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Ceuta y la acorazada Brunete

24 de agosto de 2026 22:17 h

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Isabel Díaz Ayuso, IDA, ha compravendido un ático en Madrid, sin duda, para ver a Ceuta a lo lejos. A Ceuta y a Melilla siempre las vemos en la distancia y, desde la Península, sólo nos acordamos de ellas cuando truena.

En el último mes, los ceutíes se han sentido más solos que la luna. Desde la independencia marroquí de 1956, están a verlas venir: en la transición, a muchos les dio por comprar pisos en la barriada algecireña de San José Artesano por si las cosas venían mal dadas y tenían que ensayar una tocata y fuga como antes hicieron quienes vivían o sobrevivían del Protectorado Español, que era españolísimo pero que protegía poco. Y ahí siguen, en la cuerda floja de la convivencia --¿qué convivencia no lo es?--, intentando llevar la fiesta en paz entre cristianos, musulmanes, hindúes, hebreos y descreídos, entre canciones de Javier Marcos y de Ramón Tarrío o bulerías de El Encajero, entre el ramadán, el yonkipur y el sábado legionario, practicando día a día el viejo cantable uruguayo de Quintín Cabrera: “Vos sos del culto cristiano,/yo soy del culto judío,/¿si yo no te toco el culto,/ por qué me tocas el mío?”. O el de Jorge Drexler, con un pie forzado de Chicho Sánchez Ferlosio, impulsado por Joaquín Sabina y retocado por Luis García Montero: “Yo soy un moro judío,/ que vive entre los cristianos,/ no se qué Dios es el mío/ pero sé quienes son mis hermanos”.

Desde el paseo del Revellín –que desemboca en el de Camoens—a la estatua de Hércules acercando las dos columnas, desde las murallas del Ángulo, donde antaño se hacinaron los primeros sin papeles, a la mezquita en cuyo frontispicio estuvo aquella vieja frase de Franco: “Cuando crezcan los rosales de la paz, nosotros os regalaremos las mejores flores”. Desde el parque del Mediterráneo que diseñó César Manrique al restaurante Oasis, que montó en el Hacho aquel peculiar aventurero llamado Ramón Pouso, a los viejos baretos de la calle Real, donde compartieron madrugadas Paco Márquez y Jesús Melgar; desde los vericuetos de El Príncipe, donde fui a cubrir un asesinato y volví poblado de abrazos, a la humildad obrera de Benzú, los picnis de las siete colinas, las vallas mejor sin concertina, los barcos con nombres de almirantes que fueron poetas y veteranos taxistas como Mohamed Alí, mal llamado “El dientes”, que creyeron que no importaba la religión ni el nombre para intentar cambiar el mundo desde la política. Ceuta es mucha Ceuta, como sabe Maribel Lázaro, que es de izquierdas y piensa que la izquierda española no entiende a su ciudad. Tiene razón. También sabe que la derecha, tampoco. Y la extrema, menos.

Con Ceuta y Melilla nos aflige un cierto complejo de impostura: en el fondo, damos por hecho que son de Marruecos por más que los viejos legajos crean lo contrario, lo mismo que pensamos que Gibraltar debiera ser español, ponga lo que ponga el Tratado de Utrecht. A estas alturas de la historia, uno sólo sigue, en cambio, creyendo en un par de ideas: la de la tierra para quien la trabaja y la del territorio, para quienes lo viven. Ceuta y Melilla, como el Gibraltar de los gibraltareños, debiera ser siempre de aquellos que habitan sus entretelas y su mapa les queda cerca del corazón.

También han sido víctimas de todo ello los caballas, que es como se les llama en román paladino a los habitantes de Ceuta, viniesen de donde vinieran y que construyen, desde hace siglos, un rompecabezas que no es perfecto pero es más que aceptable si se tienen en cuenta sus circunstancias: economía, espacio, poder militar, échenle guindas al pavo que lo milagroso es que semejante guiso no se pegue

Les vemos a lo lejos, sin gafas de cerca, y no distinguimos semejantes matices. Quizá, a esta orilla del mundo, seguimos siendo paraguayos, como así nos llamaban a los que íbamos allí para comprar paraguas o quesos de bola, mientras los ceutíes necesitaban cruzar el Estrecho cada cierto tiempo para inyectarse un poco de Peninsulina, como ahora tendrán que probar vacunas contra la sarna, si es que hay, la tuberculosis o la varicela.

El Gobierno se ha pegado un tiro en el pie con la que algunos medios y voceros de la cosa pública han venido en llamar la Marcha Azul. Pedro Sánchez, esta vez, no ha estado, sencillamente, en el lado correcto de la historia, hablando sin acritud como diría el carpetovetónico Felipe González. Ni antes de lo ocurrido a finales de julio –increíble que todavía no haya habido dimisiones en el CNI--, ni durante la llegada repentina de 80.000 criaturas ni a lo largo de las últimas semanas, cuando los refuerzos han ido viniendo a cuentagotas, quizá porque el aparato del Estado tenga la capacidad suficiente para afrontar estas crisis pero no la agilidad necesaria para llegar a tiempo y no agravarla.

Las principales víctimas de lo ocurrido son los más de cien muertos y otros muchos que fueron utilizados como caballo de troya de los intereses marroquíes, pero también de los de Israel y Estados Unidos, para invadir Ceuta con las manos vacías y la cabeza llena de pajaritos y fake news. Sin embargo, que no se nos olvide, también han sido víctimas de todo ello los caballas, que es como se les llama en román paladino a los habitantes de Ceuta, viniesen de donde vinieran y que construyen, desde hace siglos, un rompecabezas que no es perfecto pero es más que aceptable si se tienen en cuenta sus circunstancias: economía, espacio, poder militar, échenle guindas al pavo que lo milagroso es que semejante guiso no se pegue.

Yo no sé lo que ha hecho el Gobierno para ayudarles, pero eso es lo peor: que no explica lo que ha hecho ni tampoco lo que va a hacer. La ministra de Sanidad, al menos, se despachó en un largo Twitter sobre por qué no convenía confinar, por ahora a nadie, tal y como había reclamado el doctor Núñez Feijóo. Pero si la gestión política de la crisis ha sido deplorable –con Defensa e Interior a la gresca, con Justicia al ralentí para resolver los expedientes de expulsión--, la cosa informativa ha brillado por su ausencia: ya no se trata tanto de saber el número de refuerzos y las dietas que van a cobrar, sino se trata de explicar por qué no se puede devolver de una tacada a los migrantes que llegaron a mansalva y que siguen en la Ciudad Autónoma, a pesar de que Marruecos los reclama y la Comisión Europea asegura que es legal hacerlo.

Tampoco ha dicho ni pío sobre por qué no pueden retornar los menores a los que hemos visto malviviendo sin techo por las calles ceutíes, como cuando, en otro tiempo, también esnifaban pegamento en el espigón. Denles acogida, mientras deciden qué hacer con ellos: mientras debate si pesa más el disparate de Asilo y Refugio que se ha otorgado la Unión Europea o los convenios internacionales y la legislación española que nos obligan a cuidar a los niños y de los muchachos y no a echarlos a puntapiés como si fueran Huckleberry Finn a manos de un padre huraño, el Reino que les aguarda al otro lado de la frontera.

El líder ceutí ha ido recibiendo a la lluvia de ministros con semblante de funeral de tercera porque prometían el oro y el moro –perdón por la expresión--, pero sin fecha para el entierro de la falta de normalidad. Sin embargo, nada de sabe de qué ha hecho en materia de Sanidad y de Menores, que son sus competencias, durante ese último mes que los suyos vivieron peligrosamente

Este gravísimo error del Gobierno va a tener otras consecuencias, también graves. Y no es que vaya a consolidar eternamente en Ceuta al Partido Popular, que ya lo está, aunque a Juan Jesús Vivas, su presidente habitualmente moderado, empiece a ponérsele cara de Miguel Tellado o de Elías Bendodo. El líder ceutí ha ido recibiendo a la lluvia de ministros con semblante de funeral de tercera porque prometían el oro y el moro –perdón por la expresión--, pero sin fecha para el entierro de la falta de normalidad. Sin embargo, nada se sabe de qué ha hecho en materia de Sanidad y de Menores, que son sus competencias, durante ese último mes que los suyos vivieron peligrosamente.

Aquí quien va a sacar tajada política va a ser Vox y los trabucaires del Santiago y Cierra España, entre niñas violadas y energúmenos apaleando a un guardia de paisano. Los partidos de Estado seguirán debatiendo si el Rey debe ir o, mejor, que no abra la boca. Pero el Estado parece que se ha partido allí, en un lugar, Ceuta, en el que los extremos no gustan porque el secreto de su éxito ha sido una relativa moderación, un tentempié cambembo que ahora empieza a tambalearse.

Conozco Ceuta desde que era un crío y nunca la he visto tan desvalida como en los días que corren, sin poder decir siquiera, con Antonio Machado, que el hoy es malo pero el mañana es mío. No se sabe si habrá un mañana. Ni para la ciudad ni para el Gobierno, ni para esa gente con hambre y esa otra gente con miedo. Los peones magrebíes o subsaharianos, manejados por un ajedrez siniestro y los alfiles locales que no sólo ven peligrar la partida sino el propio tablero, el de un lugar al que ya citaba Góngora en sus romances moriscos: “Famosos son, en las armas, los moros de Canastel...”.

Famosos debieran ser quienes sufren el pan nuestro de cada día de este disparate. En vez de quienes lo contemplan desde un ático de Chamberí –“Chao, pescao”, ha dicho hoy Emily Dickinson--, desde el aire acondicionado de la calle Génova fruto del delito o desde las vacaciones presidenciales en Lanzarote, que Pedro Sánchez concluye, precisamente, en un día en que parecen volver a la isla los cayucos, cargados de otras víctimas y de otros pretextos.

Mientras, otros piensan en las elecciones o en retomar Larache con la acorazada Brunete. Seguro-seguro, que estos últimos no son de Ceuta, porque saben que están en primera línea y quienes les utilizan, en ese damero maldito, viven incluso más lejos que Madrid, en un palacio de Rabat o en su exilio francés; en unas oficinas de Tel Aviv o en el salón de baile de la Casa Blanca. Una posible solución sería más fácil de lo que pensamos: que el Gobierno gobernase, en esta ocasión, y que los españoles y muy españoles decidieran serlo, por una vez, más allá de los himnos y de los exabruptos.