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Nieves González Arrocha

Maestra de escuela en continuo movimiento. Adoro las matemáticas, contar cuentos y hacer manualidades. Intento ponerle pasión a la vida y a veces lo consigo. Sencilla y complicada a partes iguales. Me gusta ir nadando contra lo corriente.

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Seda

Él quería volar. Deseaba salir de esa caja en la que había crecido. Ya no era él mismo, había cambiado, ahora, era otro. No estaba dispuesto a conformarse con aquella vida pacífica, sin acción alguna a la que había sido sometido a vivir. Todo era monotonía, rutina, soledad… Un día a día sin sentido que lo llevaba a un futuro desolador.

Se sentía diferente de los demás, y quizás fuese presuntuoso, pero se sentía especial. Tanto como para pensar en hacer algo que los otros no habían conseguido: volar. En el aire podría sentir el viento golpeando sus antenas, experimentar el azote del alisio en sus alas. ¿Y si esta era la única oportunidad de vivir su historia?

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Día de gloria

En cuanto entré en aquella habitación, sabía que no habría vuelta atrás. Había estado jugando con fuego durante mucho tiempo y esta era la consecuencia de aquel pasatiempo. Por un instante lamenté tener que estar ahí, pero tampoco quería irme y no terminar lo que empecé; en el fondo sabía que realmente me apetecía vivir lo que estaba pasando. En aquel momento, y por una vez en la vida, no pensé en lo que podría ocurrir al día siguiente. E incluso, horas antes de llegar allí, le quité hierro al asunto pensando en que nada tendría por qué cambiar. Ilusa. La realidad era que ya había cambiado. Para siempre.

Las horas sucesivas fueron increíbles. Sentí que era una persona plena, ¡vaya tontería!, a mi edad, ¿verdad? Opuesto a lo que podía haber pensado en cualquier otro momento de mi vida, no me sentí culpable. Todo lo contrario. Sabía que había hecho lo adecuado, que igual no era lo correcto, pero era lo que necesitaba. Y no me equivoque, no hubo despecho en todo aquello, simplemente había vida, mucha vida, y una sensación de haber cogido el toro por los cuernos, nunca mejor dicho.

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Pequeñas cosas

Ya está. Decidido. No voy a preocuparme más de manera innecesaria. Siempre estoy pensando en cómo solucionar problemas o situaciones que incluso aún no han llegado a suceder. ¡Relájate! ¡Destrábate! ¡No cojas nervios! Ya verás qué hacer en el momento que ocurra, sin adelantar la tragedia, que, además, eso no te pega nada.

Sí, sé que es bueno eso de ser una persona previsora y estar preparada, al acecho constante por lo que pueda pasar, siempre alerta por si llegase el día del juicio final, por si acaso que no me pille desprevenida, pero… ¿y si luego no pasa? ¿Habrá valido la pena el machaque constante de una vía de escape a esa muerte segura que te espera? Pues no, ya te lo digo yo. ¡Qué necesidad de estar sufriendo antes de tiempo! Y es que ahora, dándole vueltas a todo esto, me parece ridículo volverse loco por cosas que no puedes controlar que ocurran, o por esas que son muy poco probable que sucedan.

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Cuestión de confianza

Supongo que todo empieza cuando eres pequeño. Estás en el recreo jugando tranquilamente con un par de amigos en una esquina del patio y… ¡paf! Te llega un balonazo que, por la dirección, trayectoria, intensidad y casualidades de la vida, impacta directamente en toda tu cara de forma dolorosa e inesperada, dejándote la marca del pentagonal cuero en el cachete, que late y arde sin remedio.

Contienes la lágrima inminente con cierta dificultad, pero aguantas, no vas a llorar delante de los colegas. Lejano y con dificultad ves como el niño del disparo certero se acerca a ti para valorar daños y, con un gesto que refleja su preocupación, te dice: “Lo siento, fue sin querer”. Tú no quieres oír nada. Dejas fluir la rabia y el dolor del momento, muestras toda la desconfianza del mundo hacia esas palabras. No le creemos. Ni lo dejamos terminar, es más, como alma que lleva el diablo corremos directos al maestro que cuida el patio en ese momento para que le dé su merecido castigo: Profe... me dio con la pelota en toda la cara, ¡adrede!

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El valor de la palabra

Todos los domingos, desde bien temprano, nos íbamos al cantero de don Pascual. Allí mi madre y yo nos sentábamos encaramadas en la pared de piedra. Ella me enseñaba a hacer bellas bailarinas con las amapolas rojas y a silbar con las hojas, me contaba historias de antes, algunas ciertas, otras las inventaba sobre la marcha… Juegos y cuentos que seguía entusiasmada, empapándome del ambiente y del calor de mi madre. Y mientras, mi padre, que de vez en cuando nos dirigía una mirada complaciente, se afanaba cavando surcos de papas, revisando que las coles no tuviesen bichos, plantando lechugas, millo o lo que tocara en esa temporada.

Don Pascual era un vecino del pueblo que había dedicado toda su vida al campo, pero que, debido a su avanzada edad, no podía hacerlo más. Fue por eso que llegó a un acuerdo con mi padre, dejándole sembrar en sus tierras para que la huerta no se perdiera. A cambio él solo pedía un saco de papas, un par de coles o lo que se ofreciera, lo justo para el gasto de la casa. Lo curioso es que para el acuerdo no hizo falta redactar un contrato, ni firmarlo en el notario, tampoco se buscó avalista, ni hizo falta una garantía. En este arreglo no existía ningún documento que sellase aquel pacto más que la palabra de dos hombres y un apretón de manos. Así de sencillo era.

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A ti que estás leyendo

Queda prohibido no sonreír a los problemas,

no luchar por lo que quieres,

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El día a día

Todas las mañanas coincido con un abuelo y su nieto de camino al colegio. Me encanta frenar mi marcha, ir un rato detrás de ellos y observarlos. Es muy entrañable verlos. Cogidos de la mano disfrutan del paseo y charlan de sus cosas. Se hace curioso cómo dos generaciones tan distintas pueden tener tantos temas en común. Justo en la entrada del cole se paran para ver, entre el hueco que dejan dos edificios, el juego que los rayos del sol hacen con las nubes. Tengo la impresión de que se ha convertido en una especie de ritual mañanero en el que ambos se divierten. Ninguno de los dos tiene prisa por llegar a ninguna parte, no están pensando en lo que hicieron ayer o lo que harán mañana, simplemente disfrutan de ese instante y de la compañía sin pretensión alguna. Son ellos los que sin saberlo despiertan mi primera sonrisa del día, haciéndome recordar esos pequeños detalles que hacen que seas realmente feliz.

Es entonces cuando no puedo evitar viajar a mi niñez. Supongo que ver a ese niño disfrutar de aquel momento con su abuelo me trasladó a esa época de mi vida; cuando era pequeña y era tremendamente feliz. Pero mi dicha tampoco se basaba en grandes cosas. Era feliz con pequeños detalles: compartir un chupete Kojak en el recreo, llegar a casa y encontrarme un sobre de pegatinas para mi álbum de los Gnomos, ganar la Chochona en la tómbola de las fiestas de mi pueblo, comer gofio con azúcar para merendar, bañarme en la palangana de mi abuela… Eran instantes de placer absoluto que me hacían ser la niña más afortunada del mundo. No pensaba en buscar una felicidad a largo plazo, ni siquiera en alcanzarla, simplemente disfrutaba de lo que me ofrecían esos momentos. Quizás ahora me esté olvidando de disfrutar de los pequeños placeres que me ofrece la vida, de esos que te hacen sentir inmensamente plena en apenas segundos...

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Maruca, Bruno Mars y mi hermano

El viernes por la noche estaba hablando con mi hermano…, bueno, en realidad  wasapeábamos, que es lo que se estila, y entre un ¿qué tal todo?, ¿cómo está mamá y papá?, ¿cómo va el trabajo?, salió el tema de los dones. No, no estábamos hablando de los dones y las doñas, que también nos hubiese dado el tema para mucho, sino de esas personas que tienen un don. Esos seres que te vas tropezando por la vida y que no sabes muy bien cómo ni por qué tienen una capacidad, aparentemente innata, para hacer algo extremadamente bien. El caso es que mi hermano se estaba acordando de un chico, amigo de un amigo, que en una de estas fiestas que organizamos en casa había demostrado sus dotes tocando la guitarra. No llegaba al nivel de Paco de Lucía, pero al chiquito se le daba bastante bien.

Empezamos a desvariar sobre el tema. ¿Todas las personas tienen un don? ¿Llegan todas a descubrirlo? ¿Cuál será el nuestro? ¿Crees que Maruca tiene un don para las lenguas o que tiene una lengua que es un don?  Y así intercambiamos un par de wasaps, en algunos momentos con más seriedad que en otros, tonteando sobre el tema.

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Arquetipo I

Abro los ojos y miro como cada mañana el aburrido reloj de la mesilla de noche. Un largo bostezo anuncia lo que debería ser un día relajado. Es domingo y no voy al trabajo, pero sí es verdad que tengo muchas cosas por hacer en casa: poner la lavadora, recoger la ropa, limpiar el polvo, ordenar la sala, preparar la comida de la próxima semana…

Logro levantarme y una extraña inercia me lleva hasta la puerta de la terraza. Por puro instinto la abro y me asomo al balcón. Hace frío. No es un frío intenso, de esos que impida moverse libremente bajo kilos de ropa o de los que a duras penas te deja articular palabra. Más bien es un frío agradable, de los que te complace mientras paseas porque su aire limpia tu cara e incluso a veces parece tener el poder de desinfectar tus ideas. Me gusta estar aquí pero tengo que entrar a por la fregona y el recogedor, que el perro tiene la terraza hecha un desastre. Aún tengo mucho por hacer y el día apenas tiene veinticuatro horas.

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Machos

Me gustan las redes sociales. No es que sea una adicta o enganchada, pero sí que soy de las que llega a casa y una vez puesto el pijama se sienta en el sillón con iPad o móvil en mano y se deja sumergir durante un rato en ellas. Vicios que tiene una.

Pues ahí, en las redes, es donde pongo de perfil la mejor foto que tengo, donde publico y comparto aquellas cosas buenas que me puedan pasar en el día, artículos de interés, ideas e indignaciones varias… Un rato diferente en el que estar en contacto con “esta mi comunidad”, así como decía el señor Cuesta.

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