Zaragoza más gris
Últimamente pasear por la ciudad es ver un trozo de pared que antes no veías y, al mirar abajo, darse cuenta de que, efectivamente, otro árbol ha caído. Sin previo aviso, de manera silenciosa. Y así, poco a poco, el hormigón le va comiendo terreno a la vegetación urbana.
Es terrorífico ver cómo el levantamiento de calles y esas obras abundantes que llenan estos meses la ciudad se traducen en la tala de árboles. Y no precisamente arbustos, árboles que llevaban ahí décadas. Y así, a golpe de motosierra, se corta en minutos lo que tarda en crecer años.
Son tantos los ejemplos que casi los que no se tocan son la excepción que confirman la regla: los de la calle Anselmo Clavé, los del paseo María Agustín frente a Averly, los de la glorieta de avenida Goya, los de Cesar Augusto, los grandes ejemplares de la calle Orense, los del parque Bruil, los de la plaza Salamero, la famosa obra del río Huerva que ha acabado con tantos y tantos… ahora anuncian también que los pinos de la calle Pedro Cerbuna correrán la misma suerte … y así una larga lista.
Y mientras tanto, los ciudadanos, que sabemos quejarnos de todo y defender nuestros derechos, asistimos impasibles, mudos, a esta sangría que nos perjudica a todos, aunque no nos lo parezca.
Vivimos en una época en la que todo se promociona por redes sociales, con eslóganes grandilocuentes. Se nos vende una imagen de ciudad cuestionable: “Zaragoza más verde”, “Zaragoza mejora”. De hecho, todas las reformas de las calles están aparejadas, al menos sobre el papel, con un “reverdecimiento” de la ciudad, con campañas de plantación de árboles sin precedentes. Un verdor que va a llegar hasta la Plaza del Pilar. Y es cierto que se plantan. Pequeños arbolitos que ocupan menos que las maderas que los protegen. Y es cierto que se reemplazan, pero después de haberse llevado por delante a un ejemplar adulto, sano y verde que cumplía perfectamente su misión. Parece que gustan los otros, los árboles pequeños, los inofensivos, los que por no dar, no dan ni sombra.
Leía por ahí hace un tiempo una frase que me hacía reflexionar: “Si los árboles dieran wifi, habría más gente plantando árboles, pero solo dan oxígeno, limpian el aire, refrescan las calles, ayudan a prevenir las inundaciones…” Pero, en fin, para qué queremos árboles si el aire acondicionado cubre en verano perfectamente la papeleta.
Una Zaragoza de tocones y alcorques vacíos. La misma ciudad preocupada por el medio ambiente que aspira, en pocos años, a reducir a cero sus emisiones.
Un árbol joven no puede cumplir, de la noche a la mañana, el papel del que remplaza. Pero ya que somos tan cortoplacistas, lo que sí que es inmediato es el aumento de las temperaturas en el hueco que se queda. Aunque más que un hueco, es una ausencia. ¡Cuánta vida aporta un árbol en medio de tanto hormigón!
Si ya no se hace por respeto, sensibilidad y sentido estético, se debería pensar en el calor. Desde mayo, es fácil ver cómo el verano apunta maneras, así que resulta casi masoquista que se declare la guerra contra los que precisamente más ayudan -en silencio-, a mitigar las altas temperaturas.