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Solos

La vida, además de breve, absurda y cara, es una sucesión de compañías.

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Hace ya tiempo, en las letrinas de una vieja estación de ferrocarril, en un remoto pueblo de La Mancha castellana, me entretuve durante un buen rato leyendo la puerta de los retretes cubierta de graffitis grabados con navajas y restos de excrementos: los insultos habituales, ya se pueden imaginar; las consignas políticas pasadas de moda; las apreciaciones sexuales acerca de la madre de algún bastardo; varias propuestas de mamadas con los correspondientes números de teléfono...

Entre todos los mensajes me llamó poderosamente la atención un número de teléfono seguido de la siguiente súplica: “Me siento muy solo, no importa si eres un asesino, por favor, llámame”. Tras cumplir con la urgentísima tarea que me había impulsado a entrar en aquellas letrinas, tentado estuve de llamar por teléfono al autor del mensaje, aunque solo fuera para hacerle el favor de asestarle un par de puñaladas en las ingles, pero, finalmente, decidí reemprender viaje hacia lo más profundo del mediterráneo en busca de mi propio asesino.

La vida, además de breve, absurda y cara, es una sucesión de compañías. Eso decían al menos los poetas románticos del diecinueve y los cantantes folkies estadounidenses que tanto se promocionaron durante el breve reinado de Kennedy I, el Sátiro. Pero en las ciudades que nos está tocando habitar, un porcentaje cada vez más elevado de la población vive sola, come sola, habla sola, discute sola con la televisión y sueña con los angelitos sola. Hay toda una aureola mística alrededor de la soledad, debido, sobre todo, a la penosa influencia que la mala literatura ha tenido sobre amplios sectores de la población, pero la soledad auténtica, la impuesta, no es más que una minuciosa sucesión de fracasos. Las putas lo saben. No es que sean las únicas pero, en realidad, la mayoría de sus clientes no se lamenta de otra cosa que de soledad. Basta tirarse una breve charleta con cualquiera de estas profesionales para percibir que su negocio crece en la misma medida en que también crece la soledad del individuo contemporáneo.

Hace ya tiempo, en otra época, la soledad se combatía conversando con quienes compartían la casa familiar, con el vecino, el portero o con el sereno cuando, de madrugada, uno regresaba al hogar tambaleándose de farola en farola. Todo eso pertenece al pasado. Mucho me temo que quienes más partido están sacando de nuestro aislamiento –los constructores, los gobiernos y por supuesto, las multinacionales que nos venden lavadoras, ordenadores, microondas, televisores y sexo virtual, mucho, mucho sexo virtual– nos están construyendo ciudades para la soledad; para cincuenta metros cuadrados, como mucho, de televisión, internet, silencio, luz eléctrica, ropa esparcida, comida a domicilio y soledad, mucha, mucha soledad... Tal vez por eso, a veces, en mitad de la noche, todavía me despierto, sobresaltado, preguntándome si el autor de aquel mensaje, leído en las letrinas de una vieja estación de ferrocarril, habrá tenido suerte y habrá encontrado, por fin, a su asesino.

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