Aragón Opinión y blogs

Sobre este blog

Un beso y una coz

21 de octubre de 2026 06:01 h

0

Un prejuicio es la información que percibimos tras vestirla con nuestras opiniones preconcebidas. Albert Einstein decía que “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Y tiene razón. Pensamos con emociones y reaccionamos con acciones. Así no hay forma de que la sensatez tenga un respiro. La objetividad es tan subjetiva que convierte la realidad sustantiva en adjetiva. No se discute la veracidad sino la apariencia de certeza. Puede que, si uno piense, exista. Pero la mera existencia no certifica la conciencia. ¡Que se lo digan a los Netanyahu del planeta! Los prejuicios permiten simplificar el mundo. Estamos expuestos a tantos estímulos que se nos exige tomar decisiones de forma rápida, sin permitirnos pensar. Categorizar a las personas y sus comportamientos en base a sus rasgos más llamativos, en vez de profundizar sobre cómo son realmente, evita el cansancio y ahorra esfuerzo.

Creemos que los humanos seguimos un criterio lógico mediante el que, primero interpretamos los hechos y luego nos formamos una opinión. No es así. En el año 2006 los profesores de Ciencia Política en la Universidad de Stony Brook demostraron que nuestras simpatías y antipatías políticas condicionan la manera de interpretar la información. Descubrieron incluso que quienes más conocimientos políticos tenían podían utilizar mejor sus argumentos para justificar lo que ya pensaban.  En el experimento que diseñaron, los participantes tenían que examinar argumentos favorables y contrarios sobre dos cuestiones controvertidas en Estados Unidos: el control de armas y las políticas de acción afirmativa. Primero se registraron sus opiniones previas. Después se presentaron argumentos a favor y en contra, o se les permitió escoger qué argumentos consultar. Finalmente se comprobó cómo habían evolucionado sus opiniones. Los investigadores les pidieron expresamente que fueran objetivos y que dejaran a un lado sus preferencias. Los resultados concluyeron que los participantes con mayor conocimiento político o convicciones más fuertes dedicaban, en determinados análisis, entre cuatro y siete segundos adicionales a procesar los argumentos contrarios a sus opiniones. Pero, aquí viene lo paradójico, esto no significaba que reflexionaran mejor: el análisis de sus pensamientos mostró que buena parte de ese esfuerzo se dirigía a desacreditar la información contraria. Es decir, los participantes con mayores conocimientos políticos y opiniones más consolidadas mostraron, en general, sesgos más intensos. Lo que reforzó la idea de que podemos saber más, pero utilizamos ese conocimiento para encontrar mejores excusas para seguir pensando lo mismo. Los investigadores observaron que, entre determinados participantes, exponerse a argumentos favorables y contrarios no moderaba sus posiciones. Al contrario, quienes procesaban la información de forma más sesgada terminaban con opiniones más extremas. Es decir, que dos personas pueden recibir información semejante y salir de la experiencia más convencidas de opiniones opuestas. Una paradoja curiosa y terrible a la vez.

Pedro Sánchez besó a Begoña Gómez en el mitin de Fuenlabrada y le dijo públicamente que la quería. García Márquez escribió 'El amor en los tiempos del cólera'. Nosotros asistimos al cólera de las derechas en los tiempos del amor. Basta con que el presidente haga un guiño de afecto a su mujer para que a algunos les suba la fiebre del odio. No basta con discrepar de las ideas de un adversario. También hay que discutir sus sentimientos, fiscalizar sus abrazos y someter sus besos a una comisión de investigación emocional. Hemos conseguido que hasta el cariño tenga oposición parlamentaria.

Mientras el debate político discurre a ritmo de tango, llega Javier Milei a España para adelantarnos las recetas que aplicarán si ganan sus amigos del PP y Vox. La motosierra argentina ha cercenado derechos, recortado empleo y descabezado el sistema de bienestar y protección social.  Los salarios caen y los servicios básicos son cada vez más costosos. Hoy uno de cada tres argentinos vive en la pobreza, el trabajo se ha precarizado y la morosidad afecta a un tercio de quienes se habían endeudado.

Por fortuna, la política también ofrece escenas de amor. Las fuerzas del Frente Amplio han encontrado espacios de convivencia lo que, sumado al acuerdo conjunto con el PSOE por un Senado de Progreso, ofrece una perspectiva positiva para mantener los avances del actual gobierno de coalición. La discrepancia de Podemos se explica más por los celos del pasado que por los deseos de cambio de futuro. Así es difícil recuperar la confianza. Las encuestas comienzan a señalar un PP en retroceso, amenazado por su propia incapacidad y la mordida de la ultraderecha. La posibilidad de que Pedro Sánchez pueda encabezar la lista más votada, sumando escaños en las provincias más pequeñas con un voto eficaz que agrupe el voto progresista, permitirá renovar y mejorar la mayoría existente.

En Aragón tenemos una magnífica propuesta al Congreso del PSOE, que encabezan, respectivamente, Fernando Beltrán en Zaragoza, Begoña Nasarre en Huesca y Herminio Sancho en Teruel. Además, se ha dado el mejor acuerdo posible, entre quienes lo han querido, sumando CHA y Frente Amplio en una misma papeleta (algo que esperamos ver de nuevo, con los mismos argumentos, en las elecciones municipales de 2027). Y todos estos actores se han unido al PSOE en una lista común por un Senado de Progreso en todo Aragón. Mejorar los resultados de julio de 2023 es posible. Recuperar los dos millones de votantes que llevan “desaparecidos” de las urnas en España desde abril de 2019 es la clave para ganar el 29 de noviembre. En Aragón son 60.000.

Pedro Sánchez emprende el camino electoral con un beso y una flor para su mujer. Un «te quiero» que recuerda a Nino Bravo. Aquel que prometía regresar mientras las estrellas acompañaban su viaje. Hay aventuras que merecen vivirse en compañía, diferencias que pueden convertirse en acuerdos y esperanzas que sobreviven a los prejuicios. García Márquez escribió sobre el amor en tiempos de cólera. Nosotros vivimos tiempos en los que hasta un beso desata la cólera. Afortunadamente, somos más los que preferimos sumar afectos antes que multiplicar agravios. Y, puestos a elegir cómo recorrer el camino, mejor hacerlo con un beso y una flor que repartiendo coces.