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Marian Simón Rojo

Profesora asociada en el Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio de la ETSAM, Universidad Politécnica de Madrid (UPM). Trabaja desde la investigación orientada a la acción, en urbanismo y ordenación del territorio, sistema agro-alimentario y agroecología. Es miembro del colectivo Surcos Urbanos y de la plataforma Madrid Agroecológico.

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Rebeldes con causa, el último internacionalismo esperanzado

La cuenta atrás ha comenzado. La rebelión está aquí. Llevábamos décadas escuchando voces de alarma ante el colapso ecológico y social al que nos conduce el cambio climático. Lo que ha irrumpido ahora con fuerza es la cuenta atrás de la reacción ciudadana, también global, que se moviliza para que los gobiernos se tomen en serio la emergencia climática. Es Extinction Rebellion, surge en el Reino Unido y se expande con rapidez por todo el planeta. La rebelión global comenzó el 15 de abril y continuará “hasta que los poderes políticos y económicos se decidan a tomar las drásticas y urgentes medidas necesarias para evitar el colapso de nuestra civilización y de los ecosistemas terrestres y marinos”.

En Reino Unido han ganado la primera batalla. Ha sido el primer país en declararse en emergencia climática, respondiendo a las demandas de Extinction Rebellion. Justo antes, Londres - capital financiera, ciudad global- nos había regalado imágenes inauditas de más de diez días de bloqueos masivos y pacíficos en cuatro espacios emblemáticos del centro de la ciudad. La acción de desobediencia civil ha dejado cientos de titulares, más de mil detenidos e historias conmovedoras como la de Mr Kingston, encaramado al techo de un tren donde celebra su 83 cumpleaños, impidiendo su circulación, en nombre de sus nietos y “el planeta que les estamos dejando”. Se acabó el tiempo de discursos y retórica. Cuando ni gobiernos ni fuerzas políticas están a la altura del reto al que nos enfrentamos, la ciudadanía opta por aplicar el derecho a la rebelión para evitar un mal mayor. El panorama internacional se puebla de científicas que abandonan sus laboratorios e investigaciones y pasan a la acción directa no violenta, de cientos de miles de jóvenes tomando la iniciativa y saliendo a las calles por el futuro, de personas “de a pie” que no quieren quedarse de brazos cruzados ante el colapso. Puede que fracasen, pero podrán decir que, al menos, lo intentaron.

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