La masculinidad en disputa
Durante los últimos días hemos visto cientos de fotografías de los jugadores de la selección española celebrando. Se han abrazado, han llorado unos sobre los hombros de otros, se han besado la cabeza, se han acariciado la cara y han colmado de afecto un día para la historia.
Y, junto a esas imágenes, han aparecido cientos de comentarios preguntándose si esos gestos eran “normales”, bromas insinuando una supuesta homosexualidad de algunos jugadores o esa necesidad, todavía tan presente, de explicar que sólo era una forma de celebrar.
Confieso que las fotografías me interesan mucho menos que las reacciones. Porque éstas no hablan únicamente de un grupo de futbolistas. Las respuestas que provocan hablan de nosotros y nosotras como sociedad.
Hay algo profundamente llamativo en el hecho de que un gesto de ternura entre hombres siga necesitando contexto. Que un abrazo prolongado, una caricia o un beso en la frente continúen siendo leídos por algunas personas como un signo que debe interpretarse. Como si el afecto masculino nunca pudiera ser simplemente eso: afecto.
Y esa es, probablemente, una de las herencias más persistentes de la masculinidad tradicional.
Durante siglos se enseñó a los hombres que la masculinidad no era sólo una forma de ser, sino una condición que había que demostrar continuamente. Había que parecer fuerte, controlar las emociones, no mostrar demasiada vulnerabilidad y, sobre todo, mantener una determinada distancia con cualquier comportamiento que pudiera asociarse a lo femenino o a la representación que el imaginario patriarcal ha trasladado de la homosexualidad.
No era sólo una cuestión de identidad. Era una cuestión de vigilancia. La masculinidad se construyó, en buena medida, bajo la mirada de los demás. Y esa mirada no pertenecía únicamente a otros hombres. También la ejercían las familias, la escuela, los medios de comunicación, el deporte, las mujeres, el humor y una cultura que durante décadas convirtió expresiones como “pareces una niña” o “eso es de maricas” en herramientas cotidianas para corregir comportamientos.
Por eso creo que sería un error reducir el debate de estos días a una cuestión de homofobia entendida únicamente como odio hacia las personas homosexuales. El fenómeno es bastante más complejo.
Muchas de las personas que han hecho bromas o comentarios sobre esas fotografías probablemente no rechazan los derechos de las personas LGTBI. Es posible incluso que se consideren plenamente respetuosas con la diversidad. Y, sin embargo, siguen reproduciendo un mecanismo profundamente arraigado: interpretar el afecto entre hombres a través del filtro de la orientación sexual. No porque ser gay tenga nada de malo. Sino porque todavía nos resulta extraño que dos hombres heterosexuales se quieran de una manera visible. Y ahí es donde conviene detenerse.
¿Por qué seguimos necesitando etiquetar un abrazo? ¿Por qué un gesto de cariño entre mujeres apenas llama la atención y el mismo gesto entre hombres continúa generando interpretaciones? ¿Por qué sentimos la necesidad de explicar algo que, en realidad, no necesitaría explicación alguna?
Quizá porque seguimos pensando la masculinidad como una frontera que hay que proteger. Y eso tiene consecuencias que van mucho más allá de las personas homosexuales.
Durante demasiado tiempo también les hemos robado a muchos hombres la posibilidad de expresar afecto sin sentirse observados. Les hemos enseñado que llorar era perder autoridad, que abrazar demasiado era sospechoso, que cuidar pertenecía a otros y que la ternura debía vivirse, en el mejor de los casos, en espacios privados.
El feminismo lleva décadas diciéndonos que la igualdad consiste, entre otras cosas, en ampliar los márgenes de la libertad. Esa conversación empezó cuestionando los límites que habían encerrado históricamente a las mujeres. Pero nunca ha sido sólo una conversación sobre mujeres. También lo es sobre hombres. Sobre la posibilidad de que puedan construir su identidad sin vivir permanentemente sometidos al examen de su propia masculinidad.
Por eso creo que las imágenes de estos días son importantes. No porque representen una revolución. Las transformaciones culturales rara vez suceden de golpe. Son importantes porque muestran que algo está cambiando. Que una generación de hombres empieza a relacionarse desde un lugar menos vigilado, menos rígido y más libre.
Y quizá la mejor noticia de estos últimos días no sea que unos futbolistas se abracen después de una victoria histórica. Quizá la mejor noticia sea que haya niños viendo esas imágenes y aprendiendo que un abrazo no tiene sospecha alguna. Sólo tiene afecto. Y sus emociones, valor.