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ARAGÓN

Demos una oportunidad al diálogo

Las personas cambiamos, las sociedades cambian y las instituciones y las formas de relacionarnos también tienen que cambiar

Imagen de la manifestación de la Diada

Imagen de la manifestación de la Diada Robert Bonet

La cuestión catalana está en un punto de inflexión. El cambio de estrategia de ERC, consciente de que la independencia unilateral es una utopía -ya han visto que en Europa, al margen de las diferencias en los Códigos Penales, no van a encontrar esos aliados que prometieron en su día a la sociedad catalana-, de que en la confrontación con el Estado tienen todas las de perder y del hartazgo de la ciudadanía catalana -un 61% de la cual, según el CEO, considera que el Gobierno catalán es incapaz de solucionar sus problemas- parece que abre un escenario nuevo en el que el diálogo puede y debe ser el protagonista.

Pero el nuevo escenario no está exento de dificultades, porque llevamos demasiado tiempo viviendo en la confrontación. Al margen de cuáles fueran las causas del cambio producido en Cataluña, el caso es que, como en todos los procesos secesionistas, el independentismo ha tergiversado la realidad y utilizado un discurso maniqueo para ahondar en las diferencias y avivar los sentimientos más excluyentes. Y no va a ser sencillo desandar lo andado y volver a tender puentes por los que poder transitar.

Además,  solo una parte del independentismo catalán está dispuesta, en principio y si las elecciones catalanas lo permiten, a recorrer ese largo y complicado camino que debería conducir a diseñar un nuevo marco de convivencia entre las diferentes identidades que componen el Estado español. La otra parte relevante, JxCat o lo que dentro de este movimiento representa Puigdemont, sigue instalada en el cuanto peor mejor, en una espiral de insensatez que le lleva a actuar al margen, no solo de las leyes, sino también de los intereses de la  mayoría de la ciudadanía catalana.

Pero el del independentismo catalán no es el único discurso demagógico, estrecho y sectario. En el otro lado, el nacionalismo español -representado por las distintas derechas, con la ayuda inestimable de algunos dirigentes socialistas- utiliza las mismas tácticas, inculcando el miedo -cuando no odio- al diferente en defensa de tradiciones y sacrosantos valores de los que el adversario carece y quiere destruir. Ya se ha demostrado la inutilidad de la aplicación del artículo 155 de la Constitución para resolver el conflicto. ¿Qué alternativa tiene el nacionalismo español? ¿Suspender la autonomía de Cataluña? ¿Y después cuáles más?

Creo que por muchos agravios que se pueda tener, en el mundo globalizado en que vivimos, el independentismo, la fragmentación de las sociedades, es lo contrario de lo que conviene hacer paras intentar limitar el poder del mercado global,  para defender a los sectores más vulnerables de la sociedad. Pero difícilmente podré convencer a nadie de que lo mejor es caminar juntos, de que es posible encontrar espacios comunes, si no hay posibilidades de hablar.

Las personas cambiamos, las sociedades cambian y las instituciones y las formas de relacionarnos también tienen que cambiar. Tenemos un reto importante, la convivencia entre españoles, que hemos de abordar urgentemente y la mesa de diálogo acordada entre el PSOE y ERC puede ser un instrumento útil. Pero para ello es condición necesaria partir de la idea de que solo podemos vivir juntos los diversos cuando aceptamos y respetamos esa diversidad, sin pretender que nadie renuncie a sus ideas de antemano, y cuando  tenemos posibilidades de conseguir algunas de nuestras aspiraciones. Ahora bien, en la mesa se puede hablar de todo, eso es reconocer al otro, pero no se puede pretender conseguirlo todo.

El proceso va a ser lento y laborioso y nos tenemos que acercar a él con apertura de miras, sin prejuicios. No todas las reivindicaciones son admisibles, pero algo tendremos que cambiar para alcanzar un acuerdo. Tiene que haber cesiones, pero no todos los cambios se tienen que interpretar como cesiones. No me cabe duda de que Cataluña no siempre ha sido bien tratada por las instituciones del Estado y corregir los errores no es cesión, es justicia. Sería una buena forma de empezar que las partes reconociesen algunos de los errores cometidos.

Tampoco se puede considerar una cesión, al menos a priori, el cambio del Código Penal. Probablemente, el Gobierno ha cometido un error al hacer excesivo hincapié en la revisión de las penas de sedición y esto se puede considerar como un indulto encubierto, pero es evidente que algunos artículos del Código Penal están desfasados y hay que modificarlos. ¿No hay que hacerlo con los relacionados con la rebelión y sedición, para homologarlos a la legislación de otros países europeos, solo para castigar a los independentistas catalanes?

Los nacionalistas españoles, que no quieren acuerdo sino imposición, no van a facilitar ningún proceso de diálogo y en esto van a contar con la derecha independentista como aliada. Desde el primer día van a cuestionar el resultado de las negociaciones, bien porque el Gobierno no acepta un referéndum de autodeterminación y la amnistía para los presos, bien porque el simple hecho de hablar evidencia que Sánchez se ha vendido al separatismo catalán.

Cualquiera que haya participado en algún proceso de negociación sabe que para que ésta llegue a buen puerto es necesaria mucha discreción y que lo importante es el resultado final, al margen de los vaivenes del proceso. Los límites están claros: la legislación vigente, la equidad y la igualdad de derechos. No creo que el Gobierno pretenda traspasar esos límites y aunque lo pretendiese no lo podría hacer. Confiemos en el diálogo y si no en el Gobierno, al menos en el funcionamiento del Estado democrático. En última instancia la ciudadanía tiene la última palabra, cualquier cambio deberá de ser sometido a consulta en Cataluña y en el resto de España. 

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