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Elina Viilup

Investigadora principal y coordinadora del programa Europa de CIDOB. Ha trabajado como consejera para el Secretario General y para el Comité de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo. Sus áreas de interés prioritarias son la política exterior de la UE, en particular hacia la Europa del Este y el proceso de ampliación, la reforma institucional de la UE y el funcionamiento de las instituciones. Es Máster en Estudios Europeos Adelantados en Políticas Europeas, Derecho Europeo y Economía de la Integración Europea por la Universidad de Basilea, Suiza. Ha obtenido además el Diploma de Posgrado en Relaciones Internacionales e Integración Europea en la Escuela Diplomática de Estonia. Es licenciada en Lengua y Literatura Inglesa, y en Administración Pública por la Universidad de Tartu, Estonia.

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La elección de Juncker, entre la historia y la histeria

Hace algo más de tres meses, en un seminario celebrado en Bruselas, pudimos escuchar esta curiosa confesión de una eurodiputada socialdemócrata: prefería que el Partido Popular Europeo ganase, por un único escaño de diferencia, las elecciones de mayo. No se trataba de una disidente con Martin Schulz ni mucho menos una traidora a la causa progresista. Al contrario, estamos hablando de alguien cercana al núcleo central del Partido de los Socialistas Europeos que, sin embargo, aspiraba ante todo a asegurar que el resultado electoral fuese esta vez determinante para designar el futuro presidente de la Comisión.

Con ese fin, todas las familias ideológicas del Parlamento Europeo (salvo conservadores euroescépticos y ultranacionalistas eurófobos) habían hecho una lectura audaz del Tratado de Lisboa designando candidatos a ese puesto, de modo parecido a como se hace para elegir un primer ministro nacional. Un paso quizás percibido como modesto por la desencantada opinión pública europea pero con gran potencial politizador. Si el jefe del poder ejecutivo europeo empezaba a emanar del voto popular y no de un arreglo intergubernamental, se estarían poniendo las bases de un doble avance democrático. Por un lado, las elecciones europeas podrían dejar de ser una colección de 28 votaciones separadas dominadas por debates nacionales -que es lo que básicamente son ahora- para pasar a convertirse en un auténtico proceso con entidad propia, capaz de determinar el rumbo político de esa UE que tanto nos afecta. Por otro lado, sería posible una Comisión más autónoma de los estados miembros y con un líder que rendiría cuentas por igual a un alemán o un chipriota.

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