El Informe Global sobre Justicia: un Plan para la Igualdad y la Prosperidad dentro de los Límites Planetarios
El primer día de clase en las Facultades de Economía y Empresariales te explican que el objetivo de la economía es decidir qué uso dar a unos recursos escasos. Sin embargo, esta definición resulta insuficiente en el siglo XXI, porque el problema no es la escasez, sino el reparto de lo que producimos. Los datos hablan por sí solos: según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), alrededor de 700 millones de personas pasan hambre en el mundo (aproximadamente 1 de cada 10 personas), a la vez que el 32% de los alimentos se desperdician: 19% en los hogares, restauración y comercio minorista, al que hay que sumarle el 13% de pérdidas en etapas previas de la cadena alimenticia.
En este contexto, el foco de la economía no puede limitarse a producir más ni a seguir diariamente la evolución de los mercados financieros. Lo verdaderamente relevante es garantizar que nadie sufra carencias básicas en un momento histórico en el que los niveles de producción global no tienen parangón.
Una propuesta reciente para abordar este desafío se recoge en el Informe Global sobre Justicia: un Plan para la Igualdad y la Prosperidad dentro de los Límites Planetarios, elaborado por 45 investigadores del Laboratorio Mundial de la Desigualdad, impulsado por el economista Thomas Piketty. Sus autores lo presentan como “el primer intento de proponer un plan totalmente cuantificado” para afrontar de manera sistemática la desigualdad y la crisis ecológica.
El informe plantea que el primer paso para reducir el uso de recursos y transitar hacia un modelo basado en la suficiencia es repartir el trabajo, mediante la reducción de la jornada laboral en un 50% y la reorientación de la actividad productiva hacia la educación y la salud
El diagnóstico es contundente. El ingreso mensual promedio por habitante oscila entre 290 euros en África subsahariana y 4.590 euros en Norteamérica y Oceanía, una diferencia de 16 veces. Además, el 50% más pobre de la población mundial posee solo el 2% de la riqueza global, mientras que los multimillonarios concentran el 6,4%. Las desigualdades también se reflejan en el acceso a servicios esenciales y en la gobernanza global: instituciones como el Banco Mundial o el FMI otorgan a los países más ricos una representación muy superior a su peso demográfico. Todo ello ocurre en un escenario en el que, de mantenerse el modelo actual, la temperatura media del planeta podría aumentar 4 °C en 2100.
El informe plantea que el primer paso para reducir el uso de recursos y transitar hacia un modelo basado en la suficiencia es repartir el trabajo, mediante la reducción de la jornada laboral en un 50% y la reorientación de la actividad productiva hacia la educación y la salud. Estas medidas deben ir acompañadas de políticas que garanticen la igualdad de género en salarios, empleo y distribución de las tareas domésticas. Con ello se reduciría de forma significativa la extracción de recursos naturales, junto con dietas más ricas en vegetales, las previsiones de calentamiento podrían bajar a 1,8 °C en 2100.
Para financiar esta transición, los investigadores proponen crear un Fondo Global de Justicia, alimentado por un impuesto mundial sobre el patrimonio con tasas de hasta el 20% anual para los multimillonarios, y un impuesto global sobre la renta que podría alcanzar el 90% para los ingresos más altos, afectando al 1% más rico. Los recursos también nutrirían un Fondo Soberano Mundial, que acumularía activos equivalentes al 60% del PIB global para financiar proyectos de largo plazo y aumentar la participación pública en la economía internacional.
Los tres grandes retos a los que se enfrenta la humanidad son la crisis ambiental, la desigualdad como caldo de cultivo de las tensiones socioeconómicas y la polarización política
Estos dos fondos permitirían reducir drásticamente la brecha de ingresos: todas las personas alcanzarían un ingreso mensual per cápita de 5.000 euros hacia 2100. El 99% de la población mejoraría su bienestar gracias a mayores recursos materiales, más tiempo libre y una menor degradación ambiental. La mitad más pobre del planeta pasaría de poseer el 2% de la riqueza al 30%, mientras que la participación de los multimillonarios caería del 6,4% al 0,05%. Además, el gasto educativo alcanzaría los 8.400 euros por habitante y el sanitario los 14.400 euros en todos los países. En este sentido, Piketty señala que “un euro adicional del PIB destinado a educación y sanidad tiene entre tres y cuatro veces menos impacto ambiental y consumo energético que un euro adicional del PIB destinado al sector manufacturero”.
En definitiva, los tres grandes retos a los que se enfrenta la humanidad son la crisis ambiental, la desigualdad como caldo de cultivo de las tensiones socioeconómicas y la polarización política. Este informe muestra de una forma cuantitativa y concreta, la existencia de una solución técnicamente posible basada en la redistribución profunda de la riqueza, el poder y los recursos a escala internacional. ¿Es una utopía? Si, pero buena parte del mundo en el que vivimos hoy también lo fue alguna vez.