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Ana Sofía Cardenal

Es profesora en los Estudios de Derecho y Ciencia Política de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y profesora asociada en la Universitat Pompeu Fabra (UPF). Ha sido investigadora visitante en las universidades de Stanford y de Nueva York (NYU). Ha escrito sobre diversos temas en el ámbito de la política comparada y, más recientemente, ha reorientado sus intereses hacia el ámbito de la opinión pública, los medios sociales, y el comportamiento político. Sobre estos temas tiene artículos publicados en revistas académicas internacionales. Es investigadora en el Internet Interdisciplinary Institute (IN3)

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¿El uso de internet aumenta las dudas sobre el voto?

Estas elecciones europeas han dejado unas cuantas preguntas sobre la mesa. Tras el brutal batacazo sufrido por el bipartidismo y el poco previsible auge de Podemos, una de estas preguntas se refiere a la estabilidad del voto. En un post reciente, Juan Rodríguez Teruel abordaba esta cuestión, y utilizaba para ello datos de encuestas pre-electorales del CIS. En su análisis, hallaba que la estabilidad del voto está muy asociada a la edad (cuanto más joven, más propenso a cambiar el voto), que la volatilidad ha aumentado en la última década (cualquiera de nosotros está hoy más predispuesto a cambiar el voto que hace diez años) y que el voto de izquierda es más volátil que el de derecha (nada diré en este post sobre esto).

El primer hallazgo no es muy sorprendente. Gracias al trabajo de Converse y sus colaboradores, sabemos que la edad es un poderoso determinante de la identificación partidaria. Parece que con los años y ayudados por la experiencia de votar en elecciones sucesivas nos vamos haciendo más fieles a un partido. En todo caso, es curioso constatar que esta relación se mantiene a lo largo del tiempo y en diferentes países, lo que la convierte en una potente regularidad empírica.

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Las leyes de transparencia tienen poco o ningún impacto sobre la calidad democrática

Las leyes de transparencia están de moda en nuestro país. Hace sólo unos meses el gobierno español aprobó una de estas leyes y, en Cataluña, el Parlament tramita otra. Con estas leyes, nuestros políticos responden a la mayor crisis de confianza en las instituciones que se ha vivido en nuestro país desde el inicio de la democracia. La pregunta es si estas leyes servirán para conseguir los objetivos que dicen perseguir: “restaurar la confianza en las instituciones y mejorar la calidad de la democracia”

Es decir, ¿podemos esperar que estas leyes sean un instrumento efectivo de control democrático y que contribuyan por ende a mejorar la calidad de nuestra democracia? Mi hipótesis es que no y la razón es simple: estas leyes confían el control de los políticos a los propios políticos, lo que no parece la mejor manera de controlarlos. Por ejemplo, aunque la ley obliga a hacer pública la información considerada de interés público, la decisión sobre qué información facilitar depende de los funcionarios, y aunque la ley habilita un consejo de transparencia o una comisión de resolución encargada de velar por su cumplimiento, estos órganos dependen del gobierno, concretamente, en el caso de España, del Ministerio de Hacienda. Es decir, todo queda en casa.

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¿Una consulta para otra consulta?

Suponiendo que el tema catalán se acabe resolviendo a través del voto, es difícil saber cómo acabará. José Fernández-Albertos nos ilustraba sobre el despropósito de haber anunciado la pregunta del referéndum sin tener un sistema de elección definido. Como muestra Fernández-Albertos, no haber definido cómo se agregarán las preferencias para producir un resultado colectivo permite todas las posibilidades: dado un mismo perfil de preferencias podrían darse múltiples posibles ganadores. El sistema de elección es esencial porque define al ganador. Aquí, sin embargo, quisiera centrarme en otro problema: la posibilidad de que el sistema de elección produzca un resultado estable, es decir, un resultado que permita zanjar de una vez por todas la negociación sobre este tema.

Gracias a la literatura de la elección social, sabemos que en ausencia de instituciones las situaciones en las que dadas unas preferencias no existe un ganador son mucho más frecuentes de lo que sería deseable. Estas situaciones, que en la literatura se conocen como ciclos, se dan cuando no hay ninguna alternativa que en un enfrentamiento por pares gana a todas las demás. Por ejemplo, en una comunidad de 3 individuos con las preferencias sobre los posibles resultados del proceso catalán (Independencia, Federalismo, Statu quo) que muestra la tabla 1, ninguna alternativa se impondría a las otras. En esta comunidad, la independencia es preferida por los individuos 1 y 2 al SQ, el SQ es preferido por los individuos 1 y 3 al federalismo pero el federalismo es preferido por una mayoría (por los individuos 2 y 3) a la independencia. De esta manera, aplicando el método de enfrentar por pares todas las alternativas (también llamado de Condorcet) el resultado sería un ciclo, donde I>SQ>F>I.

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