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Tenemos que hablar, vuestra merced

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Se acabó el calor pero nada ha cambiado en las políticas urbanísticas. Terminaron los incendios y nadie hizo una reflexión sobre lo que realmente debe cambiar en el monte. Llegaron las notas del informe PISA y volvimos a quedar fatal, pero la raíz del problema no se toca. Se vaciará Ceuta de marroquíes y de abusones de tres al cuarto, y tampoco cambiará nada. Solo moveremos el foco al siguiente asunto y después a otro y a otro. Y entre uno y otro: bronca, polarización, pantomima, histrionismo… Ruido.

Si alguien ha intentado articular una conversación coherente mientras tiene puestos unos auriculares en los que escucha a alguien cantar o hablar a la vez sabrá que es imposible. El idiotizador le llamaban a esto en un programa de televisión. Intentas decir algo sencillo y pareces sufrir un trastorno motor del habla, si no cognitivo. Bien, pues en eso andamos. Es tal el ruido y la desinformación, tanta la potencia del idiotizador, que parece que ya nadie sabe lo que dice.

Las teorías de la comunicación que dominaban el siglo XX han saltado por los aires. Ni 'gatekeeping', ni 'agenda-setting'. Los medios de comunicación de masas ya no fijan la agenda. Los editores o periodistas ya no proporcionan el filtro que prioriza lo importante y excluye lo que no es noticia. Ya no vemos lo que quieren unos pocos, pensarán algunos. No es exactamente eso lo que ha cambiado. Seguimos viendo lo que quiere un puñado de personas pero ya no hay un criterio profesional ni una selección editorial de los temas, ahora es puramente comercial y, en muchos casos, política.

La prioridad la marca un algoritmo. Lo que vemos no es un mundo de información sino una burbuja de eco en la que solo resuena lo que nos ha gustado. Nunca nuestro universo de información fue, en realidad, tan pequeño. Los intelectuales y periodistas especializados han sido sustituidos por creadores de contenido que nos explican la geopolítica en cuatro “sencillos” tips. Hay millones de personas creando contenido. Estamos agotados del bombardeo y apenas nos quedan fuerzas para buscar información veraz, contrastada y de calidad. Vivimos en la extenuación informativa. La cuestión es: ¿sobreviviremos?

La clave de la supervivencia ha de surgir esta vez del propio individuo. Hemos de ser conscientes de que somos mercancía y de que sale más rentable apelar a nuestras emociones que a la razón. Andamos como Don Quijote partiéndose la cara contra simples molinos. Pongámonos, pues, en el lugar de Sancho: “¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?”.