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Sospechos habituales

La presión a la que está sometido el arbolado urbano es increíble desde que vivimos en la época de la santísima trinidad del hormigón, asfalto y ladrillo.

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Bosques Sin Fronteras

Vivimos en una era que muchos ya no dudan en llamar el Antropoceno por la indudable capacidad que el ser humano ha tenido y tiene para modificar la naturaleza terrestre.

Se han conseguido crear reservas, microreservas, parques naturales, zonas de especial conservación, etcétera. Vivimos una época ingenieril en la que nuestros vastos espacios naturales deben ajustarse al corsé de la planificación, de los límites espaciales, de detallar el perímetro que los preserva. Una especie de salvaguarda ante el impacto al que parece que en muchos casos parece que tengamos carta blanca para someter a nuestros territorios…

Vayamos fuera de esos espacios protegidos porque allí hay unos sospechosos habituales. Es en nuestras ciudades dónde se localizan nuestros vecinos arbóreos.

La presión a la que está sometido el arbolado urbano es increíble desde que vivimos en la época de la santísima trinidad del hormigón, asfalto y ladrillo.

Plazas que antes eran ocupadas por árboles, bancos y fuentes para beber, ahora son ocupadas por farolas, elementos que rinden homenaje al cubismo y fuentes iluminadas por iluminados.

La menor presencia de árboles en nuestras ciudades es inversamente proporcional a los problemas de salud, al desarraigo vecinal, a la congestión automovilística, al respecto ambiental, al bloqueo económico o al propio déficit de naturaleza que aumenta progresivamente desde las edades más tempranas.

El nivel de respeto con el que se trata al arbolado es fiel reflejo de cómo se trata a sus ciudadanos. De ahí que se debiera solicitar en todos los municipios una gestión sostenible de su patrimonio natural, partiendo de unos informes que diagnosticasen la salud de su arbolado, se ejecutasen medidas para su mejora y por supuesto, se pusieran en valor estos árboles como patrimonio que son de la ciudad.

Necesitamos dar continuidad a nuestros espacios verdes. No tratarlos como microreservas, si no que sean patrimonio para el disfrute vecinal y que esos ciudadanos puedan ejercer su custodia.

Cuando paseo por una ciudad o voy de pueblo en pueblo siempre me quedo sorprendido por la cantidad de árboles que sobreviven a duras penas con sus raíces incrustadas en aceras sarcófagos o bajo el asfalto. Una sensación de alegría me invade al comprobar cómo muchos sobreviven como faros solitarios en carreteras, pero después uno se da cuenta que simplemente languidecen o agonizan.

Existen personas, movimientos vecinales, asociaciones u organizaciones ecologistas que hacen cada vez más presión en este sentido. Son más necesarios que nunca ante los ataques a los que se someten a los árboles de nuestra ciudad.

Y su mensaje tiene que calar más que nunca. Debemos tener claro que necesitamos hojas, no árboles. Ha llegado el momento en el que nuestras ciudades dejen de ser mausoleos arbóreos con troncos lisiados.

Los árboles son patrimonio. Los árboles hacen ciudad. Si queremos unas nuevas generaciones que respeten su entorno, hagámosles ver cómo sus mayores lo cuidan. Sólo así conseguiremos una sociedad que se respete a sí misma.

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