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Cómo evitar que la derecha use la crisis de Ceuta para ganar votos

4 de agosto de 2026 20:30 h

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A finales de 2018, una serie de caravanas migrantes comenzaron a hacer el largo camino desde Centroamérica hasta la frontera de Estados Unidos con México. Yo entonces trabajaba en Telemundo San Diego, la ciudad más grande en esta frontera y a la que se rumoreaba se dirigían los migrantes.

La imagen de una madre en una tienda de campaña con dos hijos menores de 2 años me marcó para siempre. Sin embargo, esa no fue la imagen que acabó definiendo la caravana. Las imágenes que se repitieron fueron las de miles de personas avanzando juntas hacia el norte. Recuerdo las filas para recibir comida y el alivio de quienes creían que, después de atravesar México, lo peor del viaje había quedado atrás. Para ellos, allí empezaba el futuro. Nosotros sabíamos que la frontera podía convertirlo en otra pesadilla.

Aquella cobertura me marcó como periodista y como persona. Años después, cuando volví a ella para escribir mi tesis, descubrí que el problema no estaba únicamente en lo que habíamos dicho. También estaba en lo que las imágenes decían por nosotros.

Al ver las imágenes de Ceuta reconocí esa tensión. Vi cuerpos entrando en el agua, grupos avanzando hacia una frontera y planos abiertos diseñados para mostrar cuántos eran. Las cifras crecían a cada hora y, con ellas, las palabras presión, desbordamiento y control. Las circunstancias no eran las mismas que en Tijuana, pero la gramática visual resultaba inquietantemente familiar: la frontera aparecía como si no tuviera historia y las personas, como si hubieran surgido de pronto ante ella.

No hace falta que un periodista pronuncie la palabra “invasión”. Basta con repetir imágenes de grandes grupos aproximándose a una frontera para activar las ideas de presión y pérdida de control

Antes incluso de escuchar sus voces, las imágenes ya habían comenzado a decirnos cómo mirarlas. Los planos generales permiten entender la escala de un desplazamiento, pero también borran las diferencias entre quienes lo protagonizan. La cámara se eleva para mostrar la magnitud y, al hacerlo, convierte a personas concretas en una forma que avanza: una fila, una columna, una masa.

Esto puede ocurrir incluso cuando la cobertura es respetuosa o compasiva. No hace falta que un periodista pronuncie la palabra “invasión”. Basta con repetir imágenes de grandes grupos aproximándose a una frontera para activar las ideas de presión y pérdida de control. El texto puede hablar de familias que buscan refugio mientras el plano cuenta otra historia: la de una multitud que se acerca y frente a la cual el Estado debe protegerse.

Un experimento de Guadalupe Madrigal y Stuart Soroka comprobó que esas decisiones visuales importan. Entre las personas más sensibles a la amenaza, una noticia acompañada por la imagen de una multitud reducía el apoyo a la inmigración; la fotografía de un solo migrante debilitaba ese efecto. El texto era el mismo. Lo que cambiaba era la manera de mirar.

Esa sensación de amenaza no se queda dentro del encuadre. Los partidos la recogen, le ponen un culpable y la convierten en programa electoral.

Durante semanas, estas imágenes alimentarán informativos y tertulias porque ofrecen drama, movimiento y conflicto: los ingredientes de una televisión que compite por retener la audiencia

La derecha española y europea ya hacen uso de la crisis para reactivar uno de sus puntos discursivos más importantes y efectivos, la inmigración. Por su parte, el Gobierno intenta demostrar que conserva el control de la frontera sin abandonar el lenguaje de los derechos humanos. Precisamente por eso, el escrutinio periodístico no debe detenerse en la imagen de firmeza: debe examinar cómo se producen las devoluciones, qué garantías existen y qué ocurre con quienes no pueden ser devueltos.

De cualquier manera, estas situaciones de migración masiva son un círculo vicioso para los gobiernos progresistas: si no atajan la situación con rotundidad, le dan palitos a la derecha para echar al fuego del racismo internalizado.

Durante semanas, estas imágenes alimentarán informativos y tertulias porque ofrecen drama, movimiento y conflicto: los ingredientes de una televisión que compite por retener la audiencia. Una investigación sobre la televisión francesa sugiere que el simple aumento de la cobertura de inmigración, incluso cuando no es abiertamente favorable ni hostil, puede polarizar las actitudes y empujar a parte del público hacia posiciones más extremas.

Una persona no debería tener que demostrar ante una cámara que ha sufrido lo suficiente para que reconozcamos su dignidad

En este caldo de cultivo que es la cobertura de la segunda crisis de Ceuta, quienes aún creemos en el periodismo tenemos una responsabilidad concreta. La respuesta no consiste en ocultar la magnitud de lo ocurrido ni en sustituir cada plano general por el rostro de un niño. Consiste en ampliar de verdad el encuadre. Explicar la singular historia de Ceuta y Melilla; la relación entre España y Marruecos; la dependencia europea de terceros países para controlar sus fronteras; y las desigualdades, guerras y decisiones políticas que empujan a tantas personas a arriesgar la vida.

También consiste en escuchar a quienes llegan sin obligarlos a representar el papel de la víctima perfecta. Una persona no debería tener que demostrar ante una cámara que ha sufrido lo suficiente para que reconozcamos su dignidad. Humanizar no es acercar el objetivo hasta que veamos sus lágrimas. Es permitirle hablar como sujeto de su propia historia y explicar las fuerzas que estrecharon sus alternativas.

En Tijuana aprendí que una cámara puede acercarnos a una persona y alejarnos, al mismo tiempo, de todo lo que explica su presencia allí. Las imágenes de Ceuta vuelven a colocarnos ante esa elección. Podemos contar cuerpos, medir multitudes y retransmitir el miedo. O podemos hacer lo que el periodismo afirma hacer cuando está a la altura de su nombre: mostrar lo que sucede sin separar el presente de su historia, vigilar al poder y recordar que, antes de convertirse en una masa dentro de nuestro encuadre, cada una de esas personas ya tenía una vida fuera de él.