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Pablo Simón

Pablo Simón es politólogo de vocación y formación. Doctor en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra, su principal área de especialización son los sistemas electorales tanto en sus causas y consecuencias. También está interesado en otros temas como la política comparada, los sistemas de partidos y las dinámicas de competición electoral. Actualmente vive en Barcelona, donde ejerce de investigador y profesor en la UPF a la par que desarrolla tareas divulgativas fuera de la academia.

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¿En qué puede ser diferente esta campaña a la del 20D?

Un elemento clave para entender los resultados del 20 de diciembre es que había un desajuste muy fuerte entre la intención de voto publicada en las encuestas y la representación en el Congreso de los Diputados. Las convocatorias electorales de todo 2015 habían señalado, además, que este proceso de cambio político no era una burbuja demoscópica. Los comicios del 20D fueron unas elecciones de "realineamiento" cambiando los actores fundamentales de la competición. Tanto fue así que la fragmentación del Congreso fue récord, pasando a haber más partidos en la pasada legislatura que en las fundacionales de 1977. Además, la volatilidad electoral –el porcentaje de votos que cambiaron de manos– también fue importantísima: el 34% de los votos fueron a partidos que no tenían representación.

Esta situación es diferente en esta campaña del 26J básicamente porque Podemos y Ciudadanos ya han emergido. Es poco probable que veamos una volatilidad tan notable como la de los pasados comicios. Además, la campaña será importante pero, dado que las preferencias de los votantes están más cristalizadas, probablemente lo será algo menos que el 20D. Esto es relevante por lo que toca a las estrategias de los partidos.

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La Guerra Civil Galáctica

El cuerpo de la ciencia política galáctica ha ido creciendo de manera importante los últimos eones. Junto al estudio de las defectuosas instituciones de la Antigua República, también se han presentado tratados polémicos sobre los determinantes de la sucesión de Imperios Galácticos en el universo conocido. Esta pequeña nota de trabajo se quiere sumar al creciente acerbo de reflexiones que tenemos sobre la cuestión. En concreto se centra en explorar los determinantes políticos que pudieron estar detrás de la emergencia de la Alianza Rebelde y el estallido de la Guerra Civil.

Normalmente se fija el año XIX de la era Palpatine como el del estallido de la Guerra Civil, pero sus raíces políticas se hunden en las postrimerías de la República. La Alianza Rebelde, también conocida como la Alianza para la Restauración de la República, tiene su origen político en la Delegación de los 2.000. Dicha delegación estaba compuesta por un grupo de senadores descontentos con la gestión del entonces canciller Palpatine y emitió una protesta formal reclamando la devolución de los poderes de emergencia que había asumido durante las Guerras Clon. Entre sus líderes más destacados estaban Mon Mothma (que sería la futura comandante suprema de la Rebelión), Bail Organa de Alderaan o Padmé Amidala de Naboo. Tras la entronización de Palpatine y el advenimiento del Imperio, fueron el núcleo político de la resistencia.

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Lo que España se juega en la reforma electoral de Asturias

El pasado mes de julio terminaron los trabajos de la comisión para la reforma electoral de Asturias. Tras las elecciones anticipadas de 2012, convocadas por el presidente Álvarez Cascos en el intento de aumentar su mayoría parlamentaria, el PSOE dispuso de suficientes escaños para formar un gobierno en solitario. Hasta la fecha los socialistas han podido apoyarse en Izquierda Unida y en el diputado bisagra en la Junta, el magenta Nacho Prendes, para poder gobernar el Principado. De hecho, fue justamente este último el que decantó la balanza a la izquierda en Asturias sobre la base de un acuerdo de mínimos que incluía, entre otras cosas, una reforma de la ley electoral autonómica.

Merece la pena recordar que la ley electoral de Asturias es un caso peculiar. Aunque tiene algunos elementos comunes con otras regiones, como sus listas cerradas y bloqueadas o una barrera electoral del 3%, se trata de una de las pocas comunidades autónomas peninsulares (junto con Murcia) que tienen un distrito diferente a la provincia. En Asturias están delimitadas tres circunscripciones: un distrito central, que tiene la mayoría de los escaños y población (con treinta y cuatro diputados), uno Occidental (con seis escaños) y otro Oriental (con cinco escaños). Esta variación en las magnitudes de distrito es el origen de dos sesgos de manera simultánea.

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Selección de políticos: administrando la miseria

Un consenso relativamente amplio en la sociedad española es que tenemos unos políticos muy malos o, por lo menos, muy mejorables. Sin embargo, resulta muy difícil hablar fuera del campo de las intuiciones dado que no disponemos de indicadores objetivos de calidad. Podemos medir su nivel de estudios o su trayectoria, tal y como hacen algunos estudiosos, pero es arriesgado compararlos con los que los que teníamos antes sin riesgo de caer en la falacia de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Por otra parte, los mecanismos operando en las políticas de reclutamiento de los partidos son cajas negras para los científicos sociales. A parte de que hay pocos datos comparables – aunque empieza a haber grandes avances –, los estudios de campo siempre corren el riesgo de afectar al objeto de estudio. Tener un tipo haciendo preguntas y tomando notas en un congreso orgánico, en el que los puñales vuelan de parte a parte, genera no pocas suspicacias.

Presento todo esto para señalar que lo que expondré a continuación es una mera hipótesis y, por lo tanto, merece ser tratada con todas las cautelas. Mi propuesta es partir de que, efectivamente, tenemos un problema de selección de dirigentes que hace que tengamos políticos peores de los que potencialmente podrían serlo. Quitemos por el momento a los votantes de la ecuación y quedémonos solo con las organizaciones.

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Élites extractivas y sistema electoral

Quizá ningún libro haya levantado tanta expectación antes de publicarse como “Qué hacer con España” de César Molinas. Su aplicación de la teoría de las élites extractivas de Acemoglu y Robinson cae como semillas sobre terreno abonado. Cuando la situación económica y política de nuestro país está más deteriorada que nunca, se nos ofrece una única explicación sencilla a una gran cantidad de problemas complejos: Es culpa de la casta política. ¡Qué más se puede pedir! Sin embargo aquí no quiero valorar esta teoría sino discutir una de las recetas que Molinas trata recurrentemente; cambiar el sistema electoral.  Aunque su propuesta de máximos es un sistema mayoritario uninominal como el de Reino Unido o Estados Unidos, se declara dispuesto a hacer una concesión “a los grupos minoritarios” dejando algunos escaños a repartir de manera proporcional. Eso sí, siempre que casi todos los diputados se elijan en distritos uninominales. Para César Molinas lo crucial es la cercanía representante-representado y que esto suponga un revulsivo en la selección interna en los partidos.

Creo que merece la pena empezar recordando que los sistemas electorales son instituciones redistributivas, es decir, que no son neutrales y que siempre benefician a unos partidos en detrimento a otros. Todos los sistemas electorales del mundo tienen cierta desproporcionalidad y funcionan en parte como el Sheriff de Nottingham, robando a los (partidos) pobres para dárselo a los (partidos) ricos. La discusión estriba en saber qué grado es el tolerable y qué implicaciones políticas tiene. Cuanta más proporcionalidad haya, más probable que exista multipartidismo y gobiernos en coalición, con todo lo que supone de negociación entre elites, posible inestabilidad o dispersión de responsabilidades políticas entre sus miembros. Por otra parte cuanto más mayoritarismo, más gobiernos de un solo partido y menor pluralidad política, pero también mayor facilidad a la hora de identificar al culpable de una mala gestión y echarlo del gobierno. Hay que asumir que ninguna opción está exenta de costes.

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La ideología de la generación perdida

En política las etiquetas son importantes. La ideología no sólo ayuda a los votantes a ordenar su escala de valores y prioridades, también les sirve como un “atajo informativo”, es decir, les ayuda a distinguir sin demasiado coste entre aquello que le conviene o no en una realidad política y social cada vez más compleja. En el post precedente, tirando del hilo de la dualidad en el mercado de trabajo, nos centramos en sistematizar diferencias importantes dentro del colectivo de los jóvenes. Como mostramos en un análisis general, dentro de la llamada generación perdida existe una gran diversidad de situaciones profesionales y educativas, luego esperábamos que la crisis les estuviera afectando de manera diferente. Hoy nos queremos centrar en comprobar la distribución ideológica de estos jóvenes de acuerdo con sus perfiles educativo/laboral y, particularmente, compararla con la de los adultos.

Sin ánimo de ser exhaustivos, hay fundamentalmente dos mecanismos distintos que pueden explicar una diferencia en la posición ideológica por razón de edad. El primero es el conocido como efecto ciclo vital. Según este mecanismo, los individuos tienen una determinada posición ideológica cuando son jóvenes pero a medida crecen y tienen más experiencias vitales, ésta se va modificando (recuerden la idea popular pero equivocada de que se es de izquierdas de joven y de derechas de mayor). El segundo es el conocido como efecto cohorte. Según este argumento, la posición ideológica cambia en función de la generación en la que naces porque lo haces inserto en unas instituciones y socialización diferentes. Por ejemplo, la diferencia entre los que nacieron bajo el franquismo y los que lo han hecho en democracia.

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La generación perdida (I)

Hace un tiempo, en este mismo foro, planteamos la importancia de la dualidad en el mercado de trabajo y lo que eso puede tener en términos de eficiencia y de redistribución en el Estado de Bienestar. Nuestro foco se centró principalmente en los denominados outsiders, el grupo de trabajadores que está empleado de manera precaria e inestable, que apenas están cubiertos por las prestaciones sociales y que suelen cobrar menos salario. Tradicionalmente se ha englobado en este grupo a los parados por encima de los cincuenta, las mujeres, los inmigrantes y los jóvenes. Nuestro objetivo a continuación es hacer una radiografía de esos outsiders y, parte por interés personal y parte por urgencia social, hemos decidido centrarnos en el colectivo de los jóvenes.

Hasta ahora, se ha tendido a hablar de los jóvenes como un todo. Así, han cobrado fuerza en los medios aspectos como la gravedad del paro juvenil (más de la mitad de los menores de 25 que buscan trabajo no lo encuentran), la disposición de los jóvenes a marcharse de España ante la falta de oportunidades, o sus actitudes políticas (con especulaciones diversas sobre su perfil como potencial electorado de partidos con discursos anti-establishment), entre otros. En todo caso, se tiende a retratar a los jóvenes como un colectivo relativamente homogéneo en sus posiciones estructurales dentro del mercado de trabajo – más precarios y mejor formados que sus padres – pero en todo caso como perdedores estructurales de esta crisis económica: lo que ha venido denominándose como la generación perdida.

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¿Qué es la dualidad y por qué debería preocuparnos?

Desde el final de la II Guerra Mundial los partidos socialdemócratas se basaron en una alianza con los sindicatos y las clases trabajadoras para el desarrollo del Estado de Bienestar y la promoción del empleo. Sin embargo, desde la década de los setenta esta alianza ha tendido a resquebrajarse. En un contexto de globalización e internacionalización de la economía, de deslocalización industrial, de terciarización de la sociedad, de cambio tecnológico y de envejecimiento de la población se ha producido una erosión de la tradicional homogeneidad de los trabajadores. Hace 40 años el trabajador clásico en toda Europa Occidental era el del empleo seguro y para toda la vida en una empresa relativamente grande e industrial. Hoy, por el contrario, nos encontramos con cada vez más trabajadores con empleos temporales, regímenes laborables inestables o de autónomos en empresas medianas y subcontratas.

Esta transformación es la que ha puesto en primer plano la dualidad en el mercado de trabajo, un fenómeno que se da de manera creciente en toda Europa y tiene importantes implicaciones sociales y políticas. ¿En qué consiste este fenómeno? Básicamente se trata de la división de la fuerza de trabajo en dos segmentos diferentes. Por un lado, están los denominados insiders, un colectivo de trabajadores formado básicamente por la generación del babyboom y que ocupan puestos de trabajo protegidos y notablemente regulados. Por el otro lado, en los márgenes de este modelo clásico, están los denominados outsiders. Este es el grupo de trabajadores que están desempleados o que están empleados de manera precaria, apenas están cubiertos por las regulaciones del Estado y de media tienden a cobran menos salario y recibir menos prestaciones. ¿Y quienes están dentro de este grupo? Principalmente cuatro colectivos que conforman alrededor de un cuarto o un tercio de la fuerza de trabajo: Las mujeres, los inmigrantes, los parados por encima de la cincuentena y, muy particularmente, los jóvenes.

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