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ARAGÓN

Me paso el día 'zoomeando'

Mientras los humanos de la mascarilla nos hemos adaptado en pocos días a manejar aplicaciones de videoconferencia como Zoom, que ni siquiera conocíamos hace unas semanas, las empresas se mueven como pueden en este nuevo mundo virtual generado por el dichoso virus. La pandemia, además, ha pillado en el paleolítico del manguito a la mayoría de las administraciones públicas.

Evento de The New York Times realizado a través de Zoom.

Evento de The New York Times realizado a través de Zoom.

Nuestras vidas cotidianas se han convertido en virtuales en las últimas semanas. Hoy, he 'asistido' a un evento de 45 minutos en Nueva York sin salir de casa, el traumatólogo me ha pasado consulta por teléfono y he hablado en una videollamada con mi suegro que tiene 93 años. Horas y horas de charlas con familia y amigos a través de Skype, cientos de mensajes de Whatsapp, reuniones por Meet, eventos por Blue Jeans o Zoom, un software de videollamadas y reuniones virtuales que se ha puesto de moda en el confinamiento planetario. En pocos días, ‘zoomear’ se ha convertido en un verbo popular.

Leo en un periódico argentino que se están poniendo de moda los ‘zoompleaños’ y las bodas virtuales. Un mago estadounidense ofrece su espectáculo para pequeños grupos en Internet. La gente destina una habitación de casa para asistir a clases de pilates, yoga e, incluso, Hapkido, un arte marcial coreano, que reciben por el ordenador y cuestan la mitad de precio que las presenciales.

Ante la llegada en tromba de las clases virtuales, los profesores se estresan echando horas para poner exámenes tipo test para alumnos que están más preocupados por la informática que por la materia del examen. Un profesor de Derecho me contaba que los alumnos no le habían comunicado ninguna duda sobre los contenidos evaluables, pero había recibido más de una docena de mails con preguntas sobre el editor de texto, la configuración de equipos y cosas así. Madres y padres andan angustiados con la cantidad de deberes virtuales que les ponen a sus hijos. Están convencidos de que cuando asisten a clase tienen menos tarea para casa.

Dice la Fundación Telefónica, en un estudio que han dado a conocer esta semana, que el 60% de las empresas españolas se han quedado atrás en la digitalización. El presentismo laboral todavía cotiza más que el teletrabajo. El empleado que calienta la silla, aunque tenga poca productividad, es más valorado por los jefes porque se le ve, ficha y está en la oficina. El que trabaja en casa siempre es más sospechoso. Además, si el jefe está presente, la oficina no puede estar vacía. Y los jefes, ya se sabe, teletrabajan poco.

Las tecnológicas llevan mejor el teletrabajo. Mark Zuckerberg, el patrón de Facebook, acaba de anunciar que está planificando el teletrabajo para todos los empleados de la compañía. El éxito de estas acciones para reclutar personal está probado. Twitter, tras anunciar que permitiría trabajar indefinidamente desde casa a sus empleados, pasó a ser la compañía más buscada por los informáticos en las ofertas de trabajo.

Desde el inicio de la pandemia, los periódicos mandaron a trabajar a sus casas a los periodistas. Los diarios se publican y no se ha notado que las redacciones se encontraran vacías. Los editores están pensando que podrían ahorrar mucho dinero si no hace falta mantener costosas oficinas para sus empleados. Los medios, por una vez, han hecho de la necesidad virtud. Virtud virtual, en este caso.

Les dejo. Quiero ver una charla en Instagram y a la misma hora tengo un Zoom.

¡Qué estrés! Y sin salir de casa.

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