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Ellas no están en la ciudad

Oliva Acosta

Cineasta, académica de la Academia de Cine Español y de la Academia de Cine de Andalucía —
16 de enero de 2026 12:32 h

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Se han anunciado las nominaciones a los Premios Goya y la pregunta surge casi sola: ¿cómo es posible que dos obras imprescindibles, dirigidas por dos cineastas andaluzas, no estén entre las nominadas a Mejor Documental?

Hablo como académica de la Academia de Cine y como cineasta, desde una convicción profunda: el cine que premiamos dice mucho del cine que somos, del cine que legitimamos y del cine que ayudamos a construir.

Las noticias, en conjunto, no son malas. Hay avances evidentes. Películas dirigidas por mujeres con una presencia relevante en las principales categorías, trayectorias consolidadas y una diversidad mayor que hace solo unos años parecía impensable. Conviene reconocerlo. Pero reconocer los avances no impide —al contrario, obliga— a mirar con atención aquello que sigue faltando.

Este año, dos documentales de enorme potencia han quedado fuera de las nominaciones: Ellas en la ciudad, de Reyes Gallegos, y Un hombre libre, de Laura Hojman. Dos películas muy distintas entre sí, pero unidas por algo esencial: han tocado al público fuertemente, han generado pensamiento, han dejado huella. No son obras menores ni periféricas. Son trabajos sólidos, maduros, necesarios.

La pregunta, entonces, no es si faltaba calidad o si no había producción suficiente para equilibrar ese yermo en las nominaciones a documental para las directoras y para Andalucía. La pregunta es otra: ¿qué ocurre en las votaciones?

Por fortuna, estas dos películas ya tienen el mayor premio que se puede conseguir. Quedarán en la historia de nuestro cine y en la memoria colectiva. Como ocurre con demasiada frecuencia en el cine realizado por directoras, no son solo buenas: son un ejemplo de excelencia. Son imprescindibles

Votar no es un gesto automático ni inocente. Exige tiempo, atención y una ética de la mirada. Exige ir más allá de lo que suena, de lo que circula con mayor intensidad, de lo que llega acompañado de más ruido. Exige sentarse a ver películas que no siempre vienen precedidas de grandes o de un tipo específico de focos, pero que son las que sostienen el cine a largo plazo y las que amplían su sentido.

En ese momento íntimo del voto —cuando cada académica y cada académico decide— se juegan muchas cosas. No solo un premio. Se juega qué relatos consideramos valiosos, qué territorios miramos, qué historias legitimamos y cuáles quedan, una vez más, fuera del mapa.

La igualdad y la diversidad no se producen solas. No dependen únicamente de campañas, cifras o titulares. Se construyen —o se frenan— en decisiones pequeñas y muy concretas. En votar con conciencia. En apostar por una diversidad real: de género, sí, pero también de territorios, de temas, de miradas, de personajes y de formas de contar.

Por fortuna, estas dos películas ya tienen el mayor premio que se puede conseguir. Quedarán en la historia de nuestro cine y en la memoria colectiva. Como ocurre con demasiada frecuencia en el cine realizado por directoras, no son solo buenas: son un ejemplo de excelencia. Son imprescindibles.

No es una queja.

Es una pregunta que considero necesaria.

¿Dónde están ellas en la ciudad del cine documental español? Y, sobre todo, ¿qué cine queremos ayudar a sostener cuando llega el momento de elegir?