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Carmen Quintana Cocolina

Escritora y periodista (Santander, 1986). Vive en Reikiavik donde está realizando un programa de doctorado en Literatura Española y Periodismo en la Universidad de Islandia y la Universidad Complutense de Madrid. Su primera novela se titula 'Felicidad' (El Desvelo, 2017). En 2016 recibió el accésit del Premio José Hierro de Relato otorgado por el Ayuntamiento de Santander por su colección de relatos 'Lugares' (El Desvelo, 2016). Es profesora de escritura creativa en la Escuela de Escritores de Madrid y colabora con la Asociación Europea de Programas de Escritura Creativa (EACWP en sus siglas en inglés). En eldiario.es Cantabria escribe sus columnas bajo el título 'Historias del revés'.

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Pippi Thunberg

Asombra pensar que Greta Thunberg haya inspirado a toda una red internacional de estudiantes que se manifiestan periódicamente en contra del cambio climático con solo dieciséis años. Esta joven adolescente sueca con cara aniñada, expresión seria y dos trenzas largas que le caen sobre el pecho y recuerdan a la entrañable Pippi Långstrump, se ha hecho mundialmente conocida desde que, en agosto de 2018, comenzó a protestar ante el Parlamento sueco para exigirles medidas contra el cambio climático. Primero hizo huelga todos los días durante dos semanas saltándose las clases del colegio y después de las elecciones generales de Suecia del 9 de septiembre, siguió protestando en la plaza frente al Parlamento todos los viernes durante la jornada escolar hasta hoy.

Viniendo de una familia de artistas, —su madre, Malena Ernman, es una conocida soprano y su padre, Svante Thunberg, un actor sueco—, tanto Greta como su hermana pequeña, Beata, seguramente hayan gozado de un ambiente familiar creativo en el que poder desarrollar sus ideas con libertad. Mientras Beata sigue los pasos de su madre, Greta ha tomado las riendas de la salvaguarda del planeta para no dejar que los intereses económicos y la avaricia humana lo sigan pisoteando. Y no es un camino fácil. Recientemente en una charla que dio en TEDx Estocolmo sobre el calentamiento global, Greta explicaba que a los once años cayó en una depresión muy fuerte, dejó de comer y de hablar y perdió más de diez kilos en dos meses. Los médicos le diagnosticaron síndrome de Asperger, trastorno obsesivo compulsivo y mutismo selectivo, "lo que quiere decir que solo hablo cuando creo que es necesario, y ahora es uno de esos momentos", expresaba con semblante serio.

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El acoso a la democracia

Hace unos días apareció una noticia que para los haters del desayuno habrá sido una fiesta, pero para mí ha supuesto un hachazo a mi felicidad: nuevos estudios confirman que el desayuno no es la comida más importante del día. Con lo que me gusta, con todas las horas del fin de semana que he invertido desayunando. Pues nada. Me enteré precisamente mientras desayunaba y encima con todo el lío de la concentración por la patria se me atragantó la tostada y decidí ponerme a escribir este artículo.

Me senté a escribir como quien se pone a hervir el agua antes de saber qué va a cocinar. Y, ¿ahora qué? No hay prisa, todavía queda un rato hasta que empiece a hervir el agua y unas quinientas palabras por delante para poder expresarme. Repasando la política a nivel autonómico la mayoría me tiene bastante cansada: el mitin del PSOE al que Sánchez acudió para apoyar la candidatura de Casares a la alcaldía de Santander en las próximas elecciones me aburre porque está lleno de frases hechas y circunloquios. "Es una persona cabal, formada y recta", dice Sánchez sobre Casares. Pues solo faltaba que fuera desproporcionado, inmaduro o parcial. Hay que echarle un poco más de salero, ¿dónde está la elocuencia del que habla? No estoy diciendo que nos cuente que Casares es un dragón que quiere volar alto y echa fuego lírico por la boca, pero algo más de retórica y pensamiento detrás de lo que se dice no estaría de más, aunque tu público se forme de simpatizantes.

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La debilidad

La debilidad despierta compasión, oportunidad o recelo. Basta con observar nuestro entorno. Pasadas las fechas navideñas, he venido a escribir a una cafetería situada frente a la Segunda playa de El Sardinero. En realidad, no he venido yo por mi propio pie, me han traído, porque mi rodilla no anda bien. He tenido un pequeño accidente que me ha dejado algo lisiada, un poco coja, vamos, con la rodilla bloqueada y progresivamente hinchada.

Me he sentado junto a la cristalera desde donde puedo ver el exterior. El camarero, que levanta una ceja al verme pasar con mi balanceo, ha esperado a que me aposentara para tomarme nota. Después me ha traído el mediano que le he pedido y una palmerita de hojaldre para amenizarlo. Tras el ventanal puedo ver un grupo de gorriones que se mueven ágiles por la terraza. Los envidio. No solo vuelan, también saltan de una silla vacía a otra, dan pequeños pasos por las mesas solitarias y se meten en las macetas de barro colocadas sobre las baldas de una estantería de metal alineada a un lado de la terraza. Son siete gorriones. Me fijo en que los pájaros desfilan de un tiesto a otro y pican las hojas de las plantas. Algunos se acurrucan esponjados y adheridos a la tierra del interior de las vasijas, resguardándose del nordeste que hoy pega fuerte y dibuja pequeñas crestas de espuma que corren veloces sobre el mar hacia la playa.

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Cuento de invierno

La estación de esquí de Alto Campoo presentó hace unos días su temporada 2018/2019. Con esta, serán cincuenta y cuatro temporadas haciendo felices a los esquiadores más virtuosos, a los patosos, a los instruidos, a los esquiadores domingueros, a los primerizos, a los que suben hasta allí por el placer de tomar un chocolate caliente en la cafetería El Chivo o de crear un ángel sobre la nieve virgen después de un animado viaje en telesilla, a los que después de la undécima vez montándose en las perchas saben cuál será la parte del cuerpo que más les dolerá al día siguiente.

La primera vez que ascendí al pico Tres Mares tenía dieciséis años. Digamos que no era una esquiadora prodigio: mi bautizo en la nieve de aquellas montañas había sido tan solo tres años antes y desde entonces había ido a Alto Campoo un día al año, dos con suerte. Recuerdo que, desde la cima, la pendiente era demasiado escarpada para mis ojos y que tanto a mi amiga María –para quien era también su primera vez– como a mí, nos entró ese repentino desasosiego que pone en cuestión la identidad personal y la cordura. ¿Soy yo la que está realmente viviendo este momento? ¿Cómo se me ha ocurrido llegar hasta aquí? ¿Y si nunca jamás puedo bajar de esta montaña? Esa ansiedad en apariencia ilógica y tan humana. Esa ansiedad que aquel día se tradujo en una risa adolescente e imparable. Esa ansiedad que contradictoriamente nos indujo a quedarnos muy quietas; nuestros cuerpos enclavados en la nieve como los postes del telesilla: férreos, fríos, inmutables.

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¿Por qué corre Forrest Gump?

¿Qué hace a algunas personas dejarlo todo y replantearse su vida? Hace unas semanas un caminante británico recorrió el paisaje cántabro con su mochila, su bicicleta y su perro. No es deportista ni está haciendo el camino de Santiago por la costa. Este bombero retirado lleva doce años caminando por el mundo, solo por la alegría que le supone recorrer el planeta. Algunos podrían decir que tiene algún tipo de problema mental: "es un papanatas, dejarlo todo y ponerse a caminar, ¡pamplinas!". No obstante, Martin Hutchinson tiene un objetivo: pregonar su mensaje ecologista a quienes le escuchan. Hay que cuidar del planeta, dice, mi mejor amigo. Ha estado en numerosos colegios a lo largo de su travesía de más de 100,000 km; entre ellos, en dos de Castro Urdiales y Colindres, a su paso por Cantabria, y comenta que los niños escuchan, pero al final se fijan en las malas actitudes de los adultos.

La proeza de Hutchinson no está en echarse a andar, todos podemos hacer esto, sino en tener un objetivo que lo acompaña. En muchos momentos de nuestra vida andamos o corremos sin rumbo fijo, perdiendo gran parte de nuestro tiempo porque no tenemos una meta clara. Estamos corriendo como Forrest Gump, sin sentido, como pollos sin cabeza, ya sea en el trabajo o en lo personal. A las órdenes de no sé qué jefe, de no sé qué importante proyecto, o con un trabajo precario que no conduce más que a otro trabajo precario, o trabajando en algo que no nos gusta y viviendo con la falsa ilusión de que la oportunidad simplemente llamará a nuestra puerta. En la vida íntima, desperdiciando tiempo en relaciones de amor o amistad que no nos convienen, o en pantallas de móvil que no nos dejan ver a quien tenemos al lado…

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El precio de la vainilla

En Cantabria vamos un poco a nuestro aire con el tema de las torrijas. No las llamamos torrijas sino torrejas o tostadas, y no las comemos en Semana Santa sino en Navidad. La torrija lleva mucha preparación y unos ingredientes muy básicos: leche, pan, huevos, aceite, canela, azúcar. Hay también quien añade la cáscara del limón o la naranja.

Las pasadas Navidades decidí hacer unas torrejas sustituyendo la canela por vainilla y fue toda una aventura. Me recorrí Santander en busca de vainas de vainilla –porque ya que iba a utilizar vainilla no quería que fuera extracto de vainilla o vainilla sintética sino auténtica, así de hípster fue la cosa. No di con las vainas en ningún supermercado; al final me acerqué a una tienda gourmet de referencia en Santander y allí un agradable señor me trajo el ansiado frasquito que costaba casi cuatro euros por una vaina. Lo compré aturullada, feliz de haberlo encontrado al fin, y con la ayuda de los ahorros de mi prima porque yo no llevaba suficiente cambio. Salí exultante de la tienda, como si hubiera hallado el Santo Grial cuando, para mi sorpresa, al mirar el bote transparente de nuevo, percibí que la vaina estaba más reseca de lo normal –yo no soy ninguna experta, pero estaba realmente seca–, y solo entonces, se me ocurrió mirar la fecha de caducidad, "consumir preferentemente antes del: 02/2015". Probablemente era la primera persona en tres años que había decidido comprar una vaina de vainilla por casi cuatro euros. Quise maldecir al hombre amable que me ofreció el bote, pero pensé en uno de los cuentos de Concha Espina, El buen mundo, que cuenta la historia de un adorable viejito que vende el mundo por la calle mientras predica que "el mundo es bueno"; nadie a su alrededor le hace caso porque están concentrados en lo suyo, mirando sin ver. Concluí que era yo la que tenía que haber verificado la fecha de expiración antes de comprar aquella vaina de esparto.

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De cuentos y realidades

El último libro que he leído, El cuento de la criada, me ha dejado –además de asombrada por la prosa aguda y en apariencia sencilla de Atwood– pensando en cómo un mundo distópico que parece aberrante e imposible de reproducirse en la sociedad en que vivimos, que se mueve hacia la igualdad entre hombres y mujeres, puede sin embargo tener ciertas similitudes con nuestra realidad.

En la novela, la sociedad está dividida en castas, los hombres según su riqueza y las mujeres según sus capacidades reproductivas. La protagonista, Defred, es una criada, una mujer fértil que se ha convertido en un útero andante, una vasija donde guardar fetos fecundados por sus dueños, los comandantes, que son los hombres más ricos, los que ostentan el poder en la sociedad, y tienen derecho a una esposa –o cuidadora de bebés–, una criada –o esclava sexual– y sirvientas. El día que esos bebés nacen son dados a otras mujeres, las esposas de los comandantes, para que los cuiden junto a las sirvientas, todas ellas estériles por culpa de una epidemia de infertilidad, derivada de la polución, los vertidos tóxicos y otros factores que ahora no vienen al caso.

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