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La cruzada de los niños

La pureza de un corazón infantil puede derribar las murallas de la Ciudad Santa pero no puede hacer nada con el corazón pétreo que ahora sostiene a la vieja Europa.

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Hubo una vez un niño al que Jesucristo se le apareció, encomendándole redactar una carta que debía entregar al rey de Francia. En la carta el niño había escrito el mandato divino para una nueva cruzada a la conquista de Jerusalén. No cuentan las crónicas cómo llegó el niño hasta el rey, pero sí que este se mofó del contenido de la misiva y echó al emisario divino con cajas destempladas. Jesucristo, inasequible al desaliento, le encomendó al niño que él mismo organizara la cruzada. Y por si no bastaba un intento, también le encomendó lo mismo a un niño alemán. Siempre hay que tener un plan B, aunque la empresa no podía por menos que tener éxito: bastaría la oración para que se abrieran las aguas del Mediterráneo y bastaría la pureza de un corazón infantil para derribar los muros de la Ciudad Santa. A eso se le llama tener fe y no a poner cruces en la declaración de la renta.

Ambos niños se pusieron en marcha arrastrando tras de sí, cual flautista de Hamelin, a más de 20.000 infantes. Muchos quedaron por el camino o abandonaron, pero, volvemos a las crónicas, después de un arduo peregrinar la congregación acabó su periplo junto a las aguas de Niza. Eran unos 2.000.

Se pusieron a rezar.

Las aguas no se abrieron.

Insistieron un par de semanas.

Lo mismo.

Dos mercaderes se ofrecieron a transportar a tan peculiares cruzados hasta Palestina. Hubo temporales de camino y naufragios pero finalmente llegaron a puerto. Para su sorpresa, no era Palestina, sino Egipto, concretamente Alejandría, cuyo mercado de esclavos esperaba con los brazos abiertos aquella remesa de carne tierna para ponerla en almoneda.

En los últimos años, revisando documentos, no está tan claro dónde acaba la realidad y dónde empieza la narrativa fantasiosa. Por dudar se duda de que los protagonistas de esta rocambolesca y terrible cruzada fueran niños y no adultos, los 'pueri', como se llamaban a inicios del siglo XIII a los desharrapados alemanes que vagabundeaban en grupos por el continente. Pero lo cierto es que la leyenda de tan piadosa cruzada, el relato que nos ha llegado, cierto o apócrifo, acaba con la aparición de las redes mafiosas de la trata humana.

Grabado del artista francés Paul Gustave Doré.

Grabado del artista francés Paul Gustave Doré.

Soy un apasionado de las cruzadas. Siempre me han parecido 200 años fantásticos y sus relatos son comparables a las andanzas de los libros del Antiguo Testamento y de Las mil y una noches. Aquella explosión demográfica en Europa que condujo a Palestina a los excedentes más belicosos (y ociosos) de la nobleza europea (mejor que esta chusma cometiera sus barrabasadas lejos que no en casa) es una sucesión de relatos y personajes que siempre me han dejado boquiabierto. El rey leproso de Jerusalén, con su bondad legendaria, enfrentado a Saladino, la prédica de la yihad o guerra santa (¿les suena?) contra los infieles y los gobernantes musulmanes que contemporizaban con aquéllos, la secta de los asesinos, Ricardo Corazón de León, los templarios, Luis VII de Francia y Leonor de Aquitania, Reinaldo de Châtillon, villano donde los haya, el inexpugnable castillo del Crac, en Siria, y así ad infinitum (para los curiosos les recomiendo la historia contada desde el lado árabe por Naguib Mahfuz, fácilmente encontrable en esos sitios llamados a desaparecer como son las librerías). Y aunque hayan pasado mil años hay cosas que no cambian.

Actualmente hay otra cruzada en marcha, pero no de agresión sino de supervivencia. Ya no hay peregrinos, sino refugiados, miles de los cuales son niños. Y como ocurriera en 1212, esta nueva cruzada infantil tiene el tinte trágico de la calamidad y la indignación que causan los desalmados. Fuerzas de la naturaleza y explotación, una alquimia explosiva cuyos componentes son fácilmente encontrables hoy en día. Y de nuevo los mismos condicionantes, aunque en un contexto nuevo: mafias que trafican con niños, países que prohíben el paso de la multitud, gobernantes europeos agotados después de las sucesivas crisis bancarias e incapaces de movilizarse por salvar los restos de un naufragio.

Según Unicef-España, ocho de cada diez niños sirios se han visto afectados por la guerra y necesitan ayuda de manera acuciante. Son 8,4 millones, lo que se dice pronto, y se encuentran repartidos por la propia Siria, por los países vecinos, incluidos los europeos. Dice Unicef que uno de cada tres niños, es decir, 3,7 millones, ha nacido después de que se iniciara el conflicto, hace cinco años. Su pasado solo contiene violencia, miedo y penalidades. ¿Qué será de estos niños cuando sean adultos? Las estadísticas dan más datos escalofriantes. Hasta 10.000 niños que han puesto el pie en la beatífica UE han caído en manos de las mafias, según Europol, o simplemente han desaparecido. No se tiene rastro de 5.000 niños que pasaron por Italia y otros 1.000 sobre los que había constancia en Suecia se han esfumado. Son dos ejemplos.

Tal vez esta masa infantil debiera agruparse y devolver la visita a los países centroeuropeos. Debieran organizar una cruzada y dirigirse a Bruselas y allí ponerse a rezar a la espera de que las aguas se abran, pero me temo que esto se producirá antes que el cambio de la política comunitaria. La pureza de un corazón infantil puede derribar las murallas de la Ciudad Santa pero no puede hacer nada con el corazón pétreo que ahora sostiene a la vieja Europa.

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