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Sobreproteger al menor o protegerse a uno mismo

Foco
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Bernard Bossous

Psicopedagogo experto en desarrollo de la personalidad del menor —
9 de septiembre de 2026 21:07 h

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La infancia nunca ha estado tan protegida como hoy ni tan intervenida por los adultos. Durante generaciones, el error, la frustración, el dolor o la incertidumbre eran entendidas como parte natural del proceso de aprendizaje y pilares sobre los que se construía la personalidad. Sin embargo, en la última década han pasado a percibirse como experiencias a evitar o prevenir.

Esta deriva ha favorecido, en muchos casos, dinámicas de control excesivo y sobreprotección que terminan condicionando el entorno del menor en lugar de acompañar su proceso de crecimiento.

Psiquiatras, educadores y psicólogos alertan de las devastadoras consecuencias que ello está produciendo en el desarrollo psicosocial de los menores educados bajo el paraguas de la sobreprotección: desarrollo de personalidad narcisista, inseguridades extremas o autonomía disfuncional, lo que dificulta tomar decisiones, asumir responsabilidades y desenvolverse por sí mismos.

Tanto padres como madres con estilos educativos sobreprotectores tienden a prevenir el dolor de sus hijos a toda costa. Pero, en paralelo a este propósito, suele operar otro más silencioso: protegerse a sí mismos. Es decir, evitar el contacto con su propia vulnerabilidad emocional, activada cuando el hijo atraviesa situaciones de malestar.

En el marco educativo, los profesionales reciben atónitos y desbordados un aluvión de amenazas, solicitudes de diagnósticos y prescripciones de padres sobre el modo en el que tienen que enseñar a sus hijos, a pesar de que el contexto escolar provee al menor exactamente lo que necesita: un escenario controlado y gestionado por expertos en los que pueda aprender a gestionar, enfrentar y trabajar las emociones incómodas derivadas de los conflictos propios de su etapa madurativa. Algo inaudito

Reminiscencias de dolor, miedo, impotencia e inseguridad arraigadas en la propia infancia de los padres se reencarnan en la crianza de sus hijos, como si su “niño interior herido” tomara el control a la hora de educar. En ese estado, se pierde la perspectiva y se reacciona con gran intensidad, bajo la apariencia legitimadora del discurso de “los derechos y el bienestar del niño”.

Un proceso de alquimia infinita que transforma procesos naturales del ser humano en denuncias, reclamaciones, protocolos… En otras palabras, la búsqueda desesperada de un responsable que justifique el conflicto interno que evitan analizar. Nada revelador: la mente humana buscando desesperadamente razones que apacigüen el dolor que emana de la incertidumbre.

En el marco educativo, los profesionales reciben atónitos y desbordados un aluvión de amenazas, solicitudes de diagnósticos y prescripciones de padres sobre el modo en el que tienen que enseñar a sus hijos, a pesar de que el contexto escolar provee al menor exactamente lo que necesita: un escenario controlado y gestionado por expertos en los que pueda aprender a gestionar, enfrentar y trabajar las emociones incómodas derivadas de los conflictos propios de su etapa madurativa. Algo inaudito.

crecer implica desarrollar tolerancia a la frustración, fortaleza interna y capacidad de afrontar la dificultad. Son cualidades vitales para la vida adulta que deben cocerse a fuego lento en la infancia y adolescencia, aunque duela, aunque cueste, aunque dé pavor

Aceptar que un hijo no siempre estará bien –que experimentará frustración, conflictos, rechazo, malentendidos, expectativas incumplidas o, incluso, situaciones injustas provenientes de otros menores y adultos– forma parte del desarrollo natural de cualquier humano. A veces, se nos olvida que los menores son solo eso, humanos y no una hoja donde proyectar los deseos, frustraciones y necesidades no resueltas de sus progenitores.

En definitiva, muchos adultos no solo intentan impedir el sufrimiento de sus hijos, también el de ellos mismos. Desde esta perspectiva, la sobreprotección puede entenderse como una estrategia de control que busca reducir el malestar del menor y evitar que el adulto confronte emociones difíciles de sostener.

Y aquí aparece una cuestión esencial: crecer implica desarrollar tolerancia a la frustración, fortaleza interna y capacidad de afrontar la dificultad. Son cualidades vitales para la vida adulta que deben cocerse a fuego lento en la infancia y adolescencia, aunque duela, aunque cueste, aunque dé pavor.

Nuestros abuelos y padres también atravesaron ese proceso. La diferencia es que ellos tenían menos posibilidades de sortearlo. Su contexto les obligaba a endurecerse. Hoy, en cambio, existen más recursos, más mediaciones y también más formas de amortiguar la realidad que incomoda, la que no queremos afrontar. Y la crianza es uno de los lugares donde esto se hace más visible.

En nombre del amor y de la protección del menor, y con la intención sincera de darle lo mejor, a veces los padres pueden encarnar una forma de egoísmo socialmente legitimada. A veces, a quien verdaderamente se protege no es al hijo, sino a uno mismo.

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