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El día en que me encontré a Willem Dafoe dentro de una escultura

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El actor estadounidense Willem Dafoe. | EFE

No soy nada fetichista. No colecciono nada, ni persigo a la gente para obtener un autógrafo ni guardo como una reliquia sagrada la servilleta con restos de carmín de una starlet. Nunca he sentido esa compulsión de los fans por asistir, rozar y poder decir luego 'yo estuve allí'. Bueno, haber estado en el Gólgota, Woodstock o la apertura real del Centro Botín me deja muy frío. 

Una vez le di la mano a Gina Lollogrigida. Son cosas que ocurren en los periódicos. Uno está enfrascado en plena tarea de contar el emocionante rescate de un gatito en un árbol cuando alguien te dice: 'Tienes que estar en el aeropuerto en media hora, que viene Gina'. Yo sabía quién era Gina, solo podía ser 'ella' porque en aquella época era bastante cinéfilo, pero conocer in situ a la maggiorata me dejaba tan frío como el cambio climático a Donald Trump.

Fui para allá equipado con una grabadora analógica y unas 60 palabras de inglés, de aquel inglés que se aprendía en los colegios de los años 70, en donde ya se practicaban modernas técnicas de enseñanza-aprendizaje ya que el cura que lo impartía lo aprendía al tiempo que se lo enseñaba a sus atribulados pupilos.

Apareció Gina con un enorme cardado y con un vestido de lentejuelas, equipada dios sabe para qué. No era muy alta (es sorprendente la cantidad de gente bajita que hay entre los astros del cine). Venía a inaugurar un Festival de Cine de Consumo o algo así y estoy convencido de que no sabía en qué ciudad acababa de aterrizar. La acompañaba un efebo, a modo de edecán, el cual me echó una mano con las 25.000 palabras inglesas que me faltaban. Fue un diálogo surrealista y bastante estúpido pero yo tenía las tres fases necesarias para montar un titular y una entradilla. La conclusión a la que llegué es que ella estaba encantada de llegar a una ciudad que no conocía, lo que no me negarán que tiene su encanto. Le estreché la mano (¡la mano de Gina!), lo que fue como sopesar una lubina en un puesto de la plaza, y me fui.

Hablando de manos, me da pie para hablar de otros dos astros. Los dos curiosamente son italianos también. El primero era Carlo Maria Giulini, director de orquesta que estaba en Santander por el FIS. En aquella ocasión, en una de las salas del Hotel Real, en que recibía, alcancé el significado de la palabra 'prestancia'. Yo estaba hipnotizado por sus manos. Sus manos eran grandes, de cirujano o de director de orquesta, y me llamaban la atención por cómo las movía. No se crean que los ojos son el espejo del alma: son las manos. Lo dice cualquier manual de comunicación no verbal. Con los ojos se puede mentir; con las manos, no. Al escrutar el alma de aquel enorme músico, reconocí que estaba en presencia de uno de los grandes.

El segundo fue Vitorio Gassman. Yo había ido a darme una capa de barniz cultural a Roma (antes de que Ryanair pusiera en servicio sus potros de tortura volantes) y a la salida de los Museos Vaticanos me senté en un establecimiento cercano a tomar algo frío porque el calor apretaba. El barniz cultural había consistido en recorrer los kilómetros de pasillo vaticanos a paso militar junto con 36.538 japoneses y un vahído nada stendhaliano por el atracón de 'rafaeles' amenazaba con dejarme desmayado como una heroína exangüe de las novelas góticas.  

Sin embargo, estaba ahí. Él. Grande como un dios nórdico. Y de nuevo las manos. Unas manos enormes, larguísimas, que no paraban de gesticular, y que no se parecen en nada a las mías, que son pequeñas, como de muñeca. Era Gassman, sí, el mismo de 'Perfume de mujer', 'Arroz amargo', 'Rufufú' y 'Guerra y paz'. Estaba sentado con un tipo en el velador de al lado. Departía haciendo eso que tanto les chifla a los italianos, 'una bella figura', pero a él le quedaba francamente natural. A mí me quedó también muy natural no hacer aprecio de su presencia, cosa que estoy seguro que a él le importó una higa. Pero qué le voy a hacer: hace años fui inoculado con ese regusto por la invisibilidad del otro de la que estamos aquejados los santanderinos.

En otra ocasión, en esos momentos cumbre de una redacción en donde uno vendería a su abuela por poderse ir a casa a dormir, apareció como una epifanía mariana mi director en el centro de la gran sala con un sobre en la mano. No cojas el teléfono, dice el dicho, no vaya a ser que sea una noticia. Pero allí no estaba el teléfono sino el dios de los teletipos buscando con la vista a quién le podría encalomar una última tarea sin que el redactor le echara los perros con la mirada. Obviamente, todos nos concentramos como posesos en el teclado apurando el cáliz de noticias que podrían cambiar la deriva del mundo. Se fijó en mí.

-¿Tienes algo previsto esta noche?

-Va a ser que sí.

-¿Es urgente eso que estás haciendo?

-Urgentísimo.

-¿Querrías asistir a una cena?

-Mi médico me lo tiene prohibido.

-Bien, entonces irás tú.

En uno de esos clubes selectos en donde la gente importante se da aires por el mero hecho de que el 99% de la población tiene vedada la entrada, se había organizado una velada en honor del capitán Phillips, ex a la sazón de Ana, una de las hijas de la reina Isabel II. Fui al trote con mi grabadora analógica, mis 60 palabras de inglés y con un sueño absolutamente impertinente, esperándome encontrar a un húsar de la reina cargado de alamares, piernas arqueadas y una dicción ceceante. 

Pero no. Era un señor bastante agradable (no hace falta hablar con alguien para saberlo), con un sencillo terno y un hastío hábilmente disimulado ante toda una corte de lugareños arrebolados por estar en presencia de un apéndice de la realeza. 

El capitán Phillips, cuando todavía era teniente, había agitado unas campanillas en el interior de la princesa Ana. Este gran momento cursi no quedó empalidecido porque el amor prendiera en su lugar de trabajo: un club hípico. El teniente Phillips era un atleta que había participado en dos olimpiadas, algo así como Urdangarin pero en una liga superior, y su separación fue bastante sonada, porque a la reina británica la hermana Margarita ya le había dado un primer disgusto (y los que quedaba por recibir). Cosas de emparentar con advenedizos y arribistas. Pero el capitán Phillips no lo era. Realmente aquel miembro de la guardia de dragones había entrado en aquella familia espantosa, que detestaba, por el amor de una princesa, hasta que la princesa se aburrió de él y le mostró la puerta de servicio.

Me senté en una de las pocas mesas que había con mi buzo de obra y mi cara de sospechoso. No pasaron 30 segundos antes de que apareciera una dama (deduje que del comité organizador) para pedirme amablemente que le mostrara la invitación. Con un placer sádico, lo reconozco, le mostré la invitación y puse cara de 'qué cosas tiene la vida, ¿verdad?'. El resto de la soirée me la pasé hablando de vacas y verdes praderas con los comensales de la mesa, gente tan aburrida como yo, y, sinceramente, no recuerdo qué dijo el capitán en tan distinguida ocasión pero algo debió decir porque al día siguiente no me echaron.

Años después, me encontré a Willem Dafoe dentro de una escultura. No era una estatua, sino una escultura. Pueden ser lo mismo, pero en este caso no. Él estaba en España para intervenir en el Festival de Cine de San Sebastián y había dedicado la mañana a hacer turismo por Bilbao. Yo no soy fetichista, pero sí cinéfilo, y también había ido a Bilbao a pasar la mañana. Estaba a punto de marearme dando vueltas en una de las enormes espirales de acero corten de Richard Serra en la planta baja del Guggenheim cuando, ya de vuelta, me crucé en aquel pasillo curvo con el susodicho. 

No caí de rodillas ni le pedí un selfie. Lo primero que pensé fue 'qué bajito es'. Lo segundo que pensé fue 'qué raro, podría haber ido a El Corte Inglés y está aquí'. Lo tercero que pensé fue algo mucho más profundo: 'me gusta su camiseta'. 

Todo ocurrió en unos segundos. Willem Dafoe llevaba unas grandes mandíbulas, una camiseta negra ajustada y una pequeña corte de cinco o seis personas que iba arrastrando tras de sí como si los tuviera atados con una cuerda invisible. Fue un vislumbre, una aparición, en donde, por necesidades del guion, nuestras miradas se cruzaron, pero yo, como buen santanderino de pro, había aprendido a cruzarme con gente conocida sin saludar ni ofrecer el menor gesto de reconocimiento a menos que el otro diera pie a ello. Ese don para invisibilizar al otro me vino bien para no hacer el ridículo, aunque me hubiera encantado hablar con él de Scorsese, Tim Burton y Walter Hill. Obviamente, él no me conocía y educadamente nos dimos paso recíprocamente. Pero ya en la salida pensé que esto de pertenecer a un pueblo elegido, como es el de los hijosdalgo santanderinos, en el fondo es una lata.

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