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La indiferencia

Tal vez la indiferencia ante el horror ya no tan lejano sea lo más significativo del hoy en día. La realidad, al indiferente, acaba atrapándolo. Y se paga.

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Una embarcación con cerca de 600 migrante sy refugiados a bordo vuelca cuando la Marina Militar italiana iba a proceder al rescate. | Marina Militar italiana

Una embarcación con cerca de 600 migrantes vuelca cerca de las costas italianas. | Marina Militar

Lo peor que se puede decir de alguien es que resulta indiferente. Una persona le puede caer bien a otra y también puede resultar lo contrario. Pero lo peor que se puede decir de ella es que resulta indiferente. Lo indiferente es un insulto. Lo indiferente es salirse de la humanidad y la compasión. Lo indiferente supone un apartamiento de lo real. No caer ni bien ni mal, sino lo contrario, que es no pensar en ella como persona, valer tan poco para uno que no merece siquiera un pensamiento. Resultar indiferente es ser excluido de la vida de lo demás, vivir en un apartheid del otro. La indiferencia es cruel.

Esto que es aplicable a las personas es aplicable a las sociedades. Grupos enteros le resultan indiferentes a otros y el conjunto de la sociedad muestra, aunque en este caso es un oxímoron, indiferencia a otras sociedades. Se habrán dado cuenta de que la indiferencia, en consecuencia, es una muestra de egotismo y el egoísmo se paga, en el ámbito personal y en el colectivo.

Nuestra sociedad vive inmersa en un proceso de egoísmo desatado. El consumo, ese acaparamiento de cosas superfluas por el atractivo de acaparar, convierte al ser humano en un espécimen ensimismado, que solo se reconoce en las lunas de las macrotiendas de moda o los escaparates de los concesionarios y las agencias de viaje. No voy a hacer ahora bandera de la pobreza (por cierto, hay un ensayo de Heidegger sobre la pobreza, un elogio de 12 páginas, muy interesante al respecto, aunque ya lo dijeron los franciscanos varios siglos antes) ni tampoco del masoquismo, pero no es normal la estupidización consumista y la eterna infantilización de los adultos, de lo que hoy es prácticamente imposible sustraerse. No hay glamour en esto, es banal. Y vivimos en la cultura de lo banal, en un eterno bostezo, en la pasividad monstruosa del niño glotón que espera el pastelito en la boca. De nada sirve constatar que Peter Pan es un niño cargante al que el capitán Garfio le roba el foco continuamente.

Dentro de una sociedad, unos grupos muestran su indiferencia a otros, tanto en materia de clase, como en materia de raza, creencias, lo que sea. Lo que importa es condenar al Averno de la indiferencia al otro. Incluso mola. Poco hay que decir de la indiferencia secular de las clases altas con respecto al resto de la población. Llevan milenios practicándola y, siendo realistas, siempre les ha salido bien. Más alucinante es la indiferencia que los trabajadores manifiestan por otros que no son más que sus iguales. La sensación de invulnerabilidad que el consumo ha inducido estos años entre aquellos que no son más que asalariados ha generado la alucinación de creerse lo que no son… y practicar la más cruel de las indiferencias. ¿Quién le ha dicho a usted que por tener dos vehículos de alta gama, pasar las vacaciones en un balneario francés o convertir el bautizo de un churumbel en una boda le diferencia realmente de su padre o de sus abuelos? La realidad, empecinada ella, acaba devolviendo a cada uno a su lugar.

La crisis ha puesto en evidencia el ensimismamiento de los trabajadores. Y no solo aquí. En Italia, en Francia, en el Reino Unido, el principal caldo de los populismos xenofóbos y de los partidos de ultraderecha es impulsado por las élites y seguido con entusiasmo por trabajadores ensimismados o por trabajadores depauperados por el paro y la pérdida de poder adquisitivo. Y eso se paga. Las regiones del norte de Italia que aun en los años 70 votaban en masa al Partido Comunista Italiano votaron después en masa a un fulano llamado Berlusconi que, incumpliendo todas sus promesas, fue reelegido cinco veces. En las ciudades obreras de Manchester, Leeds y Liverpool el Brexit, que no es más que la expresión del racismo y la nostalgia por la  grandeur del imperio, se votó en masa. Por no citar el apoyo masivo al clan Le Pen entre la clase trabajadora francesa.

Pero una cosa es tener móvil y otra pertenecer al clan directivo de la sociedad, una cosa es tener asfaltado a doble carril el acceso a casa y otra ser una persona con criterio y cultivada, una cosa es trabajar a reglamento y otra ser uno de los elegidos.

Volvemos a la calle, el gran reino de la indiferencia, y vemos la tranquilidad abúlica del que no tiene más que bostezar. Rascando un poco la superficie empiezan a aparecer gestos. Hay mendigos y hay gente agobiada que va y viene, pero poco más; la nota dominante es la del apacible bostezo o la batahola de las compras. ¿Dónde está en la calle la angustia de cinco millones de parados? ¿Dónde se han metido los inmigrantes a un paso de ser expulsados del país? ¿Dónde está la mujer apaleada, el niño acosado, el autónomo arruinado? ¿Dónde se han metido los millones de votantes indignados con los resultados electorales, muchos ellos abstencionistas por vagancia, muchos de ellos activistas de clic? Investidos de indiferencia, no es que se hayan esfumado, simplemente pasan desapercibidos. Y eso se paga.

Tomemos a un único cliente de una cafetería y metámoslo en un avión. A la hora del almuerzo aparecerá en la isla de Lesbos o en Libia o, mucho más cerca, en Calais y en Ceuta. ¿Cómo reaccionaría ante el objeto de su indiferencia? ¿Cómo reaccionaría yo (no crean que me escaqueo de la crítica)?

Tal vez la indiferencia ante el horror ya no tan lejano sea lo más significativo del hoy en día. ¿De dónde surge nuestra sensación de invulnerabilidad? Porque es irreal. No vivimos en un Disneyland del pincho y las rebajas, vivimos en un mundo interconectado y nos movemos por él con nuestro egoísmo indiferente cuando, incluso desde un punto de vista egoísta, debiera prestarse atención al otro, ya que cualquier día la desgracia llamará a nuestras puertas. Ya ha ocurrido. Puede que prestemos un poco de atención cuando mil seres humanos se ahogan en una semana en el Mediterráneo; e incluso puede que levantemos una ceja cuando revientan un aeropuerto en Bruselas, en el mismo corazón del fortín europeo. ¿Pero qué haremos cuando el odio que nuestra indiferencia produce golpee a la vuelta de la esquina? Porque podemos estar a la hora de comer en Lesbos, pero a la hora de comer podemos recibir también la visita de gente fanatizada que nos buscará la vueltas. ¿Qué decir entonces? ¿Qué no tenemos nada que ver? ¿Que nos dejen en paz?

La realidad, al indiferente, acaba atrapándolo. Y se paga. Entonces iremos corriendo al quiosco a devorar periódicos, seguiremos las noticias hasta la madrugada en televisión, nos apiadaremos de las víctimas, nos escandalizaremos ante la barbarie y la sinrazón, y exigiremos atención y exigiremos respuestas, y lo único que obtendremos será la indiferencia de los otros y los escaparates rotos de las tiendas.

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