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La radio a pilas

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Un profesor de radio me descubría esta semana cómo el apagón del pasado lunes en toda la Península había sido la mejor práctica para que sus alumnos comprendieran la función social de la radio. Porque, sentenció, los alumnos de Periodismo ahora solo se creen lo que viven.

Sin teléfonos inteligentes, sin Internet, sin redes sociales ni aplicaciones, sus alumnos descubrieron la radio a pilas en una situación de emergencia y de incertidumbre mezclada con animadas tertulias en la calle y en las terrazas con Putin, los israelíes, Francia y las llamaradas solares como citas recurrentes.

No fue solo el transistor, también se revalorizaron las linternas y los hornillos de gas en ese retorno analógico. Moraleja: en el kit de supervivencia nunca pueden faltar una radio a pilas, una linterna y un camping gas.

En estos tiempos de vértigo tecnológico, de sistemas interconectados por redes inalámbricas, por satélites, por inteligencia artificial, por sensores, por tuberías terrenas y submarinas y conductos con cajas negras, el transistor volvió a ser durante unas horas el centro de la vida comunitaria.

Un aldabonazo que a algunos nos trajo a la memoria los años en los que la televisión todavía era un electrodoméstico de minorías y la radio estaba en el altar de los hogares. Recuerdo a mi madre contando con qué emoción había recibido desde una radio marca “Invicta” con elevador de potencia la noticia del asesinato del presidente Kennedy, un presidente muy popular en España por su ascendencia católica irlandesa. 

Recuerdo en aquella gran cocina, que hacía las veces de salón de estar, compartir con mi madre ratos de radionovelas, de radio teatral y efectos especiales (“La intrusa”, “La casa de la discordia”) con los guiones de Guillermo Sautier Casaseca y las seductoras voces de Matilde Vilariño, Matilde Conesa, Juana Ginzo y Rafael Conesa entre otros.

En el archivo emocional de mi infancia también ocupan un lugar preferencial las tardes de Carrusel Deportivo. Me veo con una hoja cuadriculada apuntando los resultados y los goleadores y viajando a través de las ondas hacia campos que desaparecieron de la Primera División como Pasarón, la Nova Creu Alta, Altabix, Atocha.

Y lo mismo con el sorteo de la Lotería Nacional, la gran fiesta prenavideña que anticipaba el descorche de la botella de sidra “El Gaitero”. Yo, de apuntador y mi padre preguntándome insistentemente si había escrito bien el número premiado. En la mesa, ordenado, el listado de participaciones familiares, sobre todo de León, cuando en este país se escribían cartas con mucho más contenido y sentimiento que los millones de mensajes de ahora en las redes sociales. Una fiesta con los cristales de la ventanas empapados de vapor y el olor a comida de puchero desparramándose desde la cocina de carbón.

Tardes largas de invierno, soñando con emular a Gabino Moral, el joven agricultor vallisoletano que se hizo millonario con la quiniela y disparó la recaudación en aquella España de la emigración y el desarrollismo.

La radio nos conecta con la vida comunitaria, con el humanismo de la compañía, con la información de servicio, con la información potable, con la participación y con el contraste civilizado de opiniones diferentes. Desde 1977, que se terminó con la obligación de que las radios privadas conectaran con Radio Nacional para emitir el “parte” informativo, la radio ha sido imprescindible cuando se ha producido una tragedia, una epidemia, un atentado terrorista, una catástrofe meteorológica o un acontecimiento extraordinario.

Y en acontecimientos extraordinarios, incluyo la construcción a lo largo de décadas de la democracia y la autonomía desde la cercanía (las guerras del maíz, las luchas antinucleares y contra el trasvase del Ebro, la llegada de la General Motors, la Expo 2008 sobre “Agua y Desarrollo Sostenible”, las comarcas, la logística, las renovables, las autovías, el ferrocarril y ahora los centros de datos). 

A las redes sociales, que permeabilizan el odio, la división y el frentismo, tenemos que contraponer redes humanas como la radio que construyen sociedad civil. Son tiempos de autoritarios y oligarcas, de alarmante pérdida de confianza ciudadana en el periodismo, cada vez más militante, de desoladora ausencia de acuerdos amplios y de altura de miras y capacidades en muchos dirigentes políticos, algunos auténticos destructores.

En estos tiempos oscuros en los que volvemos a respirar el miedo, la radio continúa siendo un ejemplo de esperanza, de humanismo, de debate informado y de exigencia ciudadana. Como lo es la educación y como también lo fue con su valentía y con sus lagunas el Papa Francisco.