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El último pétalo

16 de septiembre de 2026 20:46 h

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Nos conocimos hace ocho años en su casa, cuando yo estaba a punto de mudarme al piso de abajo.

–¿Qué hace, señora? 

La señora piensa que su cuidadora es tonta. O que, al menos, formula preguntas tontas. A la señora le desagrada tener a esa chica merodeando sus pensamientos todo el santo día. No es solo porque la obligue a sentirse moradora de su vida y de su casa. Es que la expropiación desborda los muros del pisito y alcanza sus meninges. Momentos como este cuando le hace preguntas estúpidas. Bastaría con acercarse a la mesa de camilla para saber que ella, la señora, está dibujando flores de loto estrellado, blancas o azules, depende, el color es sumiso a cómo amanezca el día y las ganas, sobre todo a las ganas, y las de hoy están creciendo en fango y en agua turbia. Una flor imaginada que alberga un fruto narcótico. Por eso las dibuja, para convocarlas.

Le resulta aún más nauseabundo cuando la llama abuela. El apelativo de abuela pronunciado por alguien con quien no guarda ningún parentesco es como un contrato de alquiler abusivo.

–¿Cómo anda hoy, abuela? 

De joven leía. Sobrepasaba con creces las 400 palabras de las que tanto se habla estos días, aunque daría todo lo que tiene, si es que aún tiene algo, por volver a aquellos párrafos herméticos de la juventud. Como aquel episodio de la Odisea en el que –de vuelta tras la guerra de Troya– los vientos llevaron a los hombres de Ulises a una isla donde comenzaron a olvidarse de Ítaca y de sus familias y de sus propósitos, abandonándose al placer que les producía comer flores de loto; aquel episodio en el que los isleños (los lotófagos) les dieron flores de loto como único alimento. Un olvido similar al que puebla su desmemoria desde hace algún tiempo, desde aquel diagnóstico –no recuerda ya cuánto, si fueron semanas o quizás meses con diferentes estaciones– exactamente esas mismas flores que ella dibuja ahora con los Alpinos de su nieta.

La señora siente que ha dejado de ser invisible gracias a sus trazos obsesivos. Antes no, antes nadie la veía. Qué haría todo el mundo si supiera que dibuja aquella flor para que la haga olvidar del todo. Que la amnesia compromete el regreso a la persona que fuimos, a nuestras raíces y a nuestro propio nombre

La cuidadora llama a los hijos porque la señora está rara, no hace otra cosa que colorear las flores durante horas. A veces aprieta tanto la punta del lápiz contra el papel pautado que lo agujerea y pinta la ropa camilla, taladra el papel como si cavara pequeños abismos en los que resguardarse: no es normal, señora, todo el día dibujando lo mismo, ni comer, ni ducharse, ni nada; pero la hija trabaja hasta las seis todos los días y luego toca merienda, cena, ducha y cuento para los niños. La hija lleva en el bolso su propia flor de loto encapsulada con la que anuda la culpa. Hay veces que, en lugar de desgarrar el papel, la señora lo acaricia, pero sin pronunciar una palabra. Llama al hijo para contarle, pero él también está liado, muy liado, y a veces se le hace tarde y tan solo consigue rascarles a sus quehaceres una visita breve en la que no sabe cómo hablarle.

La señora siente que ha dejado de ser invisible gracias a sus trazos obsesivos. Antes no, antes nadie la veía. Qué haría todo el mundo si supiera que dibuja aquella flor para que la haga olvidar del todo. Que la amnesia compromete el regreso a la persona que fuimos, a nuestras raíces y a nuestro propio nombre. Acaso lo intuyen. Acaso lo saben, sobre todo después del resultado de aquellas analíticas que dieron positivo en no sé qué proteína. Sí, seguro lo saben, pero no quieren verlo.

–¿Qué hace, abuela?

Desconoce lo que hace, pero sí lo que tiene por hacer. Tiene tanto pendiente antes de que todo termine. Antes de que no reconozca su imagen en el espejo. Antes de que sus manos dejen de volar gráciles, firmes y ya no logren trazar los pétalos. Antes de que cierre definitivamente aquella tienda de ultramarinos. Antes de que su ropa se la coman las polillas. Y sus familiares se disputen un anillo, o la pulsera que contuvo una promesa. Antes de que todos los días sean domingo por la tarde. Antes de que el cambio climático seque todos los mares y el desierto se instale en su mente. Antes de que ya resulte imposible meterse en aquellos zapatos. Antes de que confunda a su hija con su nieta y a su nieta con su madre y a todas con ella misma. Antes de que el equilibrio se deshaga y olvide para siempre cómo brotaron entre la febrícula sus primeros dientes de leche. Antes de que las caderas anchas, los ojos vivos y abiertos, el pecho orgulloso se licuen en aquellas gotas de baba que cada atardecer acaba –no tiene ni idea de cómo– en la palma de sus manos, dejando un reguero de hormigas aplastadas barbilla abajo. Antes de que todo se transforme en un perentorio Antes.

Recuerdo que mi abuela le decía a mi madre: mira que es fea la vejez. Recuerdo la de veces que mi madre me dice: ya lo decía tu abuela. Mira que es fea la vejez. Piensa una que nunca necesitará un bastón, unos pañales de talla XL, un andador o un audífono

Nos conocimos hace ocho años en su casa. Su único saludo consistió en atraparme las manos y atarme con la mirada mientras repetía diez, veinte veces, su nombre y su apellido, aquellas manos sobre las mías con una fuerza insólita:

Dolores-González-Dolores-González-Dolores-González-Dolores-González-Dolores-González.

Recuerdo ahora el libro de Gospodinov que me traigo entre manos, Las tempestálidas: “Hay un monstruo que nos acecha a cada uno de nosotros. La muerte, dirán ustedes. Sí, sí, la muerte es su hermana. Pero la vejez es el monstruo. Esta es la verdadera lucha, sin fuegos artificiales, sin espadas, sin armaduras (...). Una batalla épica sin epopeya”.

Miro a la señora porque no puedo desprenderme de sus manos. Recuerdo que mi abuela le decía a mi madre: mira que es fea la vejez. Recuerdo la de veces que mi madre me dice: ya lo decía tu abuela. Mira que es fea la vejez. Piensa una que nunca necesitará un bastón, unos pañales de talla XL, un andador o un audífono.

A la señora le regalé una tarde un ramo de flores de loto hecho de ganchillo. Ella lloraba, nada más. Olvidó durante unos días su empeño por darle vida a las flores con los Alpinos y la cuidadora respiró tranquila, la hija respiró tranquila, las nietas respiraron tranquilas. Dejamos de oírla gritar de madrugada, como si hubiera encontrado algo de claridad en lo más oscuro. Hasta que, en un descuido, la señora comenzó a comerse los pétalos.

–Pero ¿qué haces ahora, abuela?

–Morirme.

Y cuando lo hizo, cuando murió, no hubo fuegos artificiales, ni espadas, ni armaduras. Y a su última flor le faltaba el último pétalo.