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Cómo no escribir de Ceuta

9 de septiembre de 2026 21:02 h

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Sentada frente a mi MacBook de 13 pulgadas, con dolor de cuello por la mala postura en la que llevo horas sentada, miro el cursor parpadeante de mi documento en blanco. Me planteo cómo no escribir de Ceuta.

Entre las varias ideas que he barajado para no escribir de Ceuta, tengo la de cómo la administración de Trump planea darle un subsidio a las madres que se quedan en casa con sus hijos. También os iba a hablar de Shakira y su carta en El País acerca de la hispanidad, o la latinidad, o algo entre medias.

Pero es que no me sale. No sé si son mis dedos, mis brazos, o la contractura del cuello, que me exigen que no escriba de nada más.

Leo la columna de Juan José Téllez, veo un vídeo de la defensa de Mónica Naranjo a Ceuta en un concierto. Entro en X (antes Twitter) y leo auténticas barrabasadas. Me pregunto: qué más se puede decir de Ceuta.

La respuesta es nada. Y todo. Ya está todo dicho. Hace más de un mes ya dije que la extrema derecha iba a usar el temita para hacer su agosto (nunca mejor dicho). Y, sin embargo, tengo la sensación de que seguimos sin saber de qué estamos hablando cuando hablamos de Ceuta.

Quizás el problema es que llevamos más de un mes escribiendo de Ceuta como si hubiera que encontrar cada día una nueva manera de explicar lo mismo. Una frontera desbordada. Una ciudad al límite. Un Gobierno que reacciona tarde. Marruecos, siempre Marruecos. Vox diciendo Voxadas. Y miles de personas que, dependiendo de quién escriba el titular, son migrantes, refugiados, ilegales, invasores, víctimas o directamente una cifra.

Ha dejado al descubierto la enorme dependencia de España y de Europa de Marruecos para decidir quién puede acercarse a nuestras costas. Ha dejado al descubierto la facilidad con la que una emergencia humanitaria se convierte en una competición electoral. Ha dejado al descubierto que algunos necesitan que todos los migrantes sean víctimas perfectas y otros necesitan que todos sean delincuentes

Quizás por eso me cuesta tanto escribir de Ceuta. Porque cuanto más tiempo pasa, menos me interesa el momento en que alguien atravesó una frontera y más me interesa todo lo que esa frontera ha dejado al descubierto.

Ha dejado al descubierto la enorme dependencia de España y de Europa de Marruecos para decidir quién puede acercarse a nuestras costas. Ha dejado al descubierto la facilidad con la que una emergencia humanitaria se convierte en una competición electoral. Ha dejado al descubierto que algunos necesitan que todos los migrantes sean víctimas perfectas y otros necesitan que todos sean delincuentes.

Pero, sobre todo, ha dejado al descubierto algo incómodo para quienes contamos estas cosas: nosotros también necesitamos relatos sencillos. Los periodistas sufrimos de titularitis, esa deformación profesional que nos empuja a reducir una realidad inmanejable hasta que nos cabe en una frase. Una especie de guión, como aquellos ejercicios del workbook de inglés de primaria en los que había que rellenar los huecos.

“Las víctimas ________ (migrantes / ceutíes) sufren por culpa de ________ (Marruecos / Sánchez / la extrema derecha), en una crisis que debemos entender como ________ (migración / invasión / racismo / manipulación).”

Una vez hemos rellenado las casillas, respiramos un poco mejor. La historia ya tiene sentido. Hay alguien que sufre, alguien responsable de ese sufrimiento y una explicación que nos permite ordenar el caos.

El problema es que la crisis Ceuta no cabe en esos huecos.

Quizás escribir de Ceuta un mes después consiste precisamente en resistirse a encontrar una explicación que lo simplifique todo.

Esta mañana, en mi clase de Principios de Periodismo que enseño a jóvenes intentando entrar en este oficio en San Diego, California, me preguntan qué opino acerca de Ceuta. ¿Cuáles son tus pensamientos? (What are your thoughts?), me dice un alumno en primera fila. Demasiados (too many) le contesto yo.

Y sin embargo, ahora, con el cursor temblando enfrente de mí, sigo sin saber por dónde empezar.