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Ferran Martínez i Coma

Sociólogo y politólogo, doctor miembro del Instituto Juan March. He publicado en varias revistas académicas nacionales e internacionales. Trabajo como profesor en Griffith University, en Queensland, Australia. Me interesan diversas vertientes del comportamiento electoral. Es un placer compartir esta columna con todos vosotr@s.

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¿Voto obligatorio?

En una entrada anterior escribí sobre los antecedentes en el establecimiento del voto obligatorio, basándome en su puesta en marcha en Australia y en Holanda. Mostré dos cosas. La primera es que la introducción del voto obligatorio responde a motivos estratégicos: los partidos que lo aprueban en un momento concreto esperan -acertadamente o no- que les beneficie. La segunda es que, a la luz de la experiencia histórica que presentaba, quedaba claro que el voto obligatorio ni es una medida progresista ni conservadora.

En esa entrada también escribía que habría un segundo artículo en el que presentaría algunas razones por las que considero que adoptar el voto obligatorio sería positivo para nuestra democracia. Parto de dos premisas. Primera, sabemos que la participación no es aleatoria y que algunos grupos de individuos votan con mayor frecuencia que otros. Dicho de otro modo, la participación va por barrios -y por rentas- y hay algunos que se hacen oír más que otros. Y cuando eso sucede nuestros políticos tienden priorizar los asuntos de los votantes, antes que los de la ciudadanía

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La salchicha democrática

Para muchos, la historia electoral de un país -cómo, quién, cuándo, y dónde se consigue el voto- es un asunto de interés limitado. Los escritos que describen estos procesos suelen ser tediosos, cargados de jerga legal y conceptos abstractos; además de largos, con letra pequeña y papel del malo.

Hasta que lees el libro de Judith Brett "From Secret Ballot to Democracy Sausage: How Australia got compulsory voting", y todo lo de arriba deja de ser cierto. ¿Qué cuenta Brett? Con la excusa de explicar los motivos y la logística con la que Australia pone en marcha el voto obligatorio, Brett ha escrito un libro sobre la historia electoral en la que nos cuenta cómo y por qué se implanta el voto secreto -lo que se conoce como 'Australian ballot', y con él la democracia moderna en aquel país.

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¿Voto obligatorio? Antecedentes

Ante las elecciones que se avecinan, todos los analistas apuntan a que la participación será fundamental para medir el éxito de cada uno de los partidos. Dejando de lado la obviedad del argumento -la participación siempre es fundamental para determinar los resultados electorales; caso contrario, ¿por qué los partidos hacen campaña?-, es cierto que la movilización de los potenciales votantes es uno de los principales parámetros que los partidos (y casas encuestadoras) tienen en cuenta a la hora de preparar la campaña electoral y estimar los resultados. Sabemos que no todo el mundo vota. De hecho, la participación es muy variable durante la misma elección. Por ejemplo, en las elecciones generales de abril, la participación en la Comunidad de Madrid rozó el 80%. Melilla, en cambio, apenas superó el 63%. Si casi 17 puntos de distancia son importantes, en 2016 la diferencia entre Madrid y en Melilla, aún fue mayor: casi 24 puntos.

El problema de esta distancia no es que en un territorio se vote más que en otro, sino que sabemos que hay unos ciudadanos que votan más que otros. Por ejemplo, nuestra compañera en Piedras de Papel, Aina Gallego nos ha mostrado en varios artículos académicos (y un libro estupendo) cómo la educación es un factor fundamental para explicar la participación: cuanto mayor es el nivel educativo, mayor es la participación. Esto es un problema porque también sabemos que cuando menos equitativamente está distribuida la participación -esto es, unos grupos sociales votan más que otros grupos- menos representativas son las políticas que se implementarán. Nuestros representantes tienen más incentivos para priorizar los asuntos que preocupan a los votantes que al resto de los ciudadanos.

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Retrato del político populista

Desde los medios de comunicación y también desde la academia, la imagen que se ha dado de los candidatos populistas es las de un grupo de políticos mal educados o con malas formas porque se presentan contraviniendo las normas sociales, culturales y políticas. Tal vez, uno de los símiles más célebres lo proporciona el teórico político de la UNAM Benjamin Arditi cuando nos cuenta que un populista viene a ser lo que un invitado borracho en una fiesta de etiqueta: rompe los códigos de educación en la mesa, interrumpe las conversaciones de los demás, habla a voces, y, ya puestos, se pone a flirtear con invitados de forma descarada. Si la imagen que les viene a la cabeza es la de José Luis Torrente (o Matteo Salvini), no van desencaminados, pero no es la única. El estilo de los populistas, por definición, consiste en transgredir, exagerar, provocar. Esa forma de hacer las cosas, suele suscitar comentarios. Por ejemplo, el holandés Geert Wilders ha sido acusado de tener "una actitud controvertida y un estilo político aberrante", mientras que en Rusia, Vladimir Zhirinovsky ha sido descrito como "el príncipe payaso de la política rusa" o "Trump de Rusia" .

Pero también es innegable que a los populistas se les asocia con cualidades de liderazgo y carisma. Según esta perspectiva, los populistas son capaces de establecer una conexión directa y efectiva con sus seguidores. A su vez, este estilo enérgico, emocional y audaz llevaría a persuadir y movilizar a su base. El difunto Hugo Chávez en Venezuela sería un excelente ejemplo. (Nota: Siguiendo una anterior entrada, nos basamos en la definición minimalista de populismo, de Mudde, que enfrenta al ciudadano medio a unas 'elites corruptas'. A esto se le puede añadir -aunque no es necesario- el rechazo a inmigrantes o la adhesión a concepciones patrióticas particulares).

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Propuesta electoral

Ahora que termina este ciclo electoral de generales, europeas, locales y autonómicas es el momento de reflexionar sobre algunas de las características de nuestra democracia y proponer reformas que puedan ser útiles a todos los partidos y, por tanto, al conjunto de los ciudadanos.

A continuación, presento una propuesta sobre los debates electorales que podrían discutir todos los partidos. En el mejor de los casos, algunos de sus representantes la leerán y, ojalá, sirva de referencia para la discusión venidera. Es una propuesta sencilla e inspirada en lo que se hace en otros países y que, además, no tiene coste económico asociado. De hecho, representaría un cierto ahorro.

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Decreta que algo queda

Durante estos días se está hablando mucho sobre el uso que el gobierno de Pedro Sánchez está dando a la figura del Real Decreto Ley (RDL). Tan es así, que tanto en muchas tertulias radiofónicas -los comentarios de Carlos Alsina en Onda Cero la semana del 4 al 8 de marzo sirven de ejemplo- o columnas en algunos periódicos, se afirma que el ejecutivo abusa de esta figura en niveles nunca vistos. Siguiendo esta línea, el actual candidato del PP, Pablo Casado, ha prometido una ley para que no se utilice dicha medida para hacer campaña electoral.

Del debate público sobre los RDLs sorprende el uso de los términos, del lenguaje. Si un gobierno, del color que sea, comete un abuso es porque, siguiendo la definición de la RAE hace un "uso excesivo, injusto o indebido de algo o de alguien”. El verbo abusar tiene una connotación negativa que, supongo, a nadie le gusta acarrear. Adviertan, además, la connotación de los respectivos adjetivos. Primero, excesivo implica que, en cierta medida, es cuantificable. Segundo, injusto o indebido es que podemos utilizar algún criterio de justicia. Lo justo o no está muy influenciado por nuestra opinión. Y ciertamente esto, opiniones, es lo que hemos estado escuchando estos días.

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Populistas psicópatas

La personalidad de los políticos es un asunto que atrae gran atención. El supuesto es que la personalidad de los candidatos afecta tanto a las decisiones toman (por ejemplo, mientras que probablemente José Bono no hubiera impulsado el matrimonio gay, Zapatero sí lo hizo); la forma en la que se toman (comparen la ‘seguridad’ de Aznar con la ‘tranquilidad’ de Rajoy); e incluso a sus probabilidades de éxito electoral. Por ejemplo, gran parte del éxito electoral de Trump se puede deber a lo que transmite su personalidad. Dicho de otro modo, probablemente, el éxito electoral del presidente estadounidense se deba parcialmente a su forma de ‘hacer’ y ‘decir’ las cosas, lo que en otros lares esto se conoce como comportamiento “sin complejos”.

Si es cierto que vivimos en un periodo en el que las lealtades partidistas son menores -y muchas encuestas lo indican-, y el peso de la ideología y las políticas concretas es menor que en el pasado, los ciudadanos pueden ver la personalidad de los candidatos como una herramienta que les ayude a decidir su voto. Tal vez si el candidato A les cae mal no le voten y lo hagan por B (incluso aunque sintonizaran mejor con las políticas del primero). Tal vez de ahí la importancia de la pregunta sobre con qué candidato se tomaría usted una cerveza o similar.

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No sé quién eres. Y no importa

Hace unos días, en Onda Cero, el presentador del espacio Más de Uno, Carlos Alsina, abría la sección de las ocho de mañana con su habitual monólogo-comentario-editorial-opinión. En dicho espacio, el periodista llamaba la atención sobre unos datos que proporcionaba el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre el conocimiento de los actuales ministros. El viernes pasado, en la tertulia de dicho programa se insistió en el asunto –de forma tangencial- puesto que casi ninguno de los ahí presentes parecía tener en mente el nombre de Reyes Maroto, la titular de Industria, Comercio y Turismo.

Efectivamente, el barómetro de octubre proporcionaba una pregunta –la 16- en la que se pide por el grado de conocimiento de los respectivos ministros y la calificación que cada uno recibe. Alsina estaba sorprendido por el poco conocimiento que tenían los respectivos responsables de las carteras ministeriales.

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Brasil, no estás solo

El domingo pasado Brasil celebraba elecciones presidenciales mientras que Ignacio Luiz-Lula-da Silva, por estar en prisión, no era elegible. El ganador de la primera vuelta ha sido Jair Bolsonaro que lidera el partido “Brasil por Encima de Todo, Dios por Encima de Todos”. Supongo que el nombre lo dice todo y no dice nada. Pero baste recordar unas declaraciones de Bolsonaro en 1993 que recoge el archivo digital del New York Times: “[E]stoy a favor de la dictadura” y “[N]unca solventaremos los importantes problemas nacionales con esta democracia irresponsable”. En ese artículo, Bolsonaro se declara admirador de Alberto Fujimori, el ex presidente de Perú que fue encarcelado por corrupción y crímenes de lesa humanidad. Sus comentarios contra las mujeres –a una diputada del PT le dijo “no te violo porque no lo mereces”-, los homosexuales y los indígenas-" hediondos, no educados y no hablantes de nuestra lengua”-han atraído la atención internacional en los últimos tiempos. Probablemente, este comentario le defina: "Cuando era joven había pocos homosexuales. Con el paso del tiempo, por los hábitos liberales, por las drogas y porque las mujeres empezaron a trabajar, aumentó el número". Si todo esto no fuera tan grave, se podría decir que Bolsonaro es la réplica carioca de Torrente

Los medios han recogido los resultados y cabe esperar que sigan centrándose en ese país durante las próximas tres semanas, pues el 28 de octubre hay segunda vuelta. En esta entrada quiero destacar un resultado que ha pasado, a mi juicio, bastante desapercibido: un 6.1% de votos nulos y un 2.7% de votos en blanco. En total, en estas elecciones presidenciales, un 8.8% de los votos que han depositado los brasileños, no sirven para la distribución del éxito electoral, es decir, son inválidos. Un 8.8% es importante, si bien este porcentaje se ha reducido según lo que nos decían algunas encuestas en junio cuando apuntaban a más del 30% (según la encuesta DataPoder360).

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Australia: 5 años, 5 primeros ministros

Cuando aterricé en Australia en febrero de 2013, lideraba el gobierno la laborista Julia Gillard desde 2010. En 2007, el también laborista Kevin Rudd era el primer ministro. Durante 2009, las encuestas indicaban que Rudd no iba muy bien y los laboristas podían perder las elecciones de 2010. Gillard y varios diputados convocaron un ‘leadership spill’, el mecanismo por el que el liderazgo del grupo parlamentario queda vacante y, por tanto, disponible para que un nuevo líder lo ocupe. Ese fue el caso: en junio de 2010 Gillard derrocó a Rudd y meses después, Gillard se convirtió en la primera Primera Ministra en la historia de Australia. Sobre los ataques que recibió Gillard por parte de los conservadores por el hecho de ser mujer escribí esta entrada en 2013.  

El mandato de Gillard, sin embargo, no fue lo que podamos llamar tranquilo. Dejando de lado las complejidades que entraña gobernar, Gillard tuvo que enfrentarse a tres ‘spills’. El primero lo convocó el propio Rudd en 2012 que seguía como Ministro de Exteriores. Rudd perdió; dejó el gabinete; pero se mantuvo como diputado. El segundo, en marzo de 2013, tampoco prosperó. Pero en el tercero Gillard perdió y Rudd volvió a tomar las riendas del gobierno en junio. En septiembre llegaron las elecciones y los conservadores liderados por Tony Abbot ganaron 90 de los 150 escaños en juego en la Cámara baja. Australia, siguiendo la estela italiana, tuvo tres Primeros Ministros en tres años.

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