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Norma Levor, Norma Shannon, Norma Barzman y Cristina Pedroche

Hace mucho tiempo había gente decente que consideraba normal que otros fueran esclavos. Las convicciones compartidas por toda una sociedad parecen la verdad absoluta; son necesarios muchos años o muchos kilómetros de distancia para ver su contingencia.

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David Muñoz se casa con Cristina Pedroche en la intimidad

Cristina Pedroche hace el saque de honor en un partido de fútbol. | EFE

De las mujeres nombradas en el titular voy a empezar hablando de la segunda, Cristina Pedroche, una presentadora muy popular en televisión que en una entrevista reciente declara: «No sé por qué me llaman ballena, a mí me gustan más las focas. La ballena es muy graaande y yo soy pequeñita. Gorda, pero pequeñita. Soy más foquita». Declaración que confirma que esta chica tiene la cabeza en su sitio, además de ser mona y simpática. Pero en este punto se equivoca: en realidad, y afortunadamente, tiene más que ver con las ballenas que con las focas. Ella y todas las demás.

Porque las hembras de ballena son, junto a las humanas, las únicas del reino animal que sobreviven a la menopausia, como explica Javier Sampedro en el artículo «¿Quién quiere a una ballena menopáusica?». Tener abuelas en la familia ayuda a la pervivencia de la especie porque trasmiten su sabiduría (me imagino a Sampedro resistiendo la tentación de titular su artículo «El ballenés, único idioma animal que incluye la palabra 'suegra'»).

Por eso las ballenas llegan a tener 90 años, y muchas mujeres incluso más, como Norma Barzman, que este año cumplirá 96 con la cabeza en su sitio; catorce años después de publicar su autobiografía The Red and the Blacklist: The Intimate Memoir of a Hollywood Expatriate (Los rojos y la lista negra. Recuerdos íntimos de una exiliada de Hollywood). Ella y su marido estaban tomando el fresco en el jardín de su casa una tarde de 1947 cuando Groucho Marx se deja caer por allí, alza las cejas, hace rodar los ojos y dice: «Pues sí, hace calor suficiente para mí, para mi madre y para mi abuela. Pero claro, para vosotros hace el doble de calor. No me pidáis más que cubitos de hielo, hasta ahí llega mi simpatía».

La jerga marxista no es fácil de entender para los no iniciados, pero Norma y Ben Barzman eran militantes del CPUSA, partido comunista de USA, así que entendieron el mensaje sin necesidad de esperar a que, unos días más tarde, una rubia que todavía no se llamaba Marilyn Monroe se lo repitiera en cristiano (léase gringo): la pasma anda detrás de vosotros. La pasma en el gringo del personal del cine de finales de los 40 quería decir el Comité de Actividades Antiamericanas.

Así que Norma y Ben marcharon a Europa con los dos hijos que tenían entonces y no volvieron hasta 1976.

Los actores perseguidos por el Gobierno no pudieron seguir trabajando en el cine. Como dijo uno de ellos, «Tengo mil caras y las mil están en la lista negra». Ben, como Norma, era guionista. Los guionistas tuvieron mejor suerte y pudieron mantenerse en activo con nombre supuesto. Por eso el nombre de Ben Barzman no apareció en los créditos originales de El Cid, película que protagonizaron Sofía Loren y el mismísimo Moisés que había cruzado el Mar Rojo a las órdenes directas de Dios y de Cecil B. de Mille. Con Ben Norma tuvo siete hijos, bastantes broncas e infinidad de adulterios, pero no dejaron de estar juntos hasta que Ben murió en 1989. Si se consulta en la red la biografía de Norma, uno descubre que tuvo que escribir un segundo libro (The End of Romance: A Memoir of Love, Sex, and the Mystery of the Violin) para hablar de uno de sus amantes que no le había cabido en las más de 400 páginas del primero; y la curiosa mención de que antes había estado casada brevemente.

Sorprende que mujeres tan inteligentes a las que la vida no asustó lo más mínimo, que reclamaron alto y claro su lugar en el mundo, nunca hayan pedido lo que en su cultura parece ser un privilegio masculino: tener el mismo nombre toda su vida.

Curiosa porque es cierto que su matrimonio anterior había durado poco, pero sorprende que se lo despache con tanta ligereza. Porque durante él Norma le había servido tazas de té a Albert Einstein, mientras este le decía: «Tu marido es un hombre muy, muy inteligente». Y ya lo creo que lo era, nada menos de Claude Shannon, el inventor de lo que llamamos Teoría de la Información: es decir, un hombre cuya genialidad se equipara con frecuencia a la de Einstein, con una diferencia notable: la teoría de la relatividad no afecta en nada a nuesta vida cotidiana, mientras que no seríamos nada de lo que somos sin la de la información. Norma lo había seducido nada más conocerlo en una fiesta de la universidad tirándole palomitas de maíz. En el lenguaje de Norma tirarle comida a un hombre significa «quiero casarme contigo», pero claro, no podemos culpar a Shannon de no entenderlo a la primera, porque nosotros mismos solo lo entendemos después de saber que el día que Norma conoció a Ben Barzman le tiró una tarta a la cara.

El caso es que Norma se apellidaba Levor antes de convertise en Norma Shannon, y esto nos lleva a la dificultad de seguir la vida de una mujer anglosajona, que pierde el apellido de su padre para tomar el de su marido. Y pierde este cuando se casa de nuevo. Así, es necesario leer un resumen biográfico de Lynn Margulis, destacadísima bióloga estadounidense, para saber que es la misma persona que Lynn Sagan, esposa de Carl Sagan, y que su nombre de soltera era Lynn Alexander: exactamente el mismo caso que Norma. Y resulta llamativo que mujeres tan inteligentes a las que la vida no asustó lo más mínimo, que reclamaron alto y claro su lugar en el mundo, nunca hayan pedido lo que en su cultura parece ser un privilegio masculino: tener el mismo nombre toda su vida.

Nuestra identidad está hecha de muchos elementos, y casi todos envejecen con nosotros, muchos cambian del todo. Son pocos los que nos acompañan inalterados toda la vida; el apellido es uno de ellos. Que una tenga que esperar a que otro hombre se lo dé, hasta el punto de que cuando se separa conserva este apellido adquirido (compartiéndolo con la nueva pareja de su ex) hasta que vuelve a casarse parece indicar que una mujer no es casi nadie hasta que se casa. Seguramente evidencia también algo bueno: la predisposición al cambio, la asunción de que nada es permanente, elementos dinámicos de la cultura estadounidense que tan innovadora ha sido desde su nacimiento. Pero, visto desde aquí, el precio parece alto.

Cristina Pedroche tendrá otros problemas (todos esos bárbaros llamándola foca y ballena en Twitter, por ejemplo), pero 30 años después de su menopausia nadie tendrá dificultades en identificarla con la mujer que a mediados de la segunda década del siglo hacía subir las audiencias de las televisiones en que aparecía.

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