El artista que volvió del olvido: un libro rescata la vida de Agustín Alamán y sus tres exilios
Hay historias que comienzan con una fotografía. No una imagen cualquiera, sino una de esas que permanecen durante décadas en una casa familiar sin que nadie sepa muy bien quién es la persona que aparece en ella. Así arranca, en cierto modo, el viaje que ha llevado a la periodista Esther P. Nogarol a reconstruir la vida de un artista casi borrado de la memoria colectiva: Agustín Alamán. “Había una foto en casa con una persona a la que no conocíamos y que nos causaba curiosidad a mis hermanos y a mí”, recuerda. “Mi madre sabía algo, pero no podía darnos muchos datos”. El hallazgo casual de su nombre en internet en 2018 fue el hilo del que tirar.
Ese impulso acabó convirtiéndose en una investigación de largo recorrido y, finalmente, en el libro 'El artista de los tres exilios', editado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses y prologado por Alberto Sabio. “Han sido siete años y la verdad es que es un camino increíble que me ha cambiado la vida”, explica la autora, máster en Historia Contemporánea. “He dado vueltas por España y por Francia buscando en los archivos, he aprendido muchísimas cosas que no sabía”. El resultado es un relato que no solo recupera la figura de Alamán, sino que plantea una pregunta incómoda: cuántos nombres como el suyo siguen todavía en la sombra.
La vida de Agustín Alamán (Tabernas de Isuela (Huesca), 1921-Madrid, 1996) atraviesa el siglo XX marcada por el desarraigo. Hijo y nieto de herreros, su relación con la materia fue temprana. “Antes de dibujar, él ya veía cómo se forjaba un material para crear un volumen”, explica la autora. Esa relación casi física con los materiales, sumada a su oficio de albañil, marcaría toda su obra. La Guerra Civil lo empujó al primero de sus exilios. En 1938 cruzó a Francia, donde conocería los campos de concentración y de trabajo. Tras la liberación, inició una trayectoria artística que lo llevaría a participar en 1947 en la exposición colectiva 'Arte español en el exilio', junto a figuras como Pablo Picasso o Juan Gris.
A partir de ahí, Alamán evolucionó hacia la abstracción, pero su obra desbordó cualquier etiqueta. Pintura, escultura, joyería, cerámica, tapices, collage o diseño: “Era un artista total”, resume. Él mismo se definía como autodidacta, aunque esa etiqueta escondía una enorme capacidad técnica. “Sabía muchísimo más de materiales que muchos de sus compañeros”, señala. “De hecho, eran ellos quienes le preguntaban cómo manejar determinadas técnicas”. En un momento en el que el arte exploraba nuevas cargas matéricas, él dominaba procesos que a otros se les resistían. “A los demás se les caía la materia del lienzo y a él no”, apunta. “Eso dice mucho de su concepción como artista”.
Reconocido en Uruguay
En 1955 emprendió su segundo exilio y se trasladó a Uruguay con su familia. Allí encontró un ecosistema artístico en ebullición y logró el reconocimiento que nunca tuvo en España. “En Uruguay sí que se le conoce”, subraya Esther P. Nogarol. “Ha habido exposiciones en las que ha estado presente y estudios en los que yo me he basado”. En Montevideo se integró en los círculos de vanguardia de los años sesenta y expuso en espacios clave como la Librería Alfa, impulsada por el editor Benito Milla, una figura esencial en su trayectoria. “Sin Benito Milla probablemente no hubiera llegado a nada allí”, afirma la autora. Alamán obtuvo premios importantes, como el del Salón Arcobaleno de Punta del Este en 1961, y desarrolló una obra marcada por el informalismo y el uso de materiales cotidianos. Mientras tanto, en España, su nombre se desvanecía.
El regreso a Madrid en 1970 supuso lo que la autora denomina su tercer exilio. “Es una España todavía franquista”, recuerda. “Yo creo que hay un punto de miedo”. Aunque Alamán no había tenido un papel político activo, su entorno familiar estaba vinculado al anarquismo. “Quizá quiso mantener un perfil bajo”. A ese factor se sumó otro: el contexto de la Transición. “Es como si cada sector tuviera a su exiliado”, reflexiona. Figuras como Dolores Ibárruri, la Pasionaria, o Rafael Alberti concentraron la atención, mientras otros nombres quedaban fuera. Pero también pesó su propia forma de entender el arte. “Tuvo problemas con una galería en Francia y decidió que no iba a tener nunca más marchante”, explica. “Y eso, a la larga, le perjudicó”. En Madrid se centró en la escultura y en trabajos artesanales, y murió en 1996 prácticamente en el anonimato, hasta el punto de que incluso la fecha de su fallecimiento ha circulado incorrectamente durante años.
El libro no solo reconstruye esa trayectoria, sino que la inscribe en un contexto más amplio. “Cuando lees la historia no es solo la de este señor, sino la de un montón de gente increíble que hemos perdido”, afirma. La autora insiste en la idea de la pérdida cultural derivada del exilio. “No es solo que ellos se fueran, es que nosotros los perdimos”. En ese sentido, menciona figuras como el propio Benito Milla, “uno de los grandes editores del boom latinoamericano”, prácticamente desconocido en España. “Editó a Benedetti, a Onetti, tenía a Camus o a Octavio Paz en sus revistas, y nadie le conoce”, lamenta.
Esa reflexión se amplía en una crítica más profunda sobre los vacíos de la memoria histórica en España. “Es un acervo cultural que hemos perdido y pensamos que, como ha pasado el tiempo y se han hecho cosas de memoria, ya está hecho, y falta muchísimo”, advierte. En su opinión, parte de ese vacío tiene que ver con el escaso peso que han tenido determinadas tradiciones políticas en la reconstrucción del relato colectivo. “En parte es por el anarquismo, porque la CNT apenas ha tenido fuerza para dar a conocer a toda esta gente”, señala. Y añade: “Somos ahora los historiadores los que estamos sacando estas historias, que no estaban, y te encuentras con trayectorias increíbles de anarquistas y cenetistas que tuvieron que huir y que tenían un talento enorme, y los perdimos”.
La propia investigación es un ejemplo de ese proceso. “Esto empezó casi por casualidad”, recuerda Esther P. Nogarol. “Y al final se ha convertido en algo que me ha cambiado la vida”. El trabajo de fin de máster que defendió en 2023 fue el punto de partida de un libro que ha querido hacer accesible. “Era un material académico, pero se veía que podía trasladarse a otro lenguaje más ameno”, explica. El proceso de escritura, sin embargo, ha sido más lento de lo que hubiera deseado. “Si pudiera dedicarme solo a la literatura, en dos o tres meses estaría hecho, pero una trabaja, tiene hijos, vida social…”, comenta.
La publicación del libro tiene también una dimensión simbólica. La autora ha querido que sea el territorio de origen de Alamán quien lo dé a conocer. “Me parecía importante que fuera su provincia quien lo presentara al mundo”, afirma sobre la edición del Instituto de Estudios Altoaragoneses. “No voy a obtener beneficios económicos, pero me encanta haberlo hecho así”. La primera presentación será en Huesca el viernes 10 de abril, seguida de Zaragoza, con la intención de llevar después el libro a Madrid, Barcelona, Toulouse y también a Uruguay, donde el artista sí dejó huella.
El proyecto no termina con la publicación. Esther P. Nogarol trabaja ya en la posibilidad de realizar un documental y mantiene abierta la idea de organizar exposiciones que permitan reunir su obra, hoy dispersa entre Europa y América. Mientras tanto, el libro cumple una función esencial: devolver a Alamán al lugar del que nunca debió salir. “Cuando terminas de conocer la historia te preguntas cómo es posible que haya estado olvidado”, dice la autora. La pregunta, en realidad, va más allá de un solo nombre. “¿Cuánta gente puede haber como él?”, plantea. Su libro no ofrece una respuesta cerrada, pero sí abre una vía: la de seguir investigando, recuperando y contando.