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"Y qué"

Me cruzo con otros cuerpos que corren mientras preparan una media maratón o una ultra maratón o un triatlón o un iroman. Y los veo felices mientras sienten que acarician, a través de sus cuerpos poderosos, la fantasía de la inmortalidad.

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Tourmalet.

Tourmalet.

Hubo un tiempo en que mi cuerpo, con sus limitaciones, era capaz afrontar pequeños desafíos a lomos de una bicicleta. Nunca tuve mucha resistencia, me cansaba enseguida. Cuando las pulsaciones se disparaban comenzaba a sentir una presión en el pecho y como tengo un ligero miedo a morir subía rápidamente un par de piñones y aflojaba el ritmo. "Mejor llegar el último pero llegar vivo", pensaba. "Para qué sufrir, qué idiotez es esta de dejarse las tripas por subir un minuto más deprisa", me decía otras veces. Y me dejaba convencer enseguida por esos pensamientos. En ocasiones, pocas, apostaba por hacer el idiota y apretaba los dientes para llegar (con qué fin, para qué) unos segundos antes a la cima de aquí o de allá o para adelantar (con qué fin, para qué) a un ciclista desconocido que pedaleaba unos metros por delante.

Subido en la bicicleta tuve la ilusión de que dominaba mi cuerpo aunque, en realidad, el cuerpo nunca dejó de dominarme a mí. El caso es que ascendía regularmente Peña Cabarga, Alisas, Estacas de Trueba, La Braguía, Lunada, La Matanela, Palombera, El Escudo o, ya más excepcionalmente, los Lagos de Covadonga, el Tourmalet o Luz Ardiden. Me gustaba mucho subir puertos. No disfrutaba, en cambio, de los descensos (el miedo a morir otra vez, ejem). De aquella época recuerdo la pereza de los madrugones, el frío de las mañanas justo al  amanecer, las conversaciones antes de que la fatiga me impidiese articular una palabra, la soledad (porque salía mucho solo) y el pensamiento abotargado durante la ascensión (el esfuerzo físico es una especie de meditación forzada porque uno piensa que va a pensar mientras pedalea y al final el cerebro, el mío al menos, se emboba y no es capaz de pensar en nada). Recuerdo también la alegría cuando los músculos y los pulmones respondían a las instrucciones de mi mente y pedaleaba con soltura en medio del paisaje. Recuerdo sentirme fuerte y, sobre todo, esa euforia rara que me invadía al culminar una ascensión, como si hubiese conseguido algo importante, como si fuera un gladiador (no es extraño que tantos deportistas se consideren a sí mismos guerreros, espartanos).

Un día, no recuerdo cuál ni por qué, dejé de ponerme un casco de corcho brillante en la cabeza y de enfundarme esa ropa ajustada y de colores (que me quedaba estupenda, como a todos). Desde entonces la bicicleta acumula polvo en el garaje. Podría decir que me mira con tristeza pero sería una tontería decir eso porque es sólo una máquina y no tiene ojos ni conciencia. La miro y como mucho pienso en hinchar sus ruedas para subirme en ella e ir a comprar el pan. He dejado de andar en bicicleta porque me ha dejado de apetecer, porque prefiero dedicar el tiempo a otras cosas. Ahora mi cuerpo hace un ejercicio cardiovascular responsable mientras veo una serie en la televisión o me saca a dar largos paseos y me obliga a caminar deprisa. Como Rajoy. Sí, como Rajoy. Me cruzo, de cuando en cuando, con otros cuerpos que corren mientras preparan una media maratón o una ultra maratón o un triatlón o un iroman o un trial de montaña o una carrera de más de doscientos kilómetros en bicicleta. Y los veo felices mientras sienten que acarician, a través de sus cuerpos poderosos, la fantasía de la inmortalidad, de la invulnerabilidad. 

Todos los deportistas, por muy aficionados que esos deportistas sean, se sienten orgullosos de los logros que alcanzan con sus cuerpos: correr más tiempo y más rápido, escalar una pared más difícil, nadar más lejos. De hecho he de reconocer que aún hoy, alguna vez, mientras conduzco por una de esas carreteras de montaña que hace no tanto tiempo subía en bicicleta miro a mi acompañante y, justo cuando afrontamos una de las rampas más duras y el motor sufre, digo como sin darle importancia: "Este puerto lo escalé en bicicleta muchas veces". Ella no dice nada. Entonces añado con un orgullo contenido: "Esta zona era muy dura, con rampas del diez por ciento". Ella me mira con ternura y veo tras sus ojos compasivos un pensamiento que no llega a verbalizar: "Y qué".

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