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Rentrée

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De vuelta en la ciudad, con la sal del mar todavía en los labios, leo el nuevo poemario de Juan Antonio Tello. Toni Tello –nuestro enviado especial en Tánger– escribe asimismo con la sal del Atlántico en los labios, con “el agua que muerde en la orilla, / el velero que surca un poema”. Es ‘Dime, Malak’ una buena medicina para la rentrée. En sus versos podremos perseguir a los ladrones que nos robaron las tardes de un verano y probaremos también el sabor de los vinos de septiembre.

La vuelta a la ciudad implica volver a cierta versión de uno mismo. La tarde anterior a la lectura de la plaquette de Tello me cité en una terraza con el escritor Fernando Sanmartín. Tomé un vino blanco con hielo, esa aberración estival. Sanmartín –que es un tipo más serio– no daba crédito. Él tomó un agua con gas. Sin hielo, por supuesto. Fue ese saber estoico el que le hizo escribir una vez que no debíamos olvidar al hombre que habíamos sido.

Pensé en esa frase mientras me dirigía a una comida. Celebrábamos los treinta años desde que habíamos terminado COU. Yo había pasado la mañana recortando todas las canas de mi barba que fui capaz de eliminar con las tijeras. “Cada tentativa de ser / uno mismo / no será perfecta”, escribe Tello. Qué razón tiene. Acabó yendo a la comida un señor de cuarenta y siete años que quería –pobre– disfrazarse de un chico de diecisiete.

De nuevo los versos de ‘Dime, Malak’ fueron un consuelo. “No tenemos motivos para aferrarnos / a tanta identidad”. “Somos la escritura de un duermevela, / el vínculo que hace de un brillo otro libro, / algo que leímos y ahora reescribimos”.

Fueron a esa comida, en realidad, todos los hombres que un día fui. A veces, para encontrarnos, solo tenemos que olvidarnos un poco de nosotros mismos. Quizás nuestra mejor versión consista en mirar menos los espejos. “Ahora que sé mi nombre (…) e intento derribarlo”.

Feliz rentrée.