Pocholos maños
Los humanos somos seres sociales que nos agrupamos en bandas. Incluso los que no se integran en ninguna, forman parte del colectivo de frikis. Las hay en las familias, las amistades, las comunidades vecinales, el colegio, el trabajo y en las vacaciones. Son grupos que se forman rápidamente con la excusa de cualquier coincidencia. Las salas de espera son un vivero de nuevas relaciones. La zona verde en la que juegan los niños y retozan las mascotas, o al revés, es un campo sembrado de afinidades y odios. Todo colectivo humano tiende a atomizarse en núcleos más pequeños hasta que consigue diferenciarse del resto. Lo hacemos para reafirmarnos contra los demás, en mayor medida que para colaborar. Suele ser una estrategia defensiva, más que cooperativa. Lo primero que hacemos al integrarnos en un nuevo grupo es analizar el mapa de relaciones y poder que se percibe al llegar. Jugamos con equilibrio para no enfadar a los que controlan las interacciones al mismo tiempo que deseamos caer bien al mayor número de integrantes. No queremos conflictos con los que marcan el territorio, ni tampoco con los más delicados que tienen el respeto asentado en sus canas o experiencia. Esos sujetos que mueven los hilos reales del gobierno en los grupos, lo hacen con una autoridad real que nada tiene que ver con la jerarquía establecida. Una figura que describió con agudeza el genial Forges en una de sus viñetas. Llegaba el nuevo ministro del ramo a su despacho, con aires de boato, y el funcionario, conserje en la puerta, decía en voz alta: ya está aquí el nuevo interino. Pues eso.
Esas células del poder que funcionan en los colectivos humanos tienen sus propias reglas. Están por encima de las normas de la ley y se imponen a los preceptos que regulan los comportamientos del grupo al que pertenecen. En este sentido, debemos hablar más de comportamientos sectarios que de organizaciones que se puedan definir como tales. Por eso las sectas están más cerca de la sociedad terrenal que de los espíritus etéreos. El negocio que explota a sus integrantes, la cohesión interna, la primacía de los objetivos del grupo ante cualquier otra cuestión, la dependencia, la sumisión, el silencio y el aislamiento son algunas características que indican que estamos ante un grupo sectario. Da igual que hablemos, en el ámbito comercial o de los negocios, de una estafa piramidal, de creencias religiosas o místicas, de ideas políticas o de sectas terapéuticas o pseudocientíficas. Algunas son muy conocidas, como pueda ser la Cienciología y otras tienen menos publicidad, pero igual o mayor peligrosidad, como pueda ser El Yunque, vinculado a la extrema derecha ultra católica y política, con gran predicamento en Vox. Luego tenemos grupos de presión que se mueven entre lo sectario y los lobbies, como el Opus, Enraizados, Abogados Cristianos, Hazte Oír o Profesionales por la Ética. Cuentan con su propia red multinacional, la Red Política de Valores, que dirige el ultraderechista presidente electo chileno, José Antonio Kast. Tienen medios, además de medios. No es una redundancia. Se integran en un sistema que quieren desintegrar y al que atacan desde el control de la estructura económica, política, judicial y comunicativa. Esa oligarquía, no sólo tecnológica, a la que tanto se alude últimamente y que parece una palabra vieja con sentido de plena actualidad.
Hemos sabido de la existencia de los pocholos madrileños gracias a la crisis en la derecha de Ayuso. El duelo de 'Rasputines', entre Miguel Ángel Rodríguez y Antonio Castillo, ha dejado varios cadáveres políticos y una brecha que hasta ahora no había conocido la presidenta madrileña, a pesar de los múltiples escándalos que pesan sobre su gestión y su conciencia. Las familias políticas tienden a funcionar como clanes, por eso del linaje, aunque en realidad tenemos que hablar de una secta que se ha hecho con parte del poder de los conservadores en la capital. El 'cholismo' de Simeone es honrado porque se fundamenta en la idea de avanzar jugando partido a partido. Pero el 'pocholismo' consiste en ganar el partido sin jugarlo, situando a personas afines en el trío arbitral y en el VAR.
Los pocholos se suelen poner nerviosos con los cambios porque las elecciones conllevan movimientos. Los rivales también cuentan. Y la lucha entre pocholos es tan silenciosa como desgarradora. En eso se diferencian de las izquierdas. En Aragón hay calma meteorológica pero ventolera 'pocholista'. No ha sentado bien en los cenáculos baturros que van anchos de cenas, pero prietos del resto. El líder gallego del PP maniata a Azcón y le quita el mando que nunca tuvo. No sea que regale algún escaño más a los ultras, camino de una investidura a la que le falta levadura. Del Aragón imparable, en su campaña, hemos pasado al Aragón inviable que nos imponen desde Génova. Tanto lanzar el bulo de que Pilar Alegría era la portavoz de Sánchez y ahora resulta que Azcón es el tapabocas de Feijóo para Aragón. En los despachos se proyecta una versión cinematográfica del conflicto entre pocholos maños: 'Gangs of Aragón'. Entre sus protagonistas tenemos a un potente banco, un emporio privado de comunicación con ramificaciones en la radiotelevisión pública, las familias de ilustres apellidos que controlan el negocio inmobiliario, tres grandes empresas, ejecutivos vinculados al club de fútbol de la capital, la Iglesia católica, que controla buena parte de la educación, y sectores privados de la sanidad. No están todos los que son, pero son todos los que están.
El pacto del futuro Gobierno de Aragón se libra en el frente de pocholos y en las guerrillas de comandos ultras que se boicotean entre sí. El conflicto se ha extendido más allá de nuestras fronteras y estamos pendientes de un armisticio, entre las derechas, que reparta los territorios que van a ser ocupados por las fuerzas extremistas. El frente de Extremadura se suma a la batalla del Ebro y podría extenderse aún más. Con semejante reparto de poder en disputa, no es extraño que veamos a tanto Pocholo buscando su mochila.