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Miguel Mosquera

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El arte de conservar el cine: ¿podremos ver las películas de 2020 en 2120?

Para Martin Scorsese todo empezó cuando de pequeño le diagnosticaron asma. "No podían hacer nada conmigo, así que me llevaban al cine", explicaba en una charla en el British Film Institute. Capturado por la gran pantalla desde una temprana edad, Scorsese recorría el Manhattan de los años 50 de arriba a bajo persiguiendo películas de estreno y de repertorio en las distintivas salas de la ciudad. A los once años ya estaba haciendo el storyboard de una película que imaginaba sobre la Antigua Roma.

Scorsese nunca dejó de devorar películas. En los 70, cuando era un joven y prometedor director ya instalado en Hollywood, no se perdía las sesiones de cine clásico en el Museo del Condado de Los Ángeles. Un día acudió a una sesión doble: Niágara (1953) y La tentación vive arriba (1955), dos películas cuyo denominador común era Marilyn Monroe.

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La travesía del Van Gogh que se vendió en una granja por 4 libras y que ahora cuesta 15 millones de euros

En 1929, a las afueras de Stafford en la campiña inglesa de las West Midlands, un señor estaba en deuda con un proveedor de suministros agrícolas llamado John Holme. Como aquel señor no podía para pagar por el heno y la leche que había recibido de la granja de Holme, la deuda se saldó con la entrega de un cuadro. El lienzo, que mostraba a una campesina trabajando ante una modesta casa de campo, primero estuvo colgado en una de las habitaciones de la casa de Holme y después acabó cogiendo polvo en el desván. 

Holme falleció en 1952. Su hijo siguió al frente de la granja familiar hasta que en 1967 decidió retirase. Entonces, un mercader de ganado y de material agrícola de segunda mano organizó una subasta en la granja de los Holme. Entre el inventario estaba ese cuadro procedente del desván, y fue vendido por apenas cuatro libras. Se desconoce quién lo adquirió. Tampoco se sabe cómo acabó uno año después en un anticuario de poca monta al norte de Londres. Pero el caso es que en septiembre de 1968, un periodista italiano llamado Luigi Grosso lo compró por 45 libras.

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Reino Unido y xenofobia: "Es evidente que el Brexit ha tenido una influencia en cómo los jóvenes tratan el tema de la inmigración"

En 2004, la Unión Europea dio la bienvenida a diez nuevos países, entre ellos Polonia y Lituania. A partir de ese momento, se disparó la cifra de inmigrantes de estas nacionalidades que pusieron rumbo a Reino Unido. Antes de aquella expansión, en el país residían unos 60.000 polacos y alrededor de 5.000 lituanos; a día de hoy, son 830.000 los polacos y 180.000 los lituanos. Con la intención de monitorizar la adaptación de los jóvenes de estos países, la doctora Daniela Sime, de la Universidad de Strathclyde, en Glasgow, puso en marcha un estudio en 2008.

"Entonces no se hablaba del Brexit; la idea todavía no estaba sobre la mesa", dice Sime, que diez años después ha actualizado su investigación con un segundo estudio. Durante los meses que siguieron al referéndum, Sime y sus colegas de las universidades de Durham y Plymouth realizaron encuestas en las que entrevistaron a más de mil jóvenes entre 12 y 18 años de familias inmigrantes. El 77% de los encuestados afirma haber sido objeto de agravios xenófobos.

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Pequeña guía de cerveza británica para españoles emigrados a Reino Unido

El mes pasado, la sociedad británica tuvo que tomar una decisión en las urnas que marcará el futuro del país. Más mundana, pero no por ello menos meditada, es la elección que afrontan los británicos cada vez que entran a un pub. Pedir una cerveza resulta un poco más complicado que en un bar español, pero tampoco se trata de una tarea imposible, como demuestran ciertas barrigas y la facilidad para olvidar por qué ronda va uno. Simplemente es una cuestión de tener las cosas claras.

Una vez escogido el pub –decisión trascendental que merece capítulo aparte– es preciso acudir a la barra. Siempre. Hasta en los establecimientos que parezcan más familiares. Incluso si el local está casi vacío. El orden es irrefutable: primero a la barra, después a la mesa. La única excepción serían las tabernas que actúan como restaurante, pero en la gran mayoría de pubs hasta la comida se pide en la barra y se paga al momento.

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El Brexit y el negocio de la comida española en Reino Unido: "No tenemos experiencia en comercio internacional"

En Inglaterra, la gastronomía local está reservada para ocasiones muy puntuales. Un full English breakfast antes de una caminata por el campo, una pie (empanada) en un día de fútbol, un antojo esporádico de fish and chips, un Sunday roast (tradicional comida dominical compuesta por carne, patatas y verduras).

En el día a día, mandan las cocinas foráneas. El recetario indio está muy arraigado por el vínculo histórico entre ambas naciones, pero ahora las comidas de muchos otros países comparten protagonismo. En los sesenta, los restaurantes chinos e italianos se consolidaron como un clásico en todas las partes del país. Entonces, la oferta aumentó y a día de hoy, el panorama asiático lo comparten desde los indios y chinos hasta los vietnamitas, japoneses o coreanos. En el frente Mediterráneo, la cocina española se ganó, a base de tapas y paellas, un rol indisputable que sostiene desde hace más de dos décadas y se refresca por el recuerdo de las vacaciones en España de muchos británicos.

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'The Knowledge': el examen imposible que transforma el cerebro de los aspirantes a taxista en Londres

Al norte de la estación de King's Cross, se encuentra una calle secundaria ocupada por distintos almacenes y edificios industriales. Entre ellos hay un taller de taxis. La recepción es un moderno vestíbulo en el que se exponen los últimos modelos eléctricos del icónico black cab londinense. Si uno cruza ese espacio, pasa por una sección del taller, atraviesa una pequeña oficina, vuelve a entrar en otra zona del taller, abre una discreta puerta a mano derecha, sube dos pisos por las escaleras y cruza de nuevo parte del taller, se encontrará con un habitáculo carente de ventanas. "Knowledge Point School", dice el cartel dorado de la entrada. Resulta apropiado que sea tan enrevesado dar con este espacio: entre sus paredes, los aspirantes a taxista se preparan para uno de los exámenes topográficos más exigentes que existen.

Junto con las cabinas de teléfono rojas, el Big Ben, la Torre de Londres, las estaciones de metro, los buses de dos plantas o la guardia real, los taxis oficiales negros (los black cab) son uno de los iconos más característicos de Londres. En una cultura, la británica, con una tendencia pronunciada a agarrase a sus tradiciones, los taxistas de la capital siguen estando regulados por una prueba que se introdujo en 1865. En otros países, como en España, el elevado precio para obtener una licencia es el principal obstáculo para cualquier aspirante a taxista.

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Fanáticos de los dardos: viaje entre matemáticas y cervezas a la cultura que resiste en los pubs británicos

Cuando Rob Madigan se convirtió en el mánager del Porters Lodge, un pub situado en la zona financiera de Londres, lo primero que hizo fue colgar una diana de dardos. Un par de semanas después, dos equipos ya habían convertido el Porters Lodge en su nueva casa. Visto el éxito, Madigan colocó una segunda diana. En menos de un año, el pub acogía hasta veinte equipos de dardos, casi todos ellos compuestos por compañeros de trabajo en empresas de la City, la milla cuadrada en la que tienen sede algunas de las principales entidades bancarias, firmas de abogados, aseguradoras y demás compañías de traje y corbata.

A medida que el pub ganaba popularidad entre los fanáticos de los dardos, Madigan iba pintando paredes de negro para poder seguir colocando más dianas y deshaciéndose de mesas para ganar espacio. Se ríe cuando recuerda que su estancia en el Porters Lodge en teoría iba a ser pasajera. “Mi amigo en ese pub me había llamado para pedirme si podía cubrirle durante una o dos semanas”. Madigan se encontró con un discreto local que servía comida tailandesa y contaba con una mesade billar y algunas noches de karaoke. Cuando devolvió las llaves del Porters Lodge casi cinco años después, el pub era la sede de cuarenta equipos, más que ningún otro bar en Londres, y el karaoke estaba en marcha todas las noches hasta las tres de la mañana. “Los jugadores intentaban terminar sus partidas antes que los demás para tomar control de karaoke”, rememora Madigan.

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Charley Hill, el detective de arte robado que rescató 'El Grito' de Munch

A las 6.30 de la mañana del 12 de febrero de 1994, un hombre se subió a una escalera y entró a la Galería Nacional de Oslo por una ventana. Salió en menos de un minuto por el mismo sitio después de haberse tomado la libertad de llevar a cabo el siguiente intercambio: él se había quedado con una de las obras más icónicas de la historia del arte; el museo, con una nota que leía 'gracias por vuestra pobre seguridad'. Así se robó El Grito de Edvard Munch. El mismo día en el que se inauguraron los Juegos Olímpicos de Invierno en otra ciudad noruega, Lillehammer, en Oslo tenía lugar este escándalo nacional que se repetiría en 2006, cuando otra versión del cuadro fue robada de nuevo del Museo Munch.

Las autoridades noruegas recurrieron a los servicios de la reputada unidad de arte robado de la Scotland Yard británica, que envió a uno de sus detectives estrella, Charley Hill. Bajo la falsa identidad de Christopher C. Roberts, Hill se hizo pasar por un representante del J. Paul Getty Museum de Los Ángeles. "La policía noruega ya tenía a un informante en contacto con la gente en posesión del cuadro. Le dije que me introdujera a ellos como un representante del Getty Museum", rememora Hill, "y se creyeron que alguien del Getty Museum les quisiese contactar porque les expliqué que el museo quería exponer El Grito".

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