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Sergio Murillo, superviviente de la tragedia de Biescas: “Seguimos cometiendo errores. Antes, por ignorancia; ahora, por exceso de confianza”

Miguel Barluenga

6 de agosto de 2026 21:18 h

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Tenía 16 años cuando una avenida torrencial del barranco de Arás arrasó el camping Las Nieves de Biescas, el 7 de agosto de 1996. Aquella tarde, perdió a sus padres y a sus dos hermanos. Treinta años después, Sergio Murillo, que vive en Pamplona con su mujer y sus hijos, habla con serenidad, aunque reconoce que cada aniversario vuelve a removerle. Arquitecto, padre de familia y una de las voces que más perseveró durante la larga batalla judicial para demostrar que la tragedia era previsible y evitable, sostiene que el mayor homenaje a las víctimas consiste en no olvidar nunca lo ocurrido.

Murillo reivindica la responsabilidad de las administraciones, teme que las lecciones de Biescas vuelvan a caer en el olvido y defiende que la memoria de las 87 víctimas es la mejor herramienta para evitar nuevas tragedias.

Se cumplen 30 años del 7 de agosto de 1996 y, como superviviente de la tragedia de Biescas, tiene que regresar inevitablemente a aquel día. ¿Alguna vez ha conseguido salir realmente de él?

Siempre lo llevas contigo. Hay épocas en las que convives mejor con ello y otras en las que cualquier recuerdo vuelve a removerte. Cuando ocurre una tragedia parecida o llegan los aniversarios, inevitablemente te afecta. Eso no desaparece nunca.

¿Qué recuerdos permanecen intactos y cuáles ha ido borrando o suavizando el paso del tiempo?

Hay recuerdos imborrables, sobre todo los momentos de la riada. Esos los tengo grabados a fuego. Otros evolucionan al mismo ritmo que evolucionas tú. Conforme maduras observas las cosas desde otra perspectiva. También hay recuerdos que el tiempo distorsiona, otros que atesoras porque fueron momentos felices y algunos que, simplemente, se van perdiendo porque la vida continúa y vas acumulando nuevas experiencias. A veces, reviso fotografías y pienso: “Esto ya no lo recordaba”. La memoria es muy compleja.

¿Quién era el Sergio Murillo de aquel 7 de agosto y quién tuvo que aprender a ser desde el día siguiente?

Era un chaval de 16 años que estaba empezando a madurar. De repente, tuve que aprenderlo todo de golpe: a ser adulto, a ocuparme de mí mismo, a gestionar las emociones... Todo el mundo aprende esas cosas con esa edad, pero a mí me tocó hacerlo de una forma muy brusca y acelerada.

¿Ha habido algún momento en estas tres décadas en el que sintiera que recuperaba una cierta normalidad?

Sí. Una vez terminaron los juicios, conseguimos ganar y todo aquello quedó atrás. Después, conocí a mi mujer, formamos una familia, llegaron nuestros hijos... Ahí tuve la sensación de que llevaba una vida normal, como cualquier otra persona. Y eso me produce una enorme satisfacción. Me gusta llevar una vida tranquila.

¿Qué le habría gustado que la sociedad entendiera mejor sobre las víctimas y los supervivientes?

Hay muchos mensajes, pero, para mí, el principal es que quien ocupa un cargo público tiene una enorme responsabilidad. Los privilegios nunca son gratuitos; van unidos a una obligación muy importante con la sociedad. Y, también, que la naturaleza tiene sus propias normas. Hay que conocerlas, respetarlas y actuar en consecuencia. A nivel personal, también me gustaría transmitir que la vida puede ser muy dura y todos acabamos afrontando desgracias de una u otra forma. Pero se puede salir adelante. Merece la pena seguir viviendo porque, pese a todo, la vida también tiene cosas maravillosas.

Hoy es padre. ¿Ha cambiado su forma de entender lo ocurrido desde que tiene hijos?

Muchísimo. Ahora veo las cosas desde otra perspectiva. Han vuelto muchos recuerdos de mis padres y de mis hermanos que estaban un poco escondidos. Antes, era hijo; ahora, soy padre. Esa experiencia hace que reviva momentos que tenía guardados y, curiosamente, lo vivo como algo positivo porque me permite mirar aquellos recuerdos con otros ojos.

¿Ha podido hablar con naturalidad de Biescas con sus hijos?

Sí. Ellos enseguida se daban cuenta de que nuestra familia no era la habitual. Sus abuelos, realmente, son mis tíos; mis hermanos son sus tíos porque son mis primos... Llegó un momento en que preguntaron qué había pasado. Siempre se lo he explicado sin dulcificar la realidad, pero con calma y utilizando palabras que pudieran entender. Lo han asumido con total naturalidad y preguntan sin ningún miedo. Eso me gusta.

¿Qué siente hoy cuando escucha el nombre de Biescas?

No es una palabra que aparezca mucho en mi vida cotidiana, salvo cuando llegan estas fechas. Pero sí, siempre me remueve algo. Durante los aniversarios estoy más apagado, más triste, con menos ganas de hacer cosas. Es parte del proceso que he aprendido a gestionar. Luego vuelvo poco a poco a mi rutina: doy un paseo, desconecto, me tomo un café tranquilo... Y, una semana después, ya estoy otra vez haciendo mi vida con absoluta normalidad.

La dana de Valencia volvió a enfrentarle a imágenes muy similares a las que usted vivió.

Me afectó muchísimo. Hasta entonces pensaba que lo que había ocurrido en Biescas había servido como advertencia para que no volviera a repetirse. Pero al ver tantos paralelismos —el barro, las víctimas, la sensación de que hubo negligencias— me entristecí profundamente. Pensé que quizá nuestro sufrimiento no había servido tanto como esperaba y que algunos errores se vuelven a repetir.

Durante estos treinta años ha convivido con el recuerdo de la tragedia y también con una larga batalla judicial. ¿Cuál de las dos cargas ha sido más difícil de sobrellevar?

El juicio fue una carga añadida muy dura. A todo el sufrimiento que ya arrastras se suma un proceso larguísimo y psicológicamente muy desgastante. Estuvimos litigando casi 12 años. Es una herida que nunca termina de cicatrizar porque, cuando parece que has conseguido pasar página, vuelve a abrirse. Es un auténtico calvario.

Con la Dana pensé que quizá nuestro sufrimiento no había servido tanto como esperaba y que algunos errores se vuelven a repetir.

Si hoy pudiera dirigirse a los responsables políticos y técnicos que tomaron aquellas decisiones, ¿qué les diría después de tres décadas?

Les diría que quien ocupa un cargo público debe hacerlo por auténtica vocación de servicio. Gestionan recursos muy importantes y toman decisiones que afectan a la vida de las personas. Eso conlleva una responsabilidad enorme. Nunca deberían olvidarlo.

Como arquitecto, ¿cree que hoy existe una mayor cultura del riesgo o seguimos confiando en que las tragedias solo les ocurren a otros?

En nuestra profesión la responsabilidad es personal, y eso hace que exista una mayor conciencia del riesgo. Hoy sabemos mucho más que hace treinta años, pero también ocurre otra cosa: muchas veces se intenta repartir o diluir la responsabilidad entre la administración, la empresa o los seguros. Seguimos cometiendo errores. Antes quizá era más por ignorancia; ahora, en ocasiones, es por exceso de confianza o por pensar que las consecuencias recaerán sobre otros.

¿Qué cree que debería enseñarse sobre la tragedia de Biescas a quienes nacieron muchos años después y apenas saben qué ocurrió?

Lo primero, que fue una tragedia provocada por una negligencia muy importante que nunca debería repetirse. Ese es el mensaje más inmediato. Pero también hay otras lecciones: la capacidad de las víctimas para recomponer sus vidas, la solidaridad que demostró tanta gente y la importancia de aprender de los errores. Hay muchas enseñanzas detrás de todo aquello.

¿Le preocupa que, con el paso del tiempo, el recuerdo de las 87 víctimas se vaya diluyendo?

Sí. Precisamente por eso sigo concediendo entrevistas, aunque cada vez que hablo de esto me quedo removido durante unos días. Creo que no podemos olvidar lo que pasó. Hay que recordarlo para que no vuelva a repetirse y para que quienes en el futuro tengan responsabilidades públicas conozcan esta historia, aunque no la hayan vivido.

¿Hay alguna persona, un gesto o una ayuda recibida en aquellos días que siga llevando especialmente grabada?

En mi caso, todo sucedió muy deprisa. Cuando fui realmente consciente de lo ocurrido ya tenía a toda mi familia alrededor. Somos muchos tíos, primos y familiares, y el apoyo que me dieron fue absolutamente fundamental. Siempre les estaré agradecido.

Mirando atrás, ¿de qué se siente más orgulloso de la persona en la que se ha convertido?

Nunca me lo había planteado así. Pero creo que todo aquello me obligó a reflexionar mucho sobre la vida. Me hice preguntas que hoy parecen poco habituales: quiénes somos, de dónde venimos, cuál es el sentido de la vida... No tienen una respuesta definitiva, pero el simple hecho de planteárselas te ayuda a crecer como persona. No sé si mejor o peor, pero sí más consciente de lo que haces y de cómo quieres vivir.

Si pudiera volver a hablar con aquel chico de 16 años que sobrevivió a la riada, ¿qué le diría?

Le diría que el camino va a ser muy duro, muy tortuoso, pero que merece la pena recorrerlo. Porque, aunque entonces sea imposible imaginarlo, al final encontrará cosas buenas. Hoy puedo decir que soy feliz y que estoy contento con la vida que he construido.

¿Qué le gustaría que quien lea esta entrevista recuerde dentro de otros treinta años sobre lo que ocurrió en el camping Las Nieves?

Me gustaría que recordara dos cosas. La primera, que tragedias como aquella pueden evitarse si quienes tienen responsabilidades hacen bien su trabajo y respetan la naturaleza. Y, la segunda, que incluso después de un golpe tan devastador la vida merece la pena ser vivida. Hay que seguir adelante. Ese, al final, es el mensaje más importante que puedo dejar.