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Asociación Sancho de Beurko

La Asociación Sancho de Beurko, una organización sin ánimo de lucro que estudia la historia de los vascos y navarros de ambas vertientes de los Pirineos en la Guerra Civil Española y en la Segunda Guerra Mundial

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Villarreal, 21 de julio de 1936. La Guardia Civil ante su encrucijada

La preparación del próximo número de Saibigain, la revista digital de la Asociación Sancho de Beurko (que supondrá la reedición del libro de 2006 sobre el frente alavés), ha permitido retomar cuestiones sobre los hechos acaecidos en el norte de este territorio histórico durante la pasada Guerra Civil y que desde entonces no han sido tratados por ningún otro autor en la historiografía vasca con excepción de los trabajos de nuestro amigo Germán Ruiz Llano, quien —según nos confesó- vino a inspirarse en aquella primera obra de las tres que se han dedicado a este frente de la mano de dos de los autores de este blog, Josu Aguirregabiria y Guillermo Tabernilla, lo cual nos honra enormemente (1). Una de estas cuestiones hace referencia a la delicada situación en que quedó la Guardia Civil en Vitoria tras la sublevación del 19 de julio de 1936, en lo que era la típica ciudad provinciana de militares y curas. La cuestión no es baladí, pues el propio general Francisco Franco consideraba que la adhesión de la Guardia Civil era dudosa, poniéndose muchos oficiales “de lado de la autoridad constitucional, algunos porque es más cómodo; otros a causa de sus convicciones” (2). Lo que está claro es que allá donde la Guardia Civil se mantuvo leal a la República fracasó la sublevación, por lo que el cuerpo sufriría en los años siguientes una profunda y drástica depuración (3).

Ya dijimos en el prefacio de nuestro libro que el comienzo de la sublevación militar, materializada el 19 de julio de 1936, “estuvo marcado por tantas cautelas e indecisiones que el propio alma mater de los insurgentes, a la sazón jefe del batallón de Flandes, Camilo Alonso Vega, no tuvo el control de la situación hasta el último momento”. Ello conllevaba que no solo no pudiese responder de la adhesión a la rebelión del propio jefe de la plaza, el general Ángel García Benítez —que acabaría reculando al darse cuenta de que no se circunscribía a focos aislados, ya que era general a todo el país-, sino, lo que es aún más grave en un líder como Alonso Vega, ni de la de todos los oficiales de su unidad. Uno de aquellos que se debatían entre la lealtad de su juramento al gobierno y la situación que se desencadenaba por la fuerza de las armas era el teniente coronel Mario Torres Rigal, primer jefe de la Guardia Civil en la provincia, que se ofreció de inmediato al gobernador civil Ramón Navarro Vives, el cual no tomó ninguna decisión para garantizar el control del Orden Público, dejando que aquellas primeras adhesiones quedasen en nada, poniendo a los responsables en una situación crítica, pero no solo eso, los militantes de izquierda permanecieron desinformados y sin dirección en la creencia  infundada de que la situación podría contrarrestarse con la convocatoria de una huelga que, a la postre, solo serviría para que muchos, que acabarían en manos de la terrible maquinaria represiva del régimen, perdieran un tiempo precioso para huir a Bizkaia. Así, los 80 guardias civiles que puso a disposición del gobernador el teniente coronel Torres para hacer cumplir la legalidad terminaron incorporándose al contingente rebelde, pero no eran momentos para tibiezas y Alonso Vega no olvidaría aquello. En las antípodas de aquellos estaban los guardias de asalto del capitán Nicolás Baylin, a quienes no consta que los militares pusiesen en situación insostenible, pues su jefe, conocido por su republicanismo, supo cambiar rápidamente de bando, poniéndose pronto a las órdenes del general García Benítez, como nos dice Germán Ruiz Llano. Lo mismo sucedió con el jefe del destacamento de carabineros adscrito a la capital alavesa, Gregorio Borrega. Otro reconocido izquierdista que, a pesar de todo, tampoco se libraría, como el propio Baylin, de ser sometido a un proceso depurativo.

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Vascos en la última Navidad en guerra: La Batalla de las Ardenas

El 14 de diciembre de 1944, dos días antes de iniciarse una ofensiva alemana a gran escala en las Ardenas y a cuatro de su 33 cumpleaños, el soldado vasco-californiano Alfred Starr Etcheverry escribió la que sería su última carta a su esposa Marion Hazard y a sus dos niños:

Dentro de unos días, o incluso unas pocas horas, entraré en acción. Nunca está lejos de mis pensamientos, el que no pueda volver a verte […] Si yo muriese, no sería responsabilidad de nadie más que de mí. Esta es mi elección, mi ejército […] Por confusa que sea nuestra imagen del mundo de hoy, sin embargo, por borrosa que sean las líneas del conflicto, estoy convencido que lucho en el lado de los hombres de buena voluntad repartidos por todo el mundo. Nada más que eso. Porque los hombres de mala voluntad no nacieron así, y puede que con el paso del tiempo y por la buena gracia de Dios sean redimidos. Es por los hombres de todas partes, quienes quieran que sean, dondequiera que estén, por lo que yo estoy luchando.

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Tragedia sobre Suances. Los pilotos republicanos derriban el hidro del Gobierno Vasco (30-7-1937)

Las historias sobre aviones nos retrotraen siempre a la llamada época dorada, o periodo de entreguerras, cuando volar era un sueño al alcance de muy pocos, reservado para los llamados sportman de la clase adinerada, y aquellos que se atrevían a surcar volando un mundo que aún estaba por descubrir soñaban con establecer nuevos récords y hazañas con las que obtener la gloria encumbrados por los medios de comunicación. A ellos se sumarían muchos pilotos que habían sido formados durante la Primera Guerra Mundial y que, obviamente, no iban a renunciar a su pasión terminadas las hostilidades. Nadie sabe a ciencia cierta cuál fue el motivo de que se iniciase en este mundillo la norteamericana Margery Durant —hija del fundador de la poderosa General Motors Billy Durant-, quien ya había demostrado pasión y audacia al atravesar, cuando aún era una jovencita, todo Estados Unidos (EEUU) a los mandos de su coche “Gas buggy” de dos cilindros para demostrar que aquel vehículo de principios del siglo XX no era el sueño de un loco. Su nieto Alex Sanger dice que trajo esa misma pasión al mundo de la aviación, siendo la primera mujer en formar parte del Comité de Relaciones Exteriores de la Asociación Nacional de Aeronáutica de su país (1). Durant ya había llegado a la cuarentena y acumulado tres divorcios cuando comenzó a volar de la mano nada más y nada menos que de Amelia Earhart, pero fue quizás su intención de popularizar los viajes aéreos privados lo que le llevó a adquirir un Lockheed Vega y más tarde un Sikorsky S-38 para culminar sus aventuras por Europa y África entre 1931 y 1932. El Sikorsky matrícula NC-11V era un hidroavión al que pintó las alas con un color a tono con su espíritu libre, el plateado, siendo bautizado como Silver Wings. Poco imaginaba cuando, a su paso por Egipto, se hizo las dos imágenes que acompañan estas líneas que su extravagante aeronave pasaría por diversos avatares hasta terminar de modo particularmente trágico en el norte de España durante la Guerra Civil, bajo propiedad del Gobierno Vasco.

El Sikorsky S-38 fue un hidroavión norteamericano de bastante éxito comercial conocido como “Yate Aéreo del Explorador” y ensamblado en la factoría que la joven empresa aeronáutica (fundada en 1925) tenía en Nueva York. El primer vuelo de este sesquiplano de 12,27 m de largo y 21,85 de envergadura tuvo lugar en 1928 y pronto se hizo con las simpatías de compañías aéreas como Pam American Airways, operadores privados y particulares e incluso la Armada de los EEUU, llegando a construirse un total de 101 unidades. Diseñado para llevar de 8 a 12 pasajeros en sus diferentes variantes, estaba propulsado por dos motores Pratt & Whitney R-1340 Wasp de 400 hp c/u y era capaz de volar a 110 mph con una autonomía de 600 millas. La publicidad de la compañía insistía en que esta aeronave era “el placer más intenso de la aviación para los hombres que amaban el mar”, un modo natural de hacer la transición del agua al aire. Entre aquellos que volaron este hidro estaban Howard Hugues, Charles Lindbergh o Robert R. McCormick.

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El Congreso de EEUU concede la Medalla de Oro a los marinos mercantes españoles que sirvieron bajo su bandera en la Segunda Guerra Mundial

El Congreso de los Estados Unidos concederá la Medalla de Oro (uno de los distintivos civiles más importantes del país) a los marinos mercantes españoles que sirvieron bajo bandera estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Esos marinos mercantes españoles eran en su mayoría de origen vasco y gallego. La concesión de la Medalla de Oro redundará en algunos beneficios y reconocimientos para estos marinos y sus familias. De momento, el Senado de Estados Unidos aprobó el pasado 21 de diciembre el anteproyecto de ley que concede la Medalla de Oro del Congreso a la Marina Mercante de la Segunda Guerra Mundial.

Este anteproyecto ha sido impulsado por el congresista del Partido Demócrata John Garamendi, nieto de vizcaínos, y ya fue aprobado previamente por el Congreso el 19 de septiembre de 2019. El Senado lo ratificó hace unos días y se convertirá en ley una vez sea firmado por el presidente Donald Trump, posiblemente en enero de 2020, según ha informado a la Asociación Sancho de Beurko, autora del blog 'Ecos de dos guerras', la asociación American Merchant Mariner (Marinero Mercante Estadounidense).

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Vascos en la Marina Mercante estadounidense en la Segunda Guerra Mundial

Las referencias a la participación vasca en la marina mercante de los países Aliados y más concretamente en la estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial (SGM), a pesar de ciertos esfuerzos, nada baladís, éstos han sido ciertamente tangenciales, quizás por la propia envergadura del tema. Más aún, estos trabajos, por lo general, no han tratado a dichos marinos y marineros mercantes como combatientes de guerra sino como elementos auxiliares, aunque eso sí ciertamente fundamentales, en el devenir de la propia maquinaria de guerra. Hasta no hace mucho, por ejemplo, los estudios sobre la emigración hablaban casi exclusivamente en clave masculina, descartando a la mujer como persona migrante, siendo, por lo tanto, relegada a un papel secundario y pasivo de mero acompañante del hombre emigrante. En nuestro proyecto de investigación, “Fighting Basques”, sobre veteranos de origen vasco y navarro de la SGM, no solo les incluimos como tales sino intentamos reivindicar su papel clave de cara a un reconocimiento público al haber sido, aunque hasta cierto punto de vista comprensible, invisibilizados por el papel que jugaron las diferentes ramas propiamente militares. 

De las decenas y decenas de películas bélicas pocas o ninguna nos vienen fácilmente a la memoria que se centren exclusivamente en la marina mercante. En cierta medida el público desconoce sobremanera que sin su participación en la guerra las tropas aliadas, transportadas a lo largo y ancho del planeta, hubiesen tenido también enormes dificultades para aprovisionarse de los recursos (armamento, combustible o alimentos) que necesitaban para seguir luchando. Unos 7 millones de soldados y unos 126 millones de toneladas de suministros fueron embarcados, desde los puertos de EEUU, durante el transcurro de la contienda. Se necesitaron 15 toneladas de suministros para apoyar a un soldado por un año en el frente. Posiblemente es Acción en el Atlántico Norte de 1943 el largometraje más famoso de la época sobre la Marina Mercante de Estados Unidos (EEUU) (de aquí en adelante Marina Mercante Americana o MMA) en la SGM. Producida por Warner Bros., dirigida por Lloyd Bacon, y protagonizada por Humphrey Bogart y Raymond Massey, Acción en el Atlántico Norte es una película de corte propagandista sobre dos marinos mercantes, presentados como héroes patrióticos sin uniformes, cuyo barco ha sido hundido por un submarino alemán y sobreviven durante varios días a la deriva. Pero fue John Ford en Hombres intrépidos (1940) quien —sirviéndose de grandes focos y sombras, a decir de su biógrafo J. McBride-, nos mostró antes que nadie el drama humano y la fatalidad, no exenta de añoranza, de quienes se jugaban la vida fiando su fortuna a sus camaradas de tripulación.

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Felipe Del Río, biografía y testimonios inéditos sobre la muerte del 'As' de Euzkadi

“A la memoria de Gregorio Arrien (1936-2019) por su incansable labor en rescatar del olvido el exilio infantil de Euskadi de 1937”

Entre 1936 y 1937 las Fuerzas Aéreas del Norte (FFAA) —el llamado popularmente “Circo Krone”-, escribieron, en palabras de quien fuera jefe de la aviación de la República durante la pasada Guerra Civil, Ignacio Hidalgo de Cisneros, “una de las epopeyas más extraordinarias de la historia de la aviación”, hazaña solo equiparable a la actuación de la 1ª Escuadrilla del Grupo 26 durante las operaciones de Cataluña de 1939, y el capitán Felipe Del Río Crespo es, sin duda, su figura más emblemática y el único que llegó a ostentar la categoría de “As” durante la desigual batalla que se libró en los cielos de la cornisa cantábrica (otros, como Miguel Zambudio, lo conseguirían más tarde, durante el transcurso de la guerra en otros frentes). En este artículo, además de hacer su biografía, hemos incluido los testimonios de tres vecinos del barrio del Juncal (Trapagaran) que fueron testigos de sus últimos instantes de vida, los cuales han sido aportados a los autores por Joseba Iribar, generoso historiador local y cronista de este municipio minero que nos honra con su amistad y ayuda. Partiendo de esta memoria local, responderemos a la pregunta de cómo falleció el bravo piloto cántabro.

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La participación vasca en la resistencia y liberación de Filipinas (1942-1945)

Tras la rendición de las fuerzas armadas de Estados Unidos (EEUU) el 6 de mayo de 1942 en Corregidor, Japón se vio libre para extender su ocupación militar por todo el archipiélago filipino. Filipinas era el único país del Pacífico con una comunidad vasca y navarra sólida y consolidada en manos de una potencia del Eje, que no fue ajena a la sublevación militar en España en 1936 y a la victoria del bando rebelde de 1939. De hecho, un gran número de exiliados de la guerra, predominantemente de ideología nacionalista vasca, asumieron la lucha aliada contra la ocupación japonesa como parte de su causa contra el franquismo. La resistencia interna a dicha ocupación y a sus colaboracionistas filipinos fue inmediata. Se trató de un movimiento muy heterogéneo, que iba desde soldados del ejército filipino y norteamericano —huidos de los campos de concentración japoneses o nunca apresados-, a guerrillas financiadas por las fuerzas norteamericanas e incluso comunistas. El movimiento guerrillero no solo luchó contra las tropas japonesas, sino que también proporcionó valiosos informes de inteligencia a los Aliados.

La injerencia del partido fascista Falange Española en el archipiélago, que deseaba controlar a la colonia española, hizo que muchos se desentendieran de la antigua metrópoli ya en 1940, pues la presumible entrada de España en la guerra del lado del Eje podía causar el embargo de sus propiedades. La llegada de los invasores japoneses acrecentaría esto, aunque no fueron recibidos mal al principio, impresión que cambió inmediatamente ante la arbitrariedad implantada por los militares nipones, si bien hubo gente que prosperó con los nuevos ocupantes, entre estos un grupo de pelotaris del Jai-Alai Stadium de Manila (directamente relacionados con el de Shanghái) dirigidos por Teodoro Jáuregui, no pocos de los cuales estaban afiliados a Falange (1). Según Marciano R. de Borja, en su libro Los Vascos en Filipinas en su edición de 2014, concluye que “la mayoría de los vascos [y vasco-filipinos] se opusieron enérgicamente a la ocupación japonesa”. De Borja escribe como algunas familias vascas, como por ejemplo los Elizalde, Luzurriaga o Legarreta, se involucraron en la resistencia directa o indirectamente, mientras otras, como los Uriarte, Bilbao o Elordi, se unieron al movimiento de resistencia en Negros y Bisayas, y otras como Garchitorena, Oturbe u Ormaechea lo hicieron en la Península de Bicol. Entre la población vasco-filipina destaca una de las figuras más conocidas por la historiografía vasca (prácticamente una de las muy pocas hasta la publicación de este artículo, pues se trata de un nicho de memoria muy desconocido), Higinio Uriarte Zamacona, 'Gudari'. Nacido en La Carlota, Negros Occidental, en 1917, de padres vizcaínos, se convirtió en un destacado líder de la guerrilla en la Isla de Negros. De hecho, en 1962 publicó un libro autobiográfico titulado A Basque among the Negros Guerrilla. Uriarte, su primo Hilario Zamacona, y otros vasco-filipinos como Gabi Elordi y Tito Bilbao, fueron a su vez agentes del servicio de espionaje filipino, Allied Intelligence Bureau, que facilitaba información sobre los movimientos de barcos japoneses en Filipinas y hacía de enlace entre la resistencia y la flota de submarinos de la armada estadounidense. Otro miembro de la resistencia en Negros fue Fermín Goñi, de padre navarro y madre castellana. Nacido en 1922 en la ciudad de Iloílo de la Isla de Panay, Goñi participó junto con otras familias vasco-filipinas, incluidos los Isasi, Iturralde o Mendieta, en la guerrilla y colaboró con las tropas estadounidenses. Posteriormente, Goñi serviría en la 82ª División Aerotransportada del ejército estadounidense en Europa. Goñi, que fue entrevistado por uno de los autores de este blog, Pedro J. Oiarzabal, recordaba la impresión que le causó, y que bien pudiera hacerse extensible a la mayor parte de su generación: “Las atrocidades de las que fue testigo tanto en Filipinas como en Europa, la pérdida de familiares y de la inmensa mayoría de sus amigos y compañeros se convertirían en heridas que el tiempo no pudo más que mitigar y de las que rehuía hablar. Su voz se ahogaba en un silencio helador y las lágrimas inundaban sus ojos. Eran las únicas veces en las que le faltaban las palabras para poder expresar lo que sus ojos habían conocido”.

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Feliciano Novoa, el hombre que detuvo a los alemanes en el puerto de Urkiola

¡¡¡No caigas en el error de considerar como un sueño lo que puedes conseguir!!! (1)

No siempre puede el investigador tener la suerte de trabajar con las fuentes orales y las memorias, que para nosotros han sido siempre de consulta obligada para abordar nuestros estudios en la Asociación Sancho de Beurko. Uno de los riesgos de acudir a la memoria es, en primer lugar, la falta de precisión de esta, cuando no la deformación interesada. Siempre ha habido y habrá, porque es condición humana, personas interesadas en construirse una ficción que con los años se convierte en realidad, incluso para ellos mismos. Pero muy pocas veces tenemos la fortuna de encontrarnos con un relato tan honesto como el de Feliciano Novoa, pues parece escrito con ánimo de congraciarse con su vida (a pesar de que solo tuviese 30 años, pero muy intensos, cuando las escribió), aunque sobre todo ello lo que planea en realidad es la esperanza de servir a los fines de un mundo mejor. Un idealismo que no solo es reflejo de su propia inquietud intelectual —que sin duda mantuvo toda su vida, alimentada por muchas lecturas y su propio compromiso político, profundamente izquierdista, si bien alejado de todo protagonismo, confesando un marcado desprecio por la clase política-, sino que entronca con la visión que del mundo tenía toda su generación, la que creció en el periodo de entreguerras, en el que la vieja Europa, y concretamente la España de 1936 a 1939, se convirtió en el campo de batalla de todas las ideologías y en el refugio de todos los intelectuales (2).

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Vasco-americanos en la Batalla de Filipinas (1941-1942)

“El ataque aéreo a los campos de aviación de la isla principal de Filipinas, la de Luzón, nos cogió a todos por sorpresa y fueron numerosísimos los cazas ‘P-40’ destruidos en el suelo el primer día, sin poder despegar”, así da comienzo el relato en primera persona de Román Arruza Asorena —un joven soldado del ejército estadounidense reclutado en Manila mientras cursaba estudios universitarios de odontología-, que publicó en 1988 José Miguel Romaña en su libro La Segunda Guerra Mundial y Los Vascos. Era el 8 de diciembre de 1941. El 14º Ejército, bajo las órdenes del teniente general Masaharu Homma, iniciaba la invasión de Filipinas en el marco del expansionismo militar y colonial de Japón por el este y sureste asiático. Arruza, nacido en la ciudad de Iloílo, en la isla de Panay de la región de Bisayas Occidentales en 1920, era hijo de un prominente hacendado del azúcar y tabaco de Mungia (Bizkaia), Román Arruza Urrutia. Siendo un niño, la familia se trasladó a Durango (Bizkaia), pero el inicio de la sublevación militar de 1936 les empujó al exilio, primero a Francia, y de nuevo a Filipinas.

Tras el ataque sorpresa a Pearl Harbor, unas pocas horas antes del de Filipinas, los japoneses llevaron a cabo una campaña de múltiples y exitosos ataques a posesiones estadounidenses, británicas y holandesas. Durante los meses que duro la Batalla de Filipinas, Japón invadió Guam, Birmania, Borneo Británico, Hong Kong, Isla Wake, Islas Orientales Holandesas, Borneo Holandés, Java, Singapur, Sumatra, etc., etc.… habiendo que esperar hasta el inicio de junio de 1942 para encontrar el primer gran revés a las ambiciones japonesas de la mano de Estados Unidos (EEUU) con la victoria en la Batalla de Midway.

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De Finlandia a España vía Berlín: "niños de la guerra" vascos y asturianos en manos de la propaganda del régimen franquista (1941-1943)

Las historias que quedan en el olvido muy de vez en cuando surgen de modo espontáneo, unas veces a borbotones, otras solo nos permiten ver un poco, pero pocas veces lo hacen como consecuencia del conflicto de egos entre dos literatos empeñados en zaherirse como Curzio Malaparte y el conde Agustín de Foxá, como señalaron en su libro 'Combatientes vascos en la Segunda Guerra Mundial' (Desperta Ferro Ediciones, 2018  Guillermo Tabernilla —uno de los autores de este blog— y Ander González. Malaparte, el talentoso y rebelde escritor italiano cuyo nombre real era Kurt Erich Suckert, y el aristócrata español (igualmente, un escritor muy notable) coincidieron en una Finlandia en guerra a finales de 1941. Foxá, falangista de primera hora que escribió parte de la letra del “Cara al sol” y diplomático de carrera, ejercía en Helsinki de encargado de negocios de la embajada, pero en aquel momento era el único representante de una España que, recién salida de una cruenta guerra civil, compartía con la lejana Finlandia poco o nada, viéndose en la tesitura de tener que lidiar con un problema que surgió de repente cuando se encontró con la noticia de la presencia de hasta 21 niños de la guerra (principalmente vascos y asturianos) entre los miles de prisioneros rusos que el ejército finés había capturado en los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial (SGM) en el frente del Este. En realidad, para los fineses no era más que la guerra de continuación (así se llamó precisamente, para diferenciarla de la anterior: Guerra de Invierno o Talvisota), un conflicto territorial por la disputa de Carelia con la Unión Soviética en el que Finlandia, el único país democrático que tuvo una alianza con la Alemania nazi, aprovechó la llamada Operación Barbarroja (la invasión de la Unión Soviética por parte de las fuerzas del Eje) para resolver a su favor la cuestión fronteriza, lanzando sus fuerzas a una ofensiva que pilló a los soviéticos entre dos fuegos.

Pero empecemos por el principio. Esta historia comenzó en 1937, durante la Guerra Civil Española, en los puertos de Santurtzi y Gijón, desde los que partieron hacia la URSS sendas expediciones de niños —2.565 más su personal de apoyo— al final del frente norte (de otras partes de la España republicana partirían más, pero de mucha menor entidad). Cuatro años después de su llegada, quedaban en Leningrado, la llamada ciudad de los zares (actualmente ha retomado su antiguo nombre de San Petersburgo), más de un centenar de muchachos y muchachas alojados en la casa de jóvenes del nº 49 de la calle Mozhaiskaya. Se trataba de los mayores de 14 años (con edades hasta los 18 años) que habían sido seleccionados por sus aptitudes para recibir una formación técnica o profesional. Cuando, saltándose su pacto de no agresión, Adolf Hitler lanzó a sus divisiones contra la URSS el 22 de junio de 1941, el Ejército Rojo sufrió unas pérdidas incalculables en hombres y material y en Leningrado hubo que movilizar al pueblo, creándose en apenas un mes tres divisiones de milicias. Toda la ciudad se imbuyó del espíritu de las grandes gestas revolucionarias, que alcanzó a toda la población y tuvo grandísimo eco en todas las fábricas de su cinturón industrial en atención a la fuerza que allí tenía el movimiento obrero. Por supuesto, los miembros de la casa de jóvenes no fueron ajenos a este fervor y todos los que pudieron hacerlo —incluso mintiendo sobre su edad como dijo Maximino Roda al ser entrevistado por Tabernilla y González, hasta contabilizar un número cercano a los 76—  se incorporaron voluntarios al 3º Regimiento de la 3ª División de las Milicias del Pueblo, constituyendo un caso especial de entre todos los españoles que lucharon con los soviéticos en la Segunda Guerra Mundial, en primer lugar por su extrema juventud, en segundo por estar en una misma unidad (caso que solo se dio en la 4ª Compañía del OMSBON, siglas que corresponden a otdel’naya motostrel’kovaya brigada osobogo naznacheniya, o brigada motorizada independiente de fusileros de designación especial) y en tercer y último porque este alistamiento, tan temprano, fue ajeno al control de los líderes del Partido Comunista de España, que acabarían prohibiendo la incorporación de los exiliados republicanos a las filas del Ejército Rojo, aunque no lo conseguirían del todo, pues fueron muchos los que combatieron hasta el final de la guerra. Con apenas unos días de instrucción, los jóvenes partieron hacia Carelia desde la estación Finlyandsky y a primeros de agosto de 1941 ya combatían duramente con los fineses en la zona de Syandeba, donde muchos dejarían la vida (1). Durante cinco semanas de lucha en una tierra de bosques y pantanos, la 3ª División de Milicias del Pueblo, mal armada y equipada y peor formada, mermada por las numerosas bajas, consiguió evitar ser destruida en varias ocasiones, llegando hasta su destino final en Petrozavodsk, la capital de la Carelia rusa, siendo cercada y aniquilada el día 1 de octubre de 1941. En los campos fineses llegaron a  concentrarse durante la SGM hasta 64.000 prisioneros de guerra soviéticos, de los que 19.000 fallecieron en el cautiverio, lo que da idea del maltrato al que fueron sometidos.

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