, a que cada cual pille lo que pueda) se ha topado con los intereses comerciales del más fuerte y con su idiosincrasia de eliminar cualquier tipo de regulación racional sobre los beneficios desorbitados de sus actividades (ojo, he escrito “desorbitados”).

América

Por poner un ejemplo claro, en respuesta a los movimientos sociales que se produjeron en América Latina a mediados del siglo XX y que perseguían un reparto más justo de la riqueza, se hicieron con el poder (a base de balas y sogas) un puñado de terribles dictaduras militares (con el beneplácito de los EEUU y de las políticas económicas de la escuela de Chicago y del, desgraciadamente, premio Nobel Milton Friedmam).

Como los vacceos de hace dos mil años, los chilenos han decidido utilizar parte de su cosecha para satisfacer las necesidades de cada uno porque hacer las cosas bien, no significa ni ser chavista ni estalinista ni kimjongunista ni verdadero cristiano

Estas dictaduras (como, por ejemplo, la chilena del carnicero Augusto Pinochet) pretendieron exterminar la ideología de la solidaridad (literalmente) e implantar la tierra prometida para esos grandes empresarios que no tienen escrúpulos: mano de obra a precio esclavista, sin derechos laborales ni sociales, sin posibilidad de protestar y con un envoltorio religioso que uniforme obligatoriamente a la ciudadanía.

¡Cuántas similitudes con multitud de lugares de nuestro espacio-tiempo!

Ya te digo.

Chile

Dentro de las políticas que Pinochet adoptó para hacer de Chile “un país de verdad” (mega-católico, liberal-apostólico y conservador-romano), destacaba la convicción de que la educación superior debía ser sólo para aquellos que se la pudieran permitir. En definitiva, que sólo estudiasen los hijos de la élite porque ellos eran “los elegidos por Dios” para gobernar los designios de la masa borreguil; ¿le suena de algo, señor Wert?

En resumidas cuentas, Chile es uno de los países del mundo donde la educación universitaria es más costosa (al estilo británico o estadounidense, casualmente). Además, todo esto se produce teniendo en cuenta que en el país sudamericano hay una distancia enorme entre la renta media per capita y el coste de los estudios.

Afortunadamente, después de tantos años podemos congratularnos porque esta semana hemos podido leer que el Gobierno chileno ha aprobado la gratuidad del sistema universitario. Del 2016 al 2020, de manera paulatina, se irán abaratando los precios de las matrículas hasta llegar a su desaparición. ¿El objetivo? Que quede obsoleta la política educativa del general Pinochet, la fractura cultural y social establecida y una de las piezas clave de un sistema construido para perpetuar el determinismo económico-social.

Gracias a estos nuevos tiempos, en Chile podrán olvidarse (al fin) de los Chicago Boys y de sus enseñanzas. Como los vacceos de hace dos mil años, los chilenos han decidido utilizar parte de su cosecha para satisfacer las necesidades de cada uno porque hacer las cosas bien, pensando en los demás, no significa ni ser chavista ni estalinista ni kimjongunista ni verdadero cristiano, no; creer en una educación mejor y en la igualdad de oportunidades significa, simplemente, ser defensor de la Justicia, del Ser Humanos y de un futuro mejor para todos. ¡Bravo!

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