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Ciclos

Todo tiene un final (menos las salchichas, dicen los alemanes, que tienen dos). El de este año está al caer sin que lo podamos evitar, pero hay otros ciclos en los que podemos intervenir.

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Sé que faltan más de siete días (e incontables calorías) para que acabe 2016, pero este es mi último artículo del año y no puedo evitar, diría que como todo el mundo, esa presión a hacer balance por un lado y proyectos por el otro.

El tiempo es circular, un periodo acaba para dar paso al siguiente. Pero dónde acaba un año y empieza el que le sucede es una decisión bastante arbitraria. Eso sí, desde muy antiguo hay conciencia de la existencia del año, de que hay una época para sembrar y otra para cosechar. No sorprende que los antiguos eligieran el solsticio de verano o el de invierno como fecha de fin y comienzo de ciclo.

Fueron los romanos los primeros en declarar el uno de enero como el día de Año Nuevo, pero, tras la disolución del Imperio, en cada parte se decidió cambiar la festividad, y durante mucho tiempo coexistieron Años Nuevos distintos: en el mundo cristiano muchas veces el 25 de marzo, pero también el primero de mayo, el 25 de diciembre… Los revolucionarios franceses eligieron el primero de vendimiario (22 de septiembre en cristiano). Solo desde el s. xvi hay un regreso mayoritario al año nuevo romano.

Pero nadie eligió el 22 de octubre, que sería el cumpleaños del mundo. El 22 de octubre el mundo cumple años porque Dios lo creó en esa fecha, el 4004 a. C., hacia las seis de la tarde. Así lo determinó el arzobispo James Ussher estudiando la Biblia, y nada menos que Isaac Newton comprobó lo acertado del cálculo, añadiendo a la Biblia como fuente de información el relato de Jasón y los argonautas. Ussher tuvo muy en cuenta que Jesucristo había nacido el año 5 a. C., como es sabido. (Hay gente de poca fe que culpa de ello a Dionisio el Exiguo, pero esto no es creíble en absoluto: ¿Cómo iba un monje medieval, por pequeñajo que fuera, a poder hacer que Cristo naciera un año u otro? No hagan ustedes el menor caso a esos descreídos; lo cierto es que Cristo nació varios años antes que Sí mismo para demostrar Su superioridad con respecto hasta a los de Bilbao: Él no solo nace donde, también cuando, quiere).

Pero, elijamos la fecha que queramos, la fiesta de Año Nuevo celebra que comienza de nuevo el ciclo. Todo es cíclico y somos conscientes de ello desde antiguo. El tiempo, que ordenadamente nos vuelve a colocar en las estaciones; el agua, que cae del cielo y a él vuelve…; hasta la actividad social, como bien refleja el anónimo inglés de la imagen:

Los harapos hacen papel / el papel hace dinero / el dinero hace banqueros / los banqueros hacen préstamos / los préstamos hacen mendigos / los mendigos hacen harapos.

(Texto anónimo, original del s. xviii; el aquí reproducido, entreverado con cita de Thoreau, es de la Universidad de Ohio). 

El papel es cíclico por excelencia, cuando pensamos en reciclar lo primero que pensamos es en papel y vidrio. Hasta tiempos recientes, y desde que Ts’ai Lun lo inventó, en 105 d. C., el papel se hacía exclusivamente con harapos. Cuando la imprenta se extendió por Europa, en la segunda mitad del s. xv, empezó a haber verdaderos problemas para abastecerse de papel por escasez de materia prima. Hasta el punto de que las autoridades británicas emitieron en 1666, un año de peste, un decreto ordenando que se enterrara a los muertos envueltos en tejido de lana, prohibiendo el uso de los de lino y algodón, que proporcionaban la valiosa fibra a la manufactura del papel.

El anónimo inglés habla también de un uso importante del papel, el dinero. El dinero también es cíclico: nosotros se lo damos al Gobierno, el Gobierno se lo da a los bancos y los bancos nos lo dan a nosotros para que lo hagamos crecer y se lo devolvamos. Para no convertirnos en mendigos, todos nos esforzamos en devolver el dinero bien crecido: las cosas no han cambiado demasiado desde el xviii.

El ciclo del agua, del cielo a la tierra y viceversa, pertenece a lo natural, e intervenir en él es muy laborioso. El del dinero, en cambio, responde a la organización social: colectivamente elegimos por dónde debe circular. Y podríamos hacer que el ciclo del dinero hiciera algo como el agua, que por el camino humedece los campos y hace florecer la vida; forma ríos por los que circular; trabaja moviendo molinos…, reparte vida por donde pasa.

Si el dinero se moviera imitando el ciclo del agua, el Gobierno daría el dinero a los borrachos, incapaces de guardárselo en el bolsillo, que van corriendo a gastárselo al bar. Así dan trabajo a camareros, bodegueros, transportistas… todos los cuales lo emplean para comprar o alquilar casas, cuyos propietarios lo llevan al banco, que es donde el dinero acaba inevitablemente. Si el dinero se moviera imitando el ciclo del agua, el Gobierno daría el dinero a los sanitarios que atienden enfermos, a los cuidadores que ayudan a los incapacitados por la edad o la enfermedad, todos los cuales gastan ese dinero en comida, en transporte, en formación para sus hijos… en devolver los créditos a los bancos para no convertirse en proveedores de harapos.

Elegir por dónde circula el dinero es una decisión social, parecida a elegir el día que llamamos Año Nuevo. No sé si es posible un mundo en que el dinero no acabe en los bancos. Pero estoy seguro de que se puede hacer que les llegue repartiendo vida a su paso. En cambio, estamos metidos en un ciclo en que el dinero se emplea en hacer aeropuertos en los que no aterrizan aviones y autopistas por donde no circulan los coches, dos invenciones muy eficaces para evitar que los astutos que no piden hipotecas ni compran coches se escaqueen a la hora de contribuir. Es un ciclo que lleva el dinero a los bancos, como, por lo visto, tiene que ser, pero, ¿no podríamos hacerlo sin coger el atajo?

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