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Pere Rusiñol

Socio y redactor de la revista Alternativas Económicas. Me divertí en El País y en Público. Definitivamente, eran otros tiempos.

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Empresas para vivir mejor

La crisis global que arrancó con las hipotecas subprime en Estados Unidos, en 2007, y que se fue extendiendo por todo el mundo, ha empeorado las condiciones de vida en la mayoría de los países occidentales y sobre todo de las clases populares, que no ven horizonte de mejora real por mucho que las cifras macroeconómicas vayan recuperándose. Pero al mismo tiempo, la Gran Recesión ha hecho añicos también buena parte de las certezas más optimistas del establishment económico mundial, que consideraba que el capitalismo había llegado a una fase de excelencia equivalente al famoso final de la historia, que incluso los ciclos económicos habían sido superados y que solo quedaba por delante una inacabable fase de expansión y prosperidad.

La realidad era muy distinta: este optimismo supuestamente científico tenía como base una gran burbuja especulativa sin conexión con la economía real. Cuando pinchó, todo quedó arrasado, incluidos los dogmas oficiales y la confianza de muchos ciudadanos con las formas de funcionar (económicas y políticas) que habían llevado a la gran explosión. En medio del desconcierto, mucha gente empezó a buscar otras formas de hacer que colocaran en primer término los intereses de la sociedad en su conjunto, con una visión a largo plazo, por encima de la búsqueda del máximo beneficio a cualquier precio de unos pocos directivos y accionistas.

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Cajas de ahorros: de la nostalgia a la acción

La pérdida del sistema de las cajas de ahorros, reducidas ya sólo formalmente a las de Ontinyent y Pollença, fue una gran noticia para los bancos, pero no necesariamente para los ciudadanos, que históricamente siempre habían confiado sus depósitos más a las cajas que a los bancos. Algunos antiguos usuarios de cajas catalanas acaban de constituir, tras casi tres años de arduos preparativos, Catalana de Servicios Financieros, una cooperativa de servicios financieros que apela expresamente a la nostalgia de las antiguas cajas. La nueva entidad cuenta ya con un local en el barrio de Sant Andreu de Barcelona y el pasado 15 de febrero se presentó en sociedad en un acto en el paraninfo de la Universidad de Barcelona (UB) con  Desjardins -la banca cooperativa de Quebec- como gran referencia.

“En muy poco tiempo todo se vino abajo y los clientes dejamos de tener interlocutores en las cajas interesados en prestar ayuda a la economía productiva”, sostiene Joan Olivé, presidente de la entidad, que se ha lanzado con 200 socios (con una aportación mínima de 100 euros). Y añade: “Para una sociedad es un drama no contar con entidades financieras comprometidas con su país, con sus empresas y su gente”.

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Barcelona sacude la deuda

Para la izquierda, la emisión de deuda suele tener dos caras difícilmente conciliables: por un lado, permiten impulsar políticas sociales ambiciosas, pero por otro pueden hipotecar las cuentas municipales y aumentar la dependencia con los bancos que prestan el dinero.

¿Existe alguna fórmula que permita endeudarse razonablemente sin depender de los bancos convencionales?, y sin tener que hacer antes una Revolución como la de Lenin, se entiende. El Ayuntamiento de Barcelona, dirigido por Ada Colau (Barcelona en Comú), está convencido de haber dado con la tecla que supere esta aparente contradicción. Y no solo en teoría, sino también en la práctica: las nuevas operaciones de deuda impulsadas por el Ayuntamiento en 2017 sumaron la nada desdeñable cifra de 126 millones de euros, pero se suscribieron por vías muy poco habituales: sólo el 22% del total fueron créditos de la banca convencional: 28 millones a diez años concedidos por el Banco Sabadell.

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Cómo funciona de verdad el poder

En enero de 2015, tras el primer triunfo electoral de Syriza, el reputado economista Yanis Varoufakis, con larga trayectoria académica en Grecia, pero también en Estados Unidos, era nombrado ministro de Finanzas con el mandato de renegociar con la Unión Europea. El resultado de sus casi seis meses en el ministerio, en un estresante primer semestre de 2015 en el que se bordeó la implosión de la eurozona,  fue una de las experiencias más amargas no sólo para este país, sino para toda la izquierda alternativa europea: el Gobierno aguantó el pulso, ganó incluso un referéndum en el que desafió a Bruselas en condiciones de extrema dificultad —corralito incluido—, pero finalmente no obtuvo absolutamente nada, fue humillado por la troika y el Gobierno de Alexis Tsipras acabó entregando la cabeza de Varoufakis para salvar la propia.

Esta ducha de agua fría de realismo extremo tiene ahora su interesantísimo contrapunto en el relato, minucioso y creíble, de aquellos días que ofrece el propio Varoufakis, que explica su posición y por qué su gran apuesta —salir de la eurozona, aunque no fuera su objetivo, antes que rendirse y seguir con la austeridad impuesta— no sólo era posible, sino que tenía todo el sentido económico y hasta técnico.

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El viento, para el que lo trabaja

Hubo una época, no tan lejana, en que el objetivo de las personas más comprometidas con el cambio social era crear “dos, tres, muchos Vietnams”.  Ahora los objetivos de algunos que siguen comprometidos con el cambio social parecen menos ambiciosos, pero probablemente son más realistas: crear “dos, tres, muchos molinos de viento”.

No es ninguna broma: el modelo energético es uno de los elementos centrales de una sociedad, y los esfuerzos destinados a poner este sector estratégico al servicio de los intereses de la ciudadanía es una de las grandes prioridades de los movimientos alternativos de hoy, que aspiran además a un cambio hacia un modelo de energía limpia.  Antes de que acabe el año empezará a funcionar en Pujalt, en la comarca de Anoia (Barcelona), “la primera eólica de la ciudadanía”, una iniciativa pionera impulsada por veteranos del movimiento ecologista, que han creado un modelo innovador que ahora podría ser replicado en muchos otros lugares: a través de la financiación colectiva han adquirido un aerogenerador de 2,35 MW, de propiedad compartida entre las 381 personas y entidades que de momento se han sumado al proyecto, que produce electricidad limpia y verde.

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Deliveroo: un pulso decisivo

"Aquí te venden un mundo de ensueño, con mucha flexibilidad, libertad y el colmo de la modernidad, pero a mí la experiencia me recordó más bien a la esclavitud. Y no acepto que por el hecho de ser joven tenga que vivir en una especie de esclavitud". Dani Gutiérrez, de veinticinco años, licenciado en Geografía y con un grado superior en técnico de sonido, se acercó hace un año a Deliveroo, una de las empresas emblemáticas de la gig economy, que entrega a domicilio comida de restaurantes a través sobre todo de ciclistas, que en la jerga se conocen como riders. Pronto se dio cuenta, afirma Gutiérrez, de que el cuento no es como lo contaban: "Se trabaja mucho, se gana muy poco y la supuesta flexibilidad no es tal", asegura con el semblante serio.

La teoría dice que todos los que se apuntan como riders pueden elegir cuándo y cómo trabajan, pero el algoritmo que reparte los turnos tiene claro que algunos tienen preferencia a la hora de elegir: si no te apuntas a las horas pico (viernes, sábado y domingo, de 20:00 a 23:00) es difícil conseguir que la máquina te asigne las otras franjas que has pedido. Y no se cobra por horas de disponibilidad, sino por servicio efectuado, a una media de 4,5 euros la entrega. Ojo: de este salario, además, hay que descontar los impuestos, la cuota de autónomo —todos los riders son considerados autónomos por Deliveroo y empresas análogas— y el seguro.

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El diario griego que rompe tópicos

Cuando la crisis llevó a Grecia al borde del precipicio, en 2010, la mayoría de periódicos tuvieron que elegir entre cerrar o someterse a nuevos financiadores más interesados en la propaganda que en el periodismo. En realidad, no fue un dilema original de Grecia, pero sí lo fue la salida que acabó encontrando un grupo de periodistas que no quisieron optar entre lo malo y lo peor: del cierre del diario Libertad de prensa, referente periodístico del centro-izquierda, acabó naciendo en 2012 Efsyn ( El diario de los periodistas), un periódico realmente distinto: cooperativo y con voluntad de jugar en primera división, junto a los medios que marcan la agenda. 

Esta doble pretensión —fórmula cooperativa y vocación mainstream— para un diario de información general, que exige una logística complicadísima con muchos trabajadores implicados, parecía una utopía, pero cinco años después el proyecto no sólo sigue en pie, sino que parece haberse consolidado sin renunciar a ninguna de las dos patas: las reglas cooperativas se aplican incluso a las rutinas de producción de la información —los periodistas eligen al director y a los redactores jefe en votaciones vinculantes— y el diario es el tercero en ventas, con cifras consolidadas por encima de los 15.000 ejemplares en un mercado periodístico muy fragmentado en Grecia y en caída libre en todo el mundo. Pese a ello, Efsyn ha logrado aumentar su circulación el 18% desde su arranque.

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Lecciones de Octubre de 1917

Josep Fontana (Barcelona, 1931) es uno de los grandes historiadores de nuestro tiempo, con una erudición y profundidad fuera de lo común y gran capacidad para interrelacionar y explicar de forma didáctica fenómenos complejos con herramientas interdisciplinares. Aunque especializado en el siglo XIX, en los últimos años ha ido centrando cada vez más su atención en el XX, como hizo también el fallecido historiador británico Eric Hobsbawm, del que Fontana es sin duda uno de sus más destacados herederos, con su compartida adscripción a la tradición marxista, pero de espíritu libre, heterodoxa y máxima profesionalidad.

En su último libro, El siglo de la revolución (Crítica) , Fontana repasa el último siglo tomando como referencia el impacto de la Revolución de Octubre y la toma del poder de los bolcheviques de Lenin en Rusia, ahora hace cien años. Obviamente, no se trata de un ejercicio de nostalgia, sino que es una aportación imprescindible para entender de verdad el último siglo e incluso lo que llevamos de XXI, marcado por la crisis económica para las clases populares, la explosión de la desigualdad y el terrorismo yihadista globalizado.

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Catalunya: ¿agua o fuego?

Aunque algunos sectores de Madrid dicen estar convencidos de que el mal tiempo escampa y que gracias a las tablas de la ley incluso podremos ir a la playa el domingo, en Catalunya todo el mundo ve cómo se va acercando la amenazadora columna anunciando para el 1 de octubre un carajal de aúpa. Sin embargo, aún no está del todo claro si lo que se divisa es humo o nubarrones. Y la diferencia es enorme, como saben bien los payeses: si es fuego, quizá se pueda aún encauzar y controlar, con la ayuda de bomberos. Pero si es agua, no hay nada que hacer para salvar la cosecha.

La situación se ha tensado tanto con el referéndum del 1-O que ni siquiera los principales actores implicados saben ya con seguridad si lo que tendremos es un incendio o un temporal. Si el domingo centenares de miles de personas salen de sus casas con la intención de votar y el impresionante despliegue policial montado por el Gobierno del PP decide impedirlo, cualquier pequeño imprevisto puede desencadenar un espiral de caos que se sabe cómo empieza pero no cómo acaba. En estas circunstancias, sólo un milagro permitiría mantenerse en el guión previsto por los líderes de los bloques enfrentados.

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Camí al barranc, l'amenaça és el millor estímul

La política catalana està tan accelerada, camí del referèndum de l'1-O, que tots els codis tradicionals han saltat pels aires. Això dificulta molt la comprensió del que està succeint més enllà de les proclames i la propaganda, i, per tant, també complica la eficiència de les respostes que puguin donar-se’n. El Govern espanyol sembla no haver-se adonat de la voladura dels codis tradicionals: està responent just com desitja la coalició independentista.

En conflictes com aquest, la part suposadament forta pot amenaçar l'altra amb aplicar-li tot el pes de la llei, amb aixafar-lo fins i tot advertir-li que, si segueix així, s’estimbarà pel barranc. I segons els codis tradicionals, la part amenaçada farà tot el possible per evitar in extremis el desastre i aquí rau en bona mesura la clau de la guerra de nervis habitual: fins a on aguantar per evitar el càstig anunciat? No obstant això, aquest comportament clàssic aquí no regeix: els principals actors que condueixen el procés a Catalunya no volen evitar aquests càstigs, sinó que en realitat semblen desitjar-los, cada un amb el seu propi motiu. D'aquí que la resposta del pal clàssica no només no funcioni, sinó que fins i tot sigui contraproduent, per molt que tingui formalment de la seva banda la llei, Brussel·les i, si s'escau, fins el Papa de Roma.

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