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Fernando Repiso

Licenciado en Investigación y Técnicas de Mercados, máster en Administración de Empresas y experto en Desarrollo Local por Naciones Unidas. Mi carrera ha estado ligada a la Administración Pública y vinculada a los ámbitos de turismo, iniciativas empresariales, comunicación e industria agroalimentaria.

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SÍ, pero NO. A vueltas con la EPA

Le decía esta misma mañana una señora a otra, ambas en torno a los 40 años, en una cafetería de una céntrica calle sevillana algo parecido a “Te lo digo en serio, para nosotros ir al cine se ha convertido en un lujo. Desde que en (la empresa XXXXX) le han cambiado el contrato a mi marido, con más horas y menos sueldo, nos cuesta Dios y ayuda llegar a final de mes”. A lo que su interlocutora le respondía algo así como “Dímelo a mí, que teniendo como tengo dos niños, cualquiera se plantea ir al cine. El precio de las entradas se ha vuelto prohibitivo, pero ni a mi marido ni a mí nos han subido el sueldo desde hace ya ni me acuerdo. Como están las cosas, no hay más remedio que priorizar los gastos, y el cine puede esperar.”

Lo que a uno le ha llevado a pensar que las buenas noticias hay que recibirlas como tales, con optimismo, satisfacción y esperanza de un mejor momento, aunque por otra parte también hay que saber alejarse de la euforia y de fútiles cantos de victoria apresurados. No vaya a ser que se nos caiga el cántaro de la leche por el camino y la liemos. Otra vez.

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Los muertos del verano

No me gusta el verano o, precisando, no me gusta el verano en Sevilla. No soporto los 40 (y más) grados a la sombra, la bajada de tensión, el sudor, los humores y la propensión a ver muertos por todas partes: sí, como el niño de “El Sexto Sentido”, en ocasiones… veo muertos. Sobre todo en verano. 

Veo muertos, por ejemplo, cada vez que ponen en televisión las imágenes de un encierro de San Fermín. Sigo sin entender que, bien empezado ya el siglo XXI, nos congratulemos de que una de nuestras cartas de presentación ante el mundo sean unos callejones atestados de gente, por el que corre despavorida una manada de toros espoleada por decenas, cientos de mozos, cuyo único afán es provocar a los astados para que estos se cabreen e intentar acto seguido librarse de una merecida cornada. Ni le veo la gracia ni me da pena cuando un toro –ejerciendo de toro- arremete contra uno de esos mozos. Se lo ha buscado: pudo elegir entre correr o no correr. El toro, no.

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Como el agua

La transparencia, el acceso a la información pública y las normas de buen gobierno deben ser los ejes fundamentales de toda acción política. Sólo cuando la acción de los responsables públicos se somete a escrutinio, cuando los ciudadanos pueden conocer cómo se toman las decisiones que les afectan, cómo se manejan los fondos públicos o bajo qué criterios actúan nuestras instituciones podremos hablar del inicio de un proceso en el que los poderes públicos comienzan a responder a una sociedad que es crítica, exigente y que demanda participación de los poderes públicos

Bonito, ¿verdad? Suena bien. Claro y transparente como el agua. El párrafo anterior es el principio del preámbulo de la Ley 19/2013, del 9 de diciembre, de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Buen Gobierno. Aprobada, como todas las leyes, por el Congreso de los Diputados. Esta lo fue el pasado 28 de noviembre con el apoyo del PP y del espectro nacionalista (CiU, PNV, Coalición Canaria, UPN y Foro), y el rechazo del PSOE, Izquierda Plural, UPyD y el resto del grupo mixto. Significativa especialmente la negativa del PSOE por motivos “de contexto”, esto es, por la sombra alargada de Bárcenas, más que por desacuerdo con el texto normativo.

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Privatiza, que algo queda

Lo siguiente forma ya parte de la Historia: en 1996 el primer ministro británico conservador John Major, como colofón a una serie de grandes privatizaciones de servicios públicos llevadas a cabo por su predecesora en el cargo, la también conservadora Margaret Thatcher, hacía lo propio con la British Rail (la RENFE británica).  Dinero efectivo, contante y sonante para las arcas públicas del Reino Unido. Dos años después comenzaron los graves accidentes ferroviarios (en uno de ellos hubo 31 muertos) y ya con el laborista Toni Blair en el Gobierno, en 2001, el Estado tuvo que volver a hacerse cargo de una compañía desastrosa que había llevado a la UVI al servicio ferroviario más antiguo de Europa.

Lo que viene a continuación ocurrió el viernes pasado. No, no tiene nada que ver con la derrota de la selección española de fútbol ante la holandesa, sino con los acuerdos del Consejo de Ministros, algo mucho más aburrido, qué duda cabe. Mientras tres cuartas partes de España soñaba con, y se preparaba para la que tenía que haber sido una nueva tarde gloriosa de La Roja, el Gobierno de Rajoy y sus muchachos acordaban la entrada de capital privado en AENA y en RENFE. Así, nada de nocturnidad ni alevosía, sino todo lo contrario: a plena luz del día, con luz, taquígrafo y grandes dosis de demagogia.

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2 REAL-idades

Desde este lunes a las 10.30 de la mañana hasta este martes, cuando se publique esta columna en www.eldiario.es, la brecha se habrá hecho un poco, por no decir bastante más ancha y profunda. La que de momento une más que separa dos realidades muy diferentes en torno a la abdicación de Juan Carlos I y la coronación del próximo Felipe VI.

Por un lado, está la realidad oficial. Institucional, propagandística y mediática. Aquella que no ha escatimado en halagos, semblanzas favorables, reseñas bondadosas, estimulantes apologías, prácticamente hagiografías. Juan Carlos ya no es rey, pero tampoco es hombre. Es un superhéroe que salvó a esta gran nación (vale, de naciones) que es España de las oscuras garras de la dictadura para elevarla a la categoría de democracia moderna, cuya marca y bandera ha embajado como nadie por los cinco continentes, sorteando en el camino un fallido golpe de estado de corte decimonónico, algunos problemillas familiares con la justicia y varias operaciones de cadera. Todo ello, eso sí, salpimentado con bonhomía, su carácter bonachón, su cercanía al pueblo, su don de lenguas y su gracejo simpar. Un grande hasta en sus momentos más bajos: Lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir. Un buen tipo.

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Abstinentes del PP

Dijo el miércoles pasado Arias Cañete que “El debate con una mujer es complicado. Si demuestras superioridad intelectual o la acorralas, es machista” y se quedó tan pancho.

Tamaña chulería le sirvió al candidato del PP a las elecciones al Parlamento Europeo para justificar su nerviosismo y su derrota en el debate televisado ante su oponente socialista Elena Valenciano.

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Jóvenes

¿Qué pensarán? Uno, que está ya en la cuarentena, tiene que admitir sin ambages que le empieza a costar trabajo acercarse al modo y manera en que piensan los (más) jóvenes. Qué les mueve, qué les conmueve. Claro que tiene a su alrededor sobrinos y otros especímenes en esas edades acordeón: para según qué cosas o ámbitos estadísticos lo mismo alcanzan la treintena que se te quedan raspando la veintena, pero reconoce que evidentemente no es lo mismo. Qué va a ser lo mismo.

A uno le preocupan muchas cosas que están sucediendo, aunque sepa que no van a afectarle directamente a él, pero se teme que sí a ellos, y mucho. Sin embargo, a veces se le pasa por alto el detalle de estar mirando con prismáticos de los cuarenta y pico años las realidades de los veintitantos o los diecialgo. Y entonces es donde rechina la cosa.

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Los muertos

Ahora que según la mitología cristiana se acaba de conmemorar la resurrección del Cristo, precisamente ahora, le da a uno por pensar en los muertos.

Es la nuestra, la española, una sociedad que convive muy bien con la muerte. Nos gustan los muertos. Entiéndaseme bien. Nos gustan los muertos ilustres. No cualquier muerto nos vale. Hay muertos y muertos.

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Y encima, agradecido

Sí, lo peor de todo es que, encima, vamos a tener que estar agradecidos.

Después de seis años de destrucción de empleo, las cifras empiezan a ser algo alentadoras. La pasada semana nos enteramos de que el número de afiliados a la Seguridad Social aumentó en marzo en casi 84.000 personas, alcanzando los casi 16,3 millones. Comparado con el mismo mes del año pasado, son 115.000 más, la mejor cifra desde el aciago 2008, inicio oficial de la crisis.

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Lo increíble, pero cierto

Los tintes de ciencia ficción (LOST) que está adquiriendo la desaparición el pasado 8 de marzo del vuelo MH370 de Malaysia Arlines mientras cubría la ruta Kuala Lumpur-Pekín con 239 personas a bordo están dejando a medio mundo asombrado. Hechos como éste se empeñan en mostrar con frecuencia aquello de que la realidad supera a la ficción. Y con creces. Esto se lo cuentan a uno y lo primero que hace es arquear las cejas y mirar al interlocutor con desconfianza. Antes uno se lo creía todo. Ahora cuesta creer algo. Por ejemplo, a uno le cuesta creer que el Gobierno turco haya decidido bloquear Twitter en su país, en un acto desesperado de censura para evitar las acusaciones de corrupción a los que sus ciudadanos lo están sometiendo. Un corte de la red social del pajarito no exento de chulería: "Limpiaremos Twitter, no me importa lo que diga la comunidad internacional al respecto", ha dicho el primer ministro de un país que en ocasiones ha jugado a integrarse en la UE. Uno, que de política internacional entiende lo justito, se pregunta si este es el camino para una futura anexión. Hablando de asalto a los derechos fundamentales, también se pregunta uno si será verdad que el Frente Nacional de Le Pen vaya a conseguir los mejores resultados de sus 42 años de historia en las elecciones municipales que se están celebrando en Francia. Uno no termina de creerse que los ciudadanos del país de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad opinen que "sería bueno que mi ciudad tuviera un alcalde de extrema derecha". Uno, que de historia sabe lo necesario para andar por casa, se acuerda de la Revolución Francesa o de Mayo del 68 y se pregunta cómo ha podido cambiar tanto la cosa y en tan poco tiempo. Haciendo ya una primera escala en España en este vuelo de cosas increíbles, uno tampoco se cree que el juez instructor del caso Nóos, José Castro, le haya entregado a Diego Torres, exsocio del marido de la infanta desmemoriada, la ridícula cantidad de 271.272 euros de los fondos que le fueron intervenidos ante los "gravísimos problemas" que atraviesa y que afectan a su "propia subsistencia personal". Bueno, que se los haya entregado sí, se lo cree uno, pero que sea para subsistencia personal… Uno, que de economías domésticas conoce lo justo para llevar a duras penas la suya propia, se pregunta qué se comerá los sábados en la casa del exsocio, en lugar de paella o puchero, como se come en la casa de uno, salvo honrosas y señaladas excepciones. La siguiente escala es en Madrid. Uno lo oye y no termina de creerse que el presidente de la Comunidad, Ignacio González (PP), haya dicho en el parlamento capitalino que "las mismas cosas que están en su manifiesto las encuentras en el programa político de Amanecer Dorado, un grupo neonazi griego", refiriéndose a los 150 colectivos que conformaban las 6 columnas de la Marcha por la Dignidad. Colectivos como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, el Sindicato Andaluz de los Trabajadores o la propia Izquierda Unida. Que lo haya dicho y que se haya quedado tan pancho. Uno, que observa absorto los retrocesos en derechos a los que estos señores nos someten, y que apenas sabe nada, ni quiere saber, de ultraderechas, se pregunta cómo se puede ser tan obsceno, tan poco respetuoso y tan chulo. Ah, y las cifras oficiales de asistencia a la manifestación sí que son increíbles. Por último, y ya en Andalucía, uno no termina de creerse que la retirada del recurso de inconstitucionalidad ante la reapertura de la mina de Aznalcóllar que había interpuesto el PP se haya debido "sólo" a que la Junta de Andalucía haya reconocido que la competencia es estatal, como reclamaba en el propio recurso el Gobierno de la nación. Uno, que de Derecho ha estudiado lo justito, se pregunta por qué no lo hablaron antes de llegar a las manos (del Tribunal Constitucional, se entiende). Más bien parece que la avalancha de críticas por parte de partidos, sindicatos, empresarios y sobre todo de ciudadanos de la comarca, que esperan como agua de mayo la reapertura y los empleos que ésta pueda generar, les han mostrado tarjeta amarilla a los de Madrid. Fin del trayecto. De momento, me temo.

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