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Votar o ir de acampada

7 de octubre de 2026 21:26 h

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El otro día, a santo de nada, una amiga mía californiana me envió el siguiente mensaje: “Man, are you following this story of the old lady Maricarmen in Madrid? 😭” (Hombre, ¿estás siguiendo la historia de la viejecita Maricarmen en Madrid? (Emoticono que llora))“ 

Que la noticia de Maricarmen, fallecida hace unas horas, haya traspasado el océano y un montón de desiertos llenos de banderas de Trump para llegar hasta la capital de California, Sacramento, es síntoma de que el tema tiene garra. 

Justo en el momento en el que las televisiones han cambiado la cobertura de las tiendas de campaña de migrantes en las playas de Ceuta por otra de una acampada que protesta por el desahucio de Maricarmen en la Puerta del Sol, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez ha anunciado su último adelanto electoral. 

Me imagino a unas personas desmontando las Quechuas de la playa de El Trampolín y montándose en un avión para, acto seguido, montarlas de nuevo sobre el duro asfalto del centro de Madrid. Como si la opinión pública se hubiera trasladado de la costa norte de África a la mitad de la península para cambiar el debate de “¿Dónde ponemos a los migrantes?” por “¿Dónde nos ponemos nosotros?”.

El anuncio del adelanto de las elecciones ha cogido al Partido Popular con el pie cambiao. No solo no se lo esperaban, sino que creían que iban a pillar a Sánchez en un renuncio, tal como analiza el director de elDiario.es, Ignacio Escolar. 

Lo que está en los cálculos del presidente, creo yo, no es tanto si Puigdemont viene o si va, si Junts vota o no vota, sino más bien si a la derecha se ha pasado la mano con lo de Ceuta y si, por otro lado, el movimiento despertado por el desahucio de Maricarmen pueda renovar el espíritu de los votantes de centro e izquierda

Si algo ha tenido Sánchez ha sido una capacidad casi psíquica para leer cuando cambia la marea del sentir popular. Y, ojo cuidao, hasta ahora no se ha equivocado. 

Lo que está en los cálculos del presidente, creo yo, no es tanto si Puigdemont viene o si va, si Junts vota o no vota, sino más bien si a la derecha se ha pasado la mano con lo de Ceuta y si, por otro lado, el movimiento despertado por el desahucio de Maricarmen pueda renovar el espíritu de los votantes de centro e izquierda. 

Sin embargo, cabe la posibilidad de que en el cálculo de Sánchez no entre el efecto que las imágenes de la inmigración tienen sobre los votantes (pista: no es bueno). 

No creo, como bien dijo Javier Aroca, que haber ganado la opinión pública en la calle (o la tienda de campaña) signifique que las urnas se vayan a llenar de papeletas del PSOE. Y eso lo sabe bien Sánchez. Si acaso, el presidente ha de estar rezando por que los partidos a su izquierda dejen de jugar a la sopa de letras y armen una lista única para que a los votantes no nos dé un jamacuco, y él tener alguien con quien pactar una legislatura más.

Entre tanta tienda de campaña, es difícil no acordarse de las acampadas 15M, aquellos días de juventud donde aplaudíamos sacudiendo las manos, gritábamos “¡No hay pan, pa tanto chorizo!” y creíamos que los avances progresistas en la sociedad moderna venían para quedarse. 

Pero en los últimos 15 años en que hemos experimentado el paso-alante-paso-atrás del progreso social, quiero pensar que hemos aprendido algo: que la acampada sola, si no se traduce en votos, no sirve para nada.