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Andrés Ortega

Andrés Ortega Klein (Madrid, 1954) es escritor, analista y periodista. Ha sido en dos ocasiones (1994-1996 y 2008-2011) Director del Departamento de Análisis y Estudios del Gabinete de la Presidencia del Gobierno. Ha tenido una larga carrera en periodismo como corresponsal en Londres y Bruselas y columnista y editorialista de El País. Es Licenciado en Ciencias Políticas por la UCM y Máster en Relaciones Internacionales por la London School of Economics. Ha publicado varios libros, entre ellos, La razón de Europa (2004),  La fuerza de los pocos ( 2007 ) y (en colab.) El fallo de un país (2012). También una novela, Sin alma (2012). Su último libro es Recomponer la democracia (RBA), escrito en colaboración con Agenda Pública. Es miembro del Consejo del European Council on Foreign Affairs, Senior Research Fellow del Real Instituto Elcano, presidente de Herederos de José Ortega y Gasset, y director del Observatorio de las Ideas.

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La cerilla de Vox

Según las encuestas, Vox tendría hoy entre 1,2% y 5% de la intención de voto, es decir que podría llegar a un millón de papeletas. En las anteriores elecciones en 2016 sólo consiguió 0,2%. Vox puede no sólo marcar una diferencia en escaños, no tanto propios -algunos- sino en los que pueden perder el PP e incluso Ciudadanos porque les quite votos esenciales para el reparto final con los restos en algunas circunscripciones. También puede influir, está influyendo, en el discurso del centro derecha. Pues Vox tiene una capacidad altamente contaminante, sobre todo en materia antiinmigración y de recentralización. Puede echar una cerilla sobre la gasolina.

Quizás los españoles no seamos tan diferentes como lo pensamos y también haya en nuestra sociedad una importante fibra xenófoba. Algunos estudios y encuestas demuestran que está ahí, con un nivel de 10-15%, cortando a través de todos los partidos desde los años 90, cuando empezó a llegar la ola inmigratoria. Una reciente encuesta (de 40dB) indica que un 28,6% de los españoles responsabiliza mucho o bastante a los inmigrantes de la crisis económica (aunque no los vea como una causa principal). Este porcentaje sube hasta el 43,6% en las clases más bajas, y baja a un 19,3% en las clases acomodadas.

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¿Fondos soberanos o participación de los trabajadores en el capital? Un debate en la izquierda anglosajona

Un nuevo debate, con origen en ideas de los últimos años, se están abriendo paso en la izquierda anglosajona. Los laboristas británicos proponen que los trabajadores participen en el capital de sus empresas. En EEUU, se está planteando la idea de crear un fondo soberano (como hay en varios otros países) para financiar el Estado de Bienestar, y, sobre todo, una posible Renta Básica Universal (RBU). No se trataría de una nacionalización. Interesante, si bien difícil en ambos casos.

La idea de la participación de los trabajadores en el capital de sus empresas no es nueva. Incluso Margaret Thatcher la promovió, y en 2013, el gobierno de coalición entre conservadores y libarles impulsó un programa de “acciones por derechos”, lo que indica que la idea goza de un cierto consenso político. De hecho, un estudio concluye que este tipo de esquema de propiedad del empleado aumenta el sentido de “justicia y felicidad”, y genera sentimientos de “motivación y bienestar”, como recordaba recientemente Merryn Somerset Webb.

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La apuesta por la vida después de nuestra muerte

Lo sorprendente de los seres humanos (al menos de una buena parte de ellos) no es que busquen la felicidad propia, o al menos el bienestar, sino a menudo la de los demás. Y más sorprendente aún es que la persigan no solo para próximos y coetáneos a quienes conocen y quieren, sino para las generaciones siguientes, a menudo desconocidas. El ser humano se caracteriza no solo por creer que hay vida -la de otros- después de su muerte, sino por intentar que sea lo mejor posible. Es un altruismo más allá de sí mismo.

Esta no es una idea religiosa de que algo sobrevive (más allá del recuerdo o de nuestras obras, malas o buenas) a la muerte. Cabe recordar que Lucrecio se extrañaba de que no nos preocupemos por nuestra inexistencia prenatal, pero nos angustiemos por nuestra inexistencia personal postmortem.

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Síntomas neoluditas

Las protestas, en ocasiones violentas, de los taxistas de principios de este mes de agosto en España (y en otros países) tienen mucho de neoludismo, es decir, de resistencia, aunque sea de forma inconsciente, frente a nuevos avances revolucionarios tecnológicos. Se presentan como una cuestión de competencia desleal, dimensión evidente.

Pero ni Uber ni Cabify serían posibles sin las nuevas tecnologías que lo conectan casi todo al móvil que llevamos ya prácticamente todos encima (y del que se aprovechan también algunas apps de servicios regulares de taxis). Llevan a pronosticar que movimientos de este tipo van a cundir si no se toman las medidas suficientes, no para detener la marcha de la tecnología sino para paliar sus efectos negativos sobre algunos colectivos más afectados.

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Inteligencia artificial con voz femenina

La Inteligencia Artificial (IA) tiende a ser construida por hombres, cuando no cada vez más por las propias máquinas o algoritmos (machine learning). Los hombres dominan Silicon Valley. No sé si en China. Pero a los ingenios de IA se tiende a ponerles voz de mujer. No de cualquiera, sino de entre 30 a 40 años, y con un toque de sensualidad. Es lo que reflejan las encuestas que elaboran las empresas en este sector. Y es lo que se traduce en la voz de Siri (Apple), de Alexa (Amazon), Cortana (Microsoft), el o la asistente de Google, etc. Aunque se pueda elegir otras voces, las femeninas vienen por defecto.

Algunos sociólogos creen que esta predilección empieza ya en el vientre materno. Las citadas encuestas arrojan esta preferencia de forma abrumadora, tanto para hombres como mujeres usuarias, al menos por defecto. No siempre fue así. Siri en el Reino Unido tuvo al principio voz masculina por defecto. En tiempos, Loquendo, corporación multinacional de tecnología de software, fundada en 2001 en Italia, desarrolló en castellano las voces (muestras concretas de actores con las que se ensamblan palabras y frases) de Jorge y Carmen. Jorge, mejor desarrollado, tuvo más éxito. Tanto que hoy esa voz está aún presente en autobuses de la Empresa Municipal de Transportes de Madrid. En 2001 una Odisea Espacial, la película de Stanley Kubrick que cumple medio siglo, la voz del ordenador HAL de la nave era masculina. Y tenía algo de malvado.

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La estructura presidencial de gobierno

Las estructuras de los gobiernos cuentan, además del perfil de las personas que ocupan los cargos, especialmente el presidente. Pedro Sánchez ha corregido algunas disfunciones anteriores, aunque puede haber generado otras. Más allá de la aritmética parlamentaria, harto complicada en este caso, gobernar es ahora algo mucho más difícil de lo que era en 1978, debido a la mayor complejidad de las cuestiones, la multiplicación de actores (incluyendo privados) y temas, y la pertenencia a una Unión Europea mucho más integrada y que afecta a casi todo. La transversalidad general de muchas cuestiones en la actualidad obliga a coordinar aún más. Y es más difícil coordinar a 17 ministras y ministros (además, y comprensiblemente, con ganas de iniciativas) que a 13. Más aún cuando desde hace ya años (no tantos) una parte del arte de gobernar pasa por el móvil, que multiplica los canales de comunicación, y también las posibilidades de cortocircuitos.

Hay pocas cuestiones políticas que respondan ya a un solo ministerio. Véase la seguridad, por ejemplo, cuando la división entre la exterior y la interior ha desaparecido. O la cuestión catalana de la que se van a ocupar varios ministros y ministerios, además del presidente y la vicepresidenta del Gobierno. En los últimos lustros, ante la complejidad y los conflictos entre departamentos, ha habido una tendencia a concentrar decisiones en el presidente o la presidencia del gobierno. Es algo que ha ocurrido en casi todos los países. El presidencialismo se ha acentuado desde hace años en todo el mundo, y especialmente en Europa como efecto de la integración y de la centralidad del Consejo Europeo. Pero el español no es un régimen presidencialista a la manera de EE UU, ni tampoco de Francia. Ahora bien, en España el presidente de Gobierno, y por eso se llama así, tampoco es un Prime Minister a la británica. Cada vez se presidencializa más.

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¿Renunciar a Google o a Facebook?

La electricidad cambió en su día más la vida de la gente que Internet o la digitalización. Para empezar, la Red no hubiera sido posible sin aquella. Alguien preguntó cual había sido la revolución tecnológica que más había beneficiado a las mujeres. La respuesta, que puede sorprender, es el agua corriente. Pues eran las mujeres las encargadas de subirla a lomos o en la cabeza, como aún ocurre en no pocas partes del mundo. La Inteligencia Artificial puede cambiar el juego. Está por ver. De momento, llegados a este punto, y en la era de Internet, ¿a qué preferiría renunciar, lector, a su buscador favorito -mayoritariamente Google- o a su red social predilecta?

Tres tecnólogos,  Erik Brynjolfsson, Felix Eggers y Avinash Gannamaneni, se han hecho esa pregunta y para responderla han diseñado un experimento (en Estados Unidos, pero puede valer para Europa y otras zonas del mundo). ¿Cuánto habría que pagarle a una persona para que renunciara a alguno de estos servicios, pues de servicios -algunos gratuitos (a cambio de datos), otros de pago- se trata? Las respuestas sorprenden, aunque en el fondo, reflejan el sentido común y las necesidades reales de mucha gente ante los bienes digitales (cuando para 2025 un 75% de la población mundial estará digitalmente conectada). De media, la persona típica tendría que ser pagada alrededor de 17.530 dólares (unos 15.000 euros) al año para prescindir de los motores de búsqueda de Internet; 8.414 por abandonar el correo electrónico y 3.648 por dejar de usar mapas digitales (como los que llevamos en el móvil). Para renunciar a sitios como Netflix (de pago) y YouTube (gratuito) habría que pagar unos 1.173 al año; al comercio electrónico, 850 y a redes sociales -típicamente, Facebook-, 322. A la música en streaming, 168; y a la mensajería instantánea, 155. Haga el lector su propia encuesta. Mi escala de prioridades es más o menos la misma, empezando por el buscador y el correo electrónico, sin los cuales ya no podría trabajar, mientras sí podría hacerlo, y vivir, sin las redes sociales o las series. Quizás ya no, al menos sin perder el rumbo, sin los mapas digitales y el GPS que llevamos en nuestros móviles. Nuevas dependencias.

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Temporal electoral, sin elecciones

En principio, y salvo sorpresas, las elecciones generales no son hasta 2020. Y aún falta un año para las municipales y autonómicas. Y, sin embargo, estamos viviendo un ambiente electoral. ¿A qué se debe? La razón principal es que estamos inmersos, finalmente, en un cambio, en una profunda transformación en el sistema de partidos que ya se apuntó en las europeas de 2015, en las dos generales de 2016, y, sobre todo, en las catalanas de 2018, con el ascenso de Ciudadanos y el hundimiento del PP. Las posteriores encuestas nacionales están provocando un electroshock en la política española.

Las encuestas, que ya son parte activa del paisaje, no solo recogen esta transformación a escala nacional (y a veces regional), sino que la proyectan y alimentan el movimiento. No son aún las elecciones y muchas cosas pueden cambiar hasta ellas, pero los sondeos coinciden bastante en que hay una transformación: un marcado adelantamiento del PP por C’s. No solo eso, sino que, a diferencia de la foto de hace tan solo unos meses, C’s podría formar mayoría bien con el PP, bien con el PSOE. No hay a la vista mayoría de izquierdas.

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El retorno de las reivindicaciones materiales

La ira, o simple frustración de la gente, suele surgir más cuando la economía se recupera que durante las crisis, quizás debida al factor miedo durante la época baja, o al ansia de compartir los frutos del nuevo crecimiento económico en la de alza. España se está llenando de reivindicaciones materiales, desde los pensionistas a las mujeres por la igualdad en la paga (aunque esta última empezó con la globalización del #MeToo), a los taxistas frente a servicios llamados colaborativos como Uber, entre otros, o los estibadores que afrontan el reto de la automatización. Y esto ha cogido a buena parte de la clase política -el Gobierno para empezar- a contrapié. Varias encuestas demuestran que a lo largo de 2017 la percepción por los ciudadanos de la situación económica ha empeorado y es ampliamente mayoritaria. ¿Qué ha pasado? Pues para empezar que los frutos del crecimiento económico no están penetrando por igual en toda la población.

Una subida de las pensiones de 0,25% puede resultar psicológicamente más irritante e insultante -pues muchas veces se traduce en dos o tres euros al mes- que una congelación. Más aún cuando la economía ha crecido en 2017 un 3,1% y el Banco de España prevé un crecimiento del 2,7% en 2018. Los funcionarios se han visto otorgado un incremento salarial que puede llegar a un 8% en tres años. Mucho se habla de vincular el aumento de las pensiones al IPC. Pero también habría que vincularlo al crecimiento de la economía y de la recaudación de impuestos (que podría ir a menos si no se toman medidas), no sólo a la contribución de los trabajadores al mantenimiento de las pensiones. En todo caso, los pensionistas han descubierto su peso demográfico (creciente en por el efecto del baby boom de antaño que esta entrando en esta clase), su capacidad de movilización, y los nuevos medios para lograrla con los que ahora cuenta a través de las redes sociales y servicios de mensajería en sus móviles pues ha llegado a la jubilación una generación que los sabe usar muy bien. Lo material también está en red. Siempre lo ha estado. Incluso en la economía de lo intangible.

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Reparto de trabajo, más que de bienestar

El empleo crece en España, pero el trabajo lo hace de una forma mucho más lenta, en detrimento de la calidad del primero. Estamos viviendo un cierto reparto del trabajo. Si tomamos la última Encuesta de Población Activa en el cuatro trimestre de 2017, el empleo había crecido un 3,8% respecto al año anterior, pero las horas trabajadas (medidas como “horas trabajadas efectivas semanales”) sólo lo habían hecho a la mitad de velocidad, en un 1,6%. Aunque la dinámica es a que aumenten ambos (las horas trabajadas sólo habían crecido en un 0,7% un año antes), este desfase indica que estamos en una situación de reparto del trabajo de hecho, vía mercado, no como planteamiento político, social o por ley. Con el consiguiente impacto en mismo sentido salarial.

La economía española no ha recuperado aún el nivel de horas trabajadas que había en 2008 antes de la crisis, ni el nivel de ocupados de entonces, pese a que en 2015 prácticamente se igualó el PIB de 2017, oficializando la salida de la recesión.

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