Francisco Pellicer, geógrafo: “El modelo que se está imponiendo en Zaragoza es el de la ciudad entendida como negocio”

Candela Canales

8 de marzo de 2026 22:08 h

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El geógrafo Francisco Pellicer Corellano lleva décadas analizando la relación entre ciudad, territorio y medio ambiente. Profesor titular de la Universidad de Zaragoza, especialista en geomorfología y ordenación del territorio, y presidente de la Asociación Legado Expo Zaragoza 2008, ha participado en estudios clave sobre los ríos del valle del Ebro y en proyectos urbanos como la recuperación de sus riberas o la definición conceptual de la Expo Zaragoza 2008, de la que fue director general adjunto. Con una larga trayectoria vinculada también a la planificación urbana de la capital aragonesa, reflexiona en esta entrevista sobre el rumbo urbanístico de Zaragoza, los conflictos patrimoniales recientes y los retos ambientales de la ciudad en las próximas décadas.

En los últimos años Zaragoza ha afrontado intervenciones relevantes en patrimonio, espacio público y grandes proyectos urbanos. ¿Cómo describiría el modelo de ciudad que se está configurando en esta etapa?

El modelo que prima es el de la ciudad entendida como negocio. Yo creo que la ciudad es un espacio para vivir, para convivir. Entre estos dos puntos hay un amplio abanico de posibilidades, porque evidentemente no hay estados puros. Estamos asistiendo, por una parte, a una ciudad que se embellece y que mejora las condiciones de tráfico. Y, por otro lado, pone mucho énfasis en cuestiones de movilidad. Aquí ya he dicho dos palabras que son contradictorias: tráfico y movilidad. Está predominando el tráfico sobre la movilidad.

Uno de los proyectos urbanísticos más relevantes es el desarrollo del entorno del Portillo. ¿Cómo lo valora?

Lo que se plantea es una entrada a la ciudad prácticamente desde la autopista, facilitando el tráfico. Son una barbaridad de carriles: tres en un lado y seis en otro, nueve carriles en una pieza que están definiendo como parque. Si se coge el conjunto del proyecto se está vendiendo como el tercer gran parque de Zaragoza, de aproximadamente diez hectáreas. Sin embargo, tres de esas son para los viarios periféricos. Se nos queda en siete, y si quitamos las viviendas y equipamientos previstos se queda en cuatro, incluyendo el entorno de la estación. Siendo generosos diríamos que este gran parque se queda reducido a cuatro hectáreas en el que presumiblemente se va a meter bastante tráfico que se traducirá en un embotellamiento a la entrada de avenida Goya. Lo viario es impermeable, no transpira, no es un parque. Pasan coches y hay emisiones.

Usted suele insistir en la importancia de la infraestructura verde en la ciudad. ¿Qué papel debería jugar en este caso?

La infraestructura verde es por donde entra la naturaleza en la ciudad para mejorar las condiciones de habitabilidad en aspectos de salud, ecología y ambiente. Pero también desde el punto de vista social. A un lado y otro de este lugar tenemos población vulnerable y necesitada de ayuda. Esta pieza tendría que jugar como espacio verde en sus aspectos saludables, de calidad ambiental y también de calidad social. Tendría que ser una zona de encuentro, pero la gente tiene miedo a que ese espacio no se cuide debidamente. No hemos visto ningún programa que diga que este espacio va a cumplir estas funciones y para eso se ponen determinados equipamientos o servicios. Lo que tenemos hasta ahora es un plano de verdes que, como se ve en algunas infografías, incluso da una falsa imagen. No hay un programa de mantenimiento ni un programa de acción social. Tampoco está previsto un centro cívico en sentido amplio. Estamos hablando de una zona con fuertes contrastes sociales y también generacionales. Las zonas más conservadoras están llenas de personas mayores de 65 años. Mientras, la población joven la tenemos en Delicias o San Pablo, donde además hay mucha población inmigrante. Esta parte de la ciudad tendría que tener unas condiciones ambientales adecuadas, pero también favorecer la integración intergeneracional y la integración de población inmigrante. Con el uso público del parque por parte de gente más necesitada de espacio verde, puede ser conflictivo. Y aquí no se ha planteado ningún tipo de vivienda de carácter social o en el que no sea sacar el máximo beneficio por unidad de superficie.

El proyecto también contempla nuevas edificaciones.

En el plano oficial se contempla levantar una torre de pisos de unas 20 plantas. Hay otras dos piezas grandes dedicadas en principio a equipamientos y entre ellas dejan unas callejuelas estrechas. Dicen que serán para servicios, pero ya tenemos experiencia de que en muy poco tiempo pasan a ser viviendas. Eso significa que estamos metiendo mucha edificabilidad en este tramo, con pasillos relativamente estrechos. Volvemos al inicio: la ciudad del negocio, en la que los ciudadanos somos clientes o inversores.

En las últimas semanas también ha habido debates sobre patrimonio urbano en esa zona. ¿Cómo valora la situación del edificio de Correos?

Si el edificio de Edificio de Correos del Portillo merece conservarse o no, yo ahí no voy a entrar porque hay voces más autorizadas que yo que conocen mejor ese patrimonio. Pero sí creo que hay un problema de fondo: la administración se cree que la ciudad es suya. Y no es así. No son más que administradores. El espacio público es de los ciudadanos. Sobre lo que se quiera hacer en él debería haber un debate previo, informado. Muchas veces estos proyectos se conocen de tapadillo y cuando salen ya está todo hecho o incluso adjudicado. El tiempo de reacción de la ciudadanía es muy corto porque los procesos de participación son prácticamente nulos.

Justo en frente del proyecto del Portillo tenemos Averly, un caso que generó mucho debate

Averly era un elemento verdaderamente singular. No hace falta ser experto en patrimonio para entender que esa fábrica, con sus talleres y su historia, podría haber sido un equipamiento histórico de la ciudad, un museo de la industrialización. El museo estaba hecho: estaban los moldes, las instalaciones, todo. Al final ha quedado una zona testimonial mientras todo ha crecido alrededor. El pequeño jardín que tenía se está deteriorando. Supongo que pronto la casa será declarada en ruina. La pequeña parte que se ha conservado tendría que ser ya un museo. El espacio público es nuestro, de los ciudadanos: estoy hablando de propiedad colectiva, de sentirnos que ese entorno es nuestro; entonces es cuando lo cuidamos, cuando exigimos que se mantenga. Para mí los espacios públicos son lugares neutros, donde no es ni de uno ni de otro, es de todos. Ahí es donde se puede producir esta fusión de población, pero lo que se está creando con estos proyectos urbanísticos son contrastes muy fuertes: en esa zona hablamos de pisos de 450.000 euros o más en una de las partes más humildes de la ciudad. Se están generando guetos de ricos dentro del espacio público.

También ha criticado el modelo de crecimiento urbano reciente.

Se está creando lo que yo llamo la ciudad 'zebra': edificios cada vez más altos, con urbanizaciones cerradas y bajos sin actividad. Si no hay actividad en la calle, si matamos la calle y la dejamos solo para los coches, estamos perdiendo una parte fundamental de la vida urbana. Volvemos a la ciudad como negocio.

¿Cómo se está afrontando la gestión del tráfico?

Todos queremos coche y todos queremos aparcar en la puerta. Entonces buena parte de la población estará encantada con nuevos carriles o más aparcamientos. Pero por cada carril que se añade las expectativas de circulación se multiplican. Eso es justo lo contrario a la movilidad. Lo que significa es primar el transporte privado sobre el colectivo. Si queremos desplazarnos a otras partes de la ciudad, transporte público de alta capacidad. Hay que primar por encima de todo el transporte público.

En ese sentido, ¿ve necesaria una segunda línea de tranvía?

Sí, una línea oeste-este que una la estación intermodal con Las Fuentes o San José me parece más que justificada. Estamos hablando de infraestructuras viarias, pero en ellas se tiene que primar el transporte público.

Una propuesta que reaparece periódicamente es la peatonalización del Puente de Piedra. ¿Sería viable?

Un absoluto sí. El Puente de Piedra es un elemento patrimonial de primer orden, construido en el siglo XV, y además se sitúa en un punto especialmente delicado desde el punto de vista hidráulico del Río Ebro. Antes de su construcción el río seguía otra trayectoria y golpeaba directamente contra la zona del Basílica del Pilar, lo que obligó en su momento a realizar una gran obra para rectificar el cauce y permitir que el río entrara perpendicularmente al puente. Esa intervención, documentada en archivos históricos y estudiada en investigaciones posteriores, explica por qué este es prácticamente el único tramo recto del Ebro en cientos de kilómetros. Aun así, a lo largo de la historia el puente ha sufrido daños durante grandes crecidas, algo que incluso quedó reflejado en pinturas históricas como las de Juan Bautista Martínez del Mazo, donde se aprecian arcadas derruidas. Por todo ello, someter una estructura así a vibraciones constantes de autobuses y vehículos pesados no parece razonable. Son obras históricas que han sido restauradas muchas veces y donde cualquier tensión acaba generando grietas o problemas estructurales. Desde mi punto de vista el tráfico debería subordinarse a la conservación del monumento y el puente debería ser plenamente peatonal. Además, eso permitiría reforzar su valor urbano como mirador privilegiado sobre el Ebro y el frente histórico de la ciudad, uno de los paisajes más emblemáticos de Zaragoza. El tráfico podría redistribuirse por otros puentes con mayor capacidad y por el viario paralelo al río sin comprometer este patrimonio.

El uso de los grandes parques urbanos también genera debate, por ejemplo en el Parque Grande José Antonio Labordeta.

Volvemos a lo mismo: la ciudad como negocio y como marketing. Con muchas luces. Ya no son los kioskos de toda la vida, se ha pasado de lo que era un kiosko tradicional en el que se facilitaban unas bebidas, unas cosas sencillas, accesibles y en el espacio público donde las terrazas eran importantes. Ahora se han convertido en grandes negocios, llevados por las mismas empresas que te puedes encontrar en cualquier otra ciudad, no tienen absolutamente nada de novedoso, son una réplica unos de otros que hacen que nuestra ciudad se parezca a cualquier otra ciudad del mindo. Para mí eso es una apropiación privada de lo público. Y eso es intolerable.

La ampliación del Parque de Atracciones de Zaragoza ha abierto debate sobre impacto ambiental y modelo concesional. ¿Qué variables deberían ponderarse al analizar una actuación de este tipo en un entorno forestal?

Es una maniobra un poco extraña. Parece que continúa la misma empresa familiar que ha gestionado el Parque de Atracciones de Zaragoza durante décadas, aunque ahora con participación mayoritaria de capital extranjero, algo que hoy es bastante habitual en este tipo de operaciones. El problema es que no conocemos el plan real del proyecto. Mantener este equipamiento dentro de una escala razonable y con un carácter familiar puede ser positivo para la ciudad, pero lo cierto es que hasta ahora no se ha presentado públicamente un plan claro sobre cómo se va a desarrollar ni sobre cómo afectará al entorno. Además, la operación incluye compromisos vinculados al mantenimiento del Pinares de Venecia, un espacio forestal muy querido por los vecinos que necesita cuidados importantes. Ese pinar ha sufrido mucho y requeriría un plan silvícola serio: aclarar la masa forestal, mejorar el suelo y favorecer el crecimiento de árboles grandes que realmente mejoren la calidad ambiental. Estos bosques forman parte de la infraestructura verde que sostiene el equilibrio climático y social de Zaragoza, junto con espacios como el Parque del Agua Luis Buñuel, el Parque Grande José Antonio Labordeta o el Soto de Cantalobos. Son auténticos pulmones urbanos y, además de su función ecológica, cumplen un papel social como lugares de encuentro y convivencia, por lo que deberían gestionarse con una planificación ambiental y social mucho más clara.

Otro proyecto relevante es la recuperación del Río Huerva.

La sensación es que todavía no conocemos un plan claro. Se han difundido infografías y algunos planos de obra, pero un plan debería integrar tanto actuaciones sobre el medio físico como sobre el uso social del espacio. Uno de los principales problemas del Río Huerva es que discurre encajonado entre muros de hormigón que lo separan completamente de la ciudad. Una restauración fluvial ambiciosa debería plantear cómo hacer esos muros más permeables, cómo facilitar accesos reales al río o cómo conectar las calles del entorno con el cauce. Hoy bajar al Huerva sigue siendo difícil y en muchos tramos el espacio resulta poco accesible o incluso inseguro. La clave de una recuperación fluvial, en mi opinión, es que la gente pueda acercarse al agua, tocarla y reconocer el río como parte de la ciudad. También hay dudas sobre algunas decisiones de gestión ambiental. Por ejemplo, la eliminación de los ailantos, una especie invasora que se ha extendido en muchos tramos del cauce. Es cierto que hay que controlarla, pero en lugares muy degradados —con escombros o suelos pobres— el ailanto es prácticamente la única especie capaz de crecer. Si simplemente se corta, vuelve a brotar con fuerza porque mantiene un sistema radicular muy potente. Una alternativa más eficaz sería una sustitución progresiva: mejorar primero el suelo, retirar escombros, abrir el espacio del río y favorecer condiciones donde puedan prosperar especies autóctonas. Solo entonces tendría sentido eliminar definitivamente estos árboles. De lo contrario, el ailanto seguirá reapareciendo porque, en esas condiciones degradadas, es prácticamente la única vegetación capaz de sobrevivir.

El Ayuntamiento también ha anunciado campañas de plantación de árboles en la ciudad. ¿Cómo valora estas iniciativas?

Cualquier iniciativa para aumentar el arbolado urbano es positiva, pero hay que ponerla en contexto. En Zaragoza hay decenas de miles de árboles —solo en el viario urbano unos 30.000— y en total alrededor de 70.000 en el conjunto de la ciudad. Por eso, cuando se anuncian campañas para plantar 2.000 árboles en alcorques de calles, la operación tiene un alcance relativamente limitado. El planteamiento técnico de geolocalizar cada ejemplar, registrar la especie o hacer seguimiento de su estado es interesante, pero si se compara con las carencias existentes en otras zonas verdes se ve que el problema es mucho más amplio. Por ejemplo, en el Parque del Agua Luis Buñuel, un estudio realizado por la asociación Legado Expo Zaragoza 2008 detectó centenares de árboles desaparecidos respecto a las plantaciones originales de la Expo Zaragoza 2008. El problema de fondo es que la política del arbolado está muy fragmentada dentro de la administración. La plantación, el riego, las podas o el mantenimiento de parques y calles dependen de áreas distintas y no existe una visión unitaria de la gestión del árbol en la ciudad. Eso hace que muchas actuaciones se planteen de forma aislada y que falte una dirección clara que coordine todo el sistema de zonas verdes. En espacios como el Parque del Agua, por ejemplo, cada parte —infraestructura, arbolado, iluminación o mobiliario— depende de departamentos distintos, lo que dificulta una gestión ágil. Sin una estrategia integral y una coordinación real, es difícil que las plantaciones o reposiciones tengan el impacto que necesitaría la infraestructura verde de Zaragoza.

Si tuviera que señalar el principal reto de Zaragoza en materia de urbanismo y patrimonio para los próximos diez años, ¿cuál sería?

El principal reto es mejorar la calidad ambiental de una ciudad que en verano se vuelve extremadamente calurosa. Zaragoza es muy impermeable: predominan el asfalto y el hormigón, superficies que se recalientan mucho y generan fuertes contrastes térmicos frente a las zonas verdes. Ese efecto convierte el centro urbano en una auténtica isla de calor. Por eso, una de las prioridades debería ser pinchar esa burbuja térmica introduciendo más naturaleza en la ciudad y reforzando los corredores verdes que conectan los grandes espacios naturales del entorno con el interior urbano. La estrategia pasa por reforzar la infraestructura verde que rodea y atraviesa Zaragoza —desde espacios como el Parque Grande José Antonio Labordeta, los Pinares de Venecia o el Soto de Cantalobos hasta los corredores fluviales del Río Ebro, el Río Gállego o el Río Huerva— para que actúen como lanzas verdes que introduzcan vegetación, sombra y espacios de convivencia dentro del tejido urbano. En el fondo, se trata de cambiar la mirada urbanística: no pensar la ciudad solo como un espacio que genera plusvalías o desarrollo inmobiliario, sino como un sistema que debe producir salud ambiental, calidad de vida y lugares de encuentro para la ciudadanía.