Curiosa memoria, ¿aún nos queda?
El otro día estaba en casa de mis suegros y me percaté de que habían quitado los azulejos del patio. Ahora era completamente blanco. Los azulejos llevaban 40 años en esa casa, pero la persona más contenta de que se hubieran quitado era mi cuñada: decía que así sería más fácil vender la casa el día que ellos no estén. Así la casa no tenía tanta personalidad, según ella. Ni identidad, según yo.
Qué cosa más grotesca celebrar que hayan quitado la historia de aquella casa y aquella familia para que parezca otra casa prefabricada más. Paredes blancas, muebles grises, como si más que de un hogar fuera un escaparate de lo que se tratase.
Pero esas paredes blancas están en las calles, con un horno por asfalto, debido a la falta de tejido verde en las ciudades. Cada vez hay menos árboles que te cobijen con su sombra, sólo grandes edificios según el código postal.
Casas de postal, calles de postal, a las que, si llegas a poder visitar, nada te impresionará porque las habrás visto mil veces en alguna publicación de redes sociales. Donde todo es igual incluso el ángulo, solo cambia quien figura en la foto.
No dejan de ser, al fin y al cabo, protocolos de desmemoria. Es justo decir que algo que nos enseñó a todos nuestra querida Lucrecia Hevia fue la importancia de la memoria, algo reconocido por instituciones como cuando recibió el “Premio Andalucía de Periodismo por su compromiso con la recuperación de la memoria histórica” o “Premio Plaza de España por su defensa y difusión de los valores democráticos”. Pero quienes tuvimos la suerte de tenerla cerca fuimos contagiadas de su forma de tejer la memoria como clave de cualquier relación democrática, desde la rigurosidad y el cariño.
Ojalá esa visión estuviera más extendida. Quiero pensar que hubiera hecho mucho más difícil lo que está pasando ahora: el derrumbe de toda memoria. La concordia y la vía andaluza no era más que eso: un programa de 150 puntos donde se potencia lo que nos separa y se huye de lo que nos une.
Ya he hablado muchas veces de lo frágil que se ha construido el Tercer Sector y lo que implica a nivel de explotación laboral. Son varias entidades que han tenido que echar el cierre, una en la que trabajo en marzo casi lo hace, pero total, no somos escuelas de tauromaquia, sólo trabajamos con personas
Uno de los puntos clave (bueno, en realidad son todos) es eso de “no más menas”. Así, sin anestesia, directo y al pie. Hace dos años, el periodista Moha Gerehou ya escribía sobre cómo este concepto era la muletilla racista del momento: “jóvenes pero no obligatoriamente menores de edad, de aspecto magrebí pero no necesariamente migrantes”. Porque cuando hablan de que no quieren más MENAS, no están hablando desde un marco xenófobo, sino racista.
¿Cómo hemos llegado aquí?, se preguntan algunos, se indignan otros y quienes hacen ambas, pero luego en sus programas y acciones no concretan nada, o están más preocupados en decir que el racismo no existe, excepto si es a la nación andaluza. Algo que la Vane, compañera gitana, y yo hablamos muchas veces, porque no llegamos a entender que, con la que tenemos encima, quieran pelearse por fingir que están igual o peor que nosotras al estilo catalán, cuando la realidad es que vamos a tener que lidiar con una administración que, de facto, reniega hasta de su propio Blas Infante.
El proceso de regularización extraordinaria ha dejado de manifiesto no sólo el millón de deudas que tiene esta sociedad, a pesar de que aunque se quieran dar discursos de tener el corazón grande y defender unos derechos humanos, se ponen todas las medidas para fomentar la vulneración de derechos, como han denunciado permanentemente las ONGs durante todo el proceso.
ONGs que, al no defender el programa de Vox, son llamados chiringuitos, y cuya supervivencia económica pretenden que quede aún más asfixiada. Ya he hablado muchas veces de lo frágil que se ha construido el Tercer Sector y lo que implica a nivel de explotación laboral. Son varias entidades que han tenido que echar el cierre, una en la que trabajo en marzo casi lo hace, pero total, no somos escuelas de tauromaquia, sólo trabajamos con personas.
Aunque, siendo honesta, ¿a quién le importa nada de esto? Este nuevo gobierno andaluz ha firmado con betún el compromiso de pintar las paredes blancas, una vez que hayan terminado de quitar los azulejos de nuestra casa.