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“Aquí murió la rabia y siguió el perro”

La mirada de dos niños que vivieron el incendio del centro de Santander y los estragos del viento sur

El desastre natural terminó de complicar la vida de los más pobres en una posguerra marcada por el hambre y la venganza

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Pin Mijares es Pin Mijares porque heredó el nombre de su padre, un mítico bombero voluntario de la ciudad de Santander que murió poco antes del incendio de 1941. Su carnet de identidad dice que se llama José Ojeda Merodio y su historia daría para otra historia. Salió de Santander un par de meses después del devastador bombardeo de diciembre de 1936. Primero en tren hasta Asturias, después en un barco hasta Francia con otros 1.500 niños de la guerra. Su padre, monárquico y católico, trató de poner a los pequeños fuera de peligro.

Volvió tres años y medio después cuando faltaba poco para el infierno del fuego. La memoria de Pin Mijares, a sus 88 años, es prodigiosa. Recuerda las llamas, el desescombro, el hambre, el hambre, el hambre… recuerda cómo lo discriminaron durante años por ser un niño rojo: "Y qué iba a saber yo si salí con ocho años, qué íbamos a saber si éramos solo niños". Después del incendio, después de la llamada reconstrucción, Pin siguió luchando contra la penuria de la vida y contra la saña del régimen: "Aquí se acabó y siguió el perro, y siguió el perro, y siguió el perro…".

Balbina Marquín Fernández dice que a sus 84 años la memoria le falla. Pero esa memoria no olvida el viento, el miedo, el viento. La casa donde vivía con su familia fue pasto del viento, no de las llamas. Canalejas era un espacio demasiado abierto y vulnerable y la surada tumbó los dos pisos del humilde edificio donde vivían en comunidad. Balbi, sin  saberlo, tiene una conexión con Pin: su padre también era bombero voluntario y, a diferencia de Mijares, el suyo sí tuvo que lidiar con la voracidad de las llamas mientras su familia era rescatada del edifico en ruinas por otros. Balbi añora la solidaridad de entonces entre los muchos y desprecia de la especulación de los pocos que sospecha.

Sus voces son solo un eco en un 75 aniversario del incendio del centro de Santander en el que hay poco que celebrar y mucho que repensar.

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