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Carmen Quintana Cocolina

Escritora y periodista (Santander, 1986). Vive en Reikiavik donde está realizando un programa de doctorado en Literatura Española y Periodismo en la Universidad de Islandia y la Universidad Complutense de Madrid. Su primera novela se titula 'Felicidad' (El Desvelo, 2017). En 2016 recibió el accésit del Premio José Hierro de Relato otorgado por el Ayuntamiento de Santander por su colección de relatos 'Lugares' (El Desvelo, 2016). Es profesora de escritura creativa en la Escuela de Escritores de Madrid y colabora con la Asociación Europea de Programas de Escritura Creativa (EACWP en sus siglas en inglés). En eldiario.es Cantabria escribe sus columnas bajo el título 'Historias del revés'.

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¿Por qué corre Forrest Gump?

¿Qué hace a algunas personas dejarlo todo y replantearse su vida? Hace unas semanas un caminante británico recorrió el paisaje cántabro con su mochila, su bicicleta y su perro. No es deportista ni está haciendo el camino de Santiago por la costa. Este bombero retirado lleva doce años caminando por el mundo, solo por la alegría que le supone recorrer el planeta. Algunos podrían decir que tiene algún tipo de problema mental: "es un papanatas, dejarlo todo y ponerse a caminar, ¡pamplinas!". No obstante, Martin Hutchinson tiene un objetivo: pregonar su mensaje ecologista a quienes le escuchan. Hay que cuidar del planeta, dice, mi mejor amigo. Ha estado en numerosos colegios a lo largo de su travesía de más de 100,000 km; entre ellos, en dos de Castro Urdiales y Colindres, a su paso por Cantabria, y comenta que los niños escuchan, pero al final se fijan en las malas actitudes de los adultos.

La proeza de Hutchinson no está en echarse a andar, todos podemos hacer esto, sino en tener un objetivo que lo acompaña. En muchos momentos de nuestra vida andamos o corremos sin rumbo fijo, perdiendo gran parte de nuestro tiempo porque no tenemos una meta clara. Estamos corriendo como Forrest Gump, sin sentido, como pollos sin cabeza, ya sea en el trabajo o en lo personal. A las órdenes de no sé qué jefe, de no sé qué importante proyecto, o con un trabajo precario que no conduce más que a otro trabajo precario, o trabajando en algo que no nos gusta y viviendo con la falsa ilusión de que la oportunidad simplemente llamará a nuestra puerta. En la vida íntima, desperdiciando tiempo en relaciones de amor o amistad que no nos convienen, o en pantallas de móvil que no nos dejan ver a quien tenemos al lado…

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El precio de la vainilla

En Cantabria vamos un poco a nuestro aire con el tema de las torrijas. No las llamamos torrijas sino torrejas o tostadas, y no las comemos en Semana Santa sino en Navidad. La torrija lleva mucha preparación y unos ingredientes muy básicos: leche, pan, huevos, aceite, canela, azúcar. Hay también quien añade la cáscara del limón o la naranja.

Las pasadas Navidades decidí hacer unas torrejas sustituyendo la canela por vainilla y fue toda una aventura. Me recorrí Santander en busca de vainas de vainilla –porque ya que iba a utilizar vainilla no quería que fuera extracto de vainilla o vainilla sintética sino auténtica, así de hípster fue la cosa. No di con las vainas en ningún supermercado; al final me acerqué a una tienda gourmet de referencia en Santander y allí un agradable señor me trajo el ansiado frasquito que costaba casi cuatro euros por una vaina. Lo compré aturullada, feliz de haberlo encontrado al fin, y con la ayuda de los ahorros de mi prima porque yo no llevaba suficiente cambio. Salí exultante de la tienda, como si hubiera hallado el Santo Grial cuando, para mi sorpresa, al mirar el bote transparente de nuevo, percibí que la vaina estaba más reseca de lo normal –yo no soy ninguna experta, pero estaba realmente seca–, y solo entonces, se me ocurrió mirar la fecha de caducidad, "consumir preferentemente antes del: 02/2015". Probablemente era la primera persona en tres años que había decidido comprar una vaina de vainilla por casi cuatro euros. Quise maldecir al hombre amable que me ofreció el bote, pero pensé en uno de los cuentos de Concha Espina, El buen mundo, que cuenta la historia de un adorable viejito que vende el mundo por la calle mientras predica que "el mundo es bueno"; nadie a su alrededor le hace caso porque están concentrados en lo suyo, mirando sin ver. Concluí que era yo la que tenía que haber verificado la fecha de expiración antes de comprar aquella vaina de esparto.

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De cuentos y realidades

El último libro que he leído, El cuento de la criada, me ha dejado –además de asombrada por la prosa aguda y en apariencia sencilla de Atwood– pensando en cómo un mundo distópico que parece aberrante e imposible de reproducirse en la sociedad en que vivimos, que se mueve hacia la igualdad entre hombres y mujeres, puede sin embargo tener ciertas similitudes con nuestra realidad.

En la novela, la sociedad está dividida en castas, los hombres según su riqueza y las mujeres según sus capacidades reproductivas. La protagonista, Defred, es una criada, una mujer fértil que se ha convertido en un útero andante, una vasija donde guardar fetos fecundados por sus dueños, los comandantes, que son los hombres más ricos, los que ostentan el poder en la sociedad, y tienen derecho a una esposa –o cuidadora de bebés–, una criada –o esclava sexual– y sirvientas. El día que esos bebés nacen son dados a otras mujeres, las esposas de los comandantes, para que los cuiden junto a las sirvientas, todas ellas estériles por culpa de una epidemia de infertilidad, derivada de la polución, los vertidos tóxicos y otros factores que ahora no vienen al caso.

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