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Asociación Sancho de Beurko

La Asociación Sancho de Beurko, una organización sin ánimo de lucro que estudia la historia de los vascos y navarros de ambas vertientes de los Pirineos en la Guerra Civil Española y en la Segunda Guerra Mundial

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Las tres apariciones marianas del capitán Carranza y el mito del euskera en la batalla de Guadalcanal

La publicación del trabajo sobre el mito del uso del euskera en la batalla de Guadalcanal en las páginas de la Revista Saibigain en 2017 (“El enigma del mito y la historia. Basque code talkers en la Segunda Guerra Mundial. La OSS y el Servicio Vasco de Información. La Organización Airedale”) por parte de dos de los autores de este blog, Pedro J. Oiarzabal y Guillermo Tabernilla, a pesar de haber tenido en su momento bastante revuelo mediático, parece haber pasado de soslayo por la historiografía vasca. Como si no hubiese existido o, lo que es peor aún, porque no la deja en buen lugar, nadie se atreviese a sondear por las cuestiones más polémicas de una colaboración con “el amigo americano” en un largo periodo que fue mucho más allá de la Segunda Guerra Mundial (SGM). Nosotros podemos entender perfectamente que haya quien se encuentre cómodo en su zona de confort dejándose mecer por cuestiones de este tipo (al fin y al cabo, para eso están los mitos), pero más preocupante es que alguien pueda pensar como Jesucristo en el huerto de los olivos: “Señor, aparta de mi este cáliz”.

Este ejemplo, por su naturaleza religiosa, nos viene muy bien como punto de arranque de una vida ficticia, la del capitán Ernesto o Frank Carranza, que está rodeada de cierta mistificación a tenor de lo poco que sabemos de él: una suerte de misterio en el que hay creer como auto de fe. Al fin y al cabo, esto entronca con algunas afirmaciones que hemos oído, más cercanas a la posverdad que a la propia historiografía (y mucho menos académica), que parecen insistir en convencernos de lo contrario de lo que parece, como si lo que todos ven blanco fuese en realidad negro. Veamos pues que sabemos de este personaje y porque su vida, o más bien sus apariciones (tres para ser más exactos), coinciden con períodos relevantes de la historia contemporánea vasca.

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Tres familias vasconavarras de California en la Segunda Guerra Mundial

Los bertsolaris Fernando Aire Etxart, “Xalbador”, bajo navarro, y Mattin Treku Inharga, labortano, llegaron a Estados Unidos (EEUU) en junio de 1960 para participar durante un mes en las fiestas vascas de La Puente, Bakersfield (California) y Reno (Nevada), y en el de la asociación francesa Les Jardiniers Français de San Francisco (California), la cual estaba integrada, entre otros, por un gran número de vascos y bearneses. El día 19 de junio en plena actuación de los dos berstolaris en el evento de Les Jardiniers, ante un público de 2.500 personas, y para consternación de los artistas y de sus compatriotas, se cortó la alimentación de sus micrófonos, intencionadamente según algunos e involuntariamente según otros.

Sea como fuera, la reacción de los más jóvenes, principalmente de origen bajo navarro, no se hizo esperar. Su decisión fue la de establecer antes de finalizar el mes de junio su propia organización bajo el liderazgo de Claude Berhouet, natural de Donazaharre (Baja Navarra) y propietario del Hotel de France de la ciudad de San Francisco. Nacía el Basque Club of California. En sus estatutos se recoge su propósito y objetivos: “fomentar el bienestar de todas las personas de la región vasca de Francia y España por nacimiento o descendencia, y promover su bienestar social, recreativo, intelectual, cultural, físico y moral”. Entre los miembros fundadores de esta nueva asociación vasca de la diáspora se encontraba Baptiste Etchepare, veterano del ejército estadounidense de la Segunda Guerra Mundial (SGM). Nacido en 1908 en Mendibe, Baja Navarra, emigró a Estados Unidos con 23 años. En el momento de su alistamiento trabajaba como leñador en Standard, California. La vida en el cuartel no era algo extraño para Baptiste ya que había servido en el ejército francés antes de abandonar el país. Consiguió la ciudadanía estadounidense en la base de la Fuerza Aérea de Chanute, Illinois, en 1943 con la “leve” anécdota de que su nombre fue oficialmente cambiado al de “Baptis Etche”. Se licenció con honores el 10 de octubre de 1945 con el rango de soldado de primera clase y recibió la Medalla de Buena Conducta.

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La memoria del exilio y el aniversario de la liberación de París

Hace seis años se expuso en el Museo Guggenheim de Bilbao la muestra L’art en guerre que trataba en buena parte de las obras producidas en la Francia ocupada por los nazis, un periodo de cuatro años (1940-1944). Con motivo de aquella exposición Guillermo Tabernilla, coautor de este blog, fue entrevistado por Gerardo Elorriaga para el suplemento GPS de El Correo, y recuerda que le impresionó vivamente que en los textos del catálogo se ponía en evidencia la incapacidad de los franceses para hacer frente a sus propios fantasmas, y en este caso uno especialmente insalvable: el colaboracionismo de sus artistas e intelectuales con los ocupantes nazis. Habló de todo esto al comienzo de su libro Combatientes vascos en la Segunda Guerra Mundial    (SGM), ponía en evidencia la contradicción que aun hoy existe en la sociedad francesa a cuenta de su memoria reciente, a pesar de que se entiende perfectamente lo difícil que tiene que ser admitir que las artes floreciesen durante la ocupación nazi y aceptar el precio pagado por ello. ¡Qué decir de la participación de extranjeros entre las fuerzas de liberación!

De Charles de Gaulle se ha ponderado siempre en el país vecino la persistencia rayana con la intransigencia, la tozudez, el hacer rancho aparte incluso contracorriente (ese chauvinismo legendario) para reclamar la pervivencia de su proyecto de una Francia Libre desde aquel día 14 de julio de 1940 en el que, para conmemorar el día nacional, se atrevió a lanzar un mensaje al mundo poniendo a desfilar delante de la estatua del mariscal Foch en Grosvenor Gardens (Londres) a sus poco más de 1.000 leales, contraviniendo la legalidad de un país que ya había capitulado. Entre ellos había un centenar [1] de exiliados republicanos procedentes de la 13e Demi Brigade de la Legión Extranjera, y un número incluso superior de expatriados de todas partes. Un enorme ejército colonial (equipado primero por el Reino Unido y después por los EEUU), formado durante el largo periplo norteafricano entre 1940 y 1943, desembarcó en el territorio metropolitano en el verano de 1944 y contribuyó a la retirada de los alemanes por detrás del Rin y a su posterior derrota. Se trataba de un ejército que reclamaría un protagonismo desmedido entre las fuerzas de ocupación, pues la dependencia que se tenía de las potencias aliadas era total.

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