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Sistema violento, sistema machista

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En la calle, a plena luz del día, cuando la rutina parecía invadir el barrio y el fin de semana comenzaba, alguien lleno de celos y odio decidió arrebatar la vida de una mujer. Otra. Otra mujer que, por el simple hecho de serlo, ya no está. Le pegó un tiro, varios, y luego se lo pegó él y tras los disparos el silencio invadió las calles donde minutos antes caminaba a su lugar de trabajo, los murmullos y la estupefacción invadieron la ciudad y un escalofrío recorrió todas las arterias urbanas.

Celos, miedo a la pérdida, nada justifica una acción así. La violencia machista no es un arrebato aislado; es la manifestación enfermiza y extrema de la posesión, de la educación social basada en la superioridad más despiadada, del control sobre la vida, la voluntad y el cuerpo de las mujeres. La necesidad de dominio hace que emociones humanas comunes se tornen destructivas y perpetúen la cultura patriarcal: un “conmigo o con nadie”, un “nos vamos los dos”, un “voy a hacer que todo se acabe”, premeditado, desde la absurda incapacidad de gestionar la frustración.

Cada crimen machista debe obligarnos a romper los cristales en los que nos miramos: desde las estructuras construidas en la infancia hasta los sistemas lentos de las instituciones, desde la falta de protección real hasta la indiferencia social. No actuar a tiempo, restar importancia a lo mínimo, dejar que lo cotidiano siga sin cuestionarse, hace que los máximos ocurran. Así se cristalizan conductas que ya han arrebatado la vida de más de 1.300 mujeres en España desde que se tienen registros en 2003; más de una docena solo en lo que va de año, el segundo asesinato en Aragón en 2026 y el 36 desde aquellos inicios de siglo. A estas cifras hay que sumar la crueldad de la violencia vicaria o la tortuosa violencia diaria que no se cuantifica.

El feminismo nos ha enseñado a cuestionar los paradigmas sociales, a establecer una mirada con perspectiva de género en todos los ámbitos. Y aun así, no basta. Cada avance de la ultraderecha, cada gesto de antipatía, cada brote de rencor o de masculinidad débil, es un hueco que dejamos abierto para que la cultura de la violencia avance. Esto no se reduce a la violencia física: las diferencias salariales siguen vigentes, los abismos de oportunidades marcan la cotidianidad, y muchas heridas psicológicas permanecen invisibles. Al feminismo, ningún daño, ningún rencor, ninguna guerra le es ajena.

Quizá vuelvo a cometer el fallo de que por tenerlo tan cerca me duele más, el simple error de que al verlo en mi ciudad, en esta Zaragoza a la que ahora le invade la primavera mi cuerpo se tambalea más fuerte. Veo de nuevo las calles que siguen con su trajín después de conocer la noticia, recuperan su ritmo como si nada hubiera pasado y los vellos se me erizan esperando una reacción más caótica, más impactante por parte de quienes seguimos aquí dándole vida. Recientemente reivindicamos aquello de “derechos para todes”. Cada asesinato machista es un recordatorio brutal de que vivimos en un sistema violento, un sistema machista, donde las vidas de las mujeres siguen siendo cuestionadas y amenazadas. Y mientras una sola mujer siga viviendo rasgada por la sombra alargada de esta agresividad, será necesario volver a salir a nuestras calles a gritarlo. Por ella, por todas.