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Raúl López Romo

Doctor en Historia Contemporánea e investigador del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda, de la Universidad del País Vasco. Ha escrito varios ensayos sobre el pasado reciente de Euskadi desde y para el llamado 'mundo académico'. Puntualmente también colabora con la prensa periódica (El Correo, Hika), y ahora con eldiarionorte.es a modo de divulgación científica, que es con lo que disfruta cada vez más. En la actualidad colabora en el Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo

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Carta a un estudiante de Historia

Querido estudiante:

En Euskadi aún no se habla claro sobre ETA y el nacionalismo vasco radical. En ciertos ámbitos, los borrokas tienen barra libre. Te mentiría si te dijera que me ha sorprendido lo que te han hecho. Se sienten impunes y lo aprovechan. Y están cargados de odio. La paliza que te dieron hace unos días no ocurrió por casualidad. Enlaza con una cultura de estigmatización del “otro” y de legitimación de la violencia que viene de lejos, que está muy arraigada y que costará desterrar. Una vez leí una frase de Fernando Savater que me gustó mucho, aunque lamento no recordar su procedencia (¡error de historiador!). Tiro de memoria, así que la cita es aproximada. Este era su sentido: no solo es que odien a España, es que han aprendido a llamar “España” a todo lo que odian. Cuando se ha practicado esto durante décadas, llegando al extremo de asesinar al que piensa diferente, es difícil que todos los esbirros obedezcan a sus jefes cuando estos últimos deciden que hay que parar.

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Cinco años 'de paz'

Si tomamos al azar un periódico de hace más de cinco años, al hojear su contenido encontraremos pasajes como este:

“Ambos profesores fueron los destinatarios de un sarcástico “comunicado sentimental de los intelectuales” difundido en el campus de Vitoria por Jarrai. En castellano se les acusaba de “españolazos” y “traidores”. El final del texto, redactado en euskera, advertía: “las agujas del reloj marchan hacia adelante. El tiempo se está acabando”. A Portillo se lo han recordado recientemente en una nota dejada en su despacho: “Tu vida ha empezado la marcha atrás. Vete mientras te quede tiempo” (El País, 14 de junio de 1998).

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¿Importa la educación pública de calidad?

Para el curso que viene el Departamento de Educación, Política Lingüística y Cultura del Gobierno Vasco ha decidido suprimir todas las plazas de media jornada para profesores de la red pública encargados de Actividades Complementarias y Extraescolares (ACEX). Según una nota redactada por los docentes afectados, dirigida a las AMPAS y los equipos directivos de las escuelas e institutos para plantear acciones de protesta, esto implicará la desaparición de programas medioambientales, deportivos, de comunicación, artísticos y de biblioteca escolar. Si alguien no lo remedia, se habrá consumado así un nuevo y discreto tijeretazo, esta vez contra iniciativas dirigidas a la mejora de la enseñanza. En Bizkaia serán 62 los centros públicos damnificados ya en septiembre. En Gipuzkoa hay 30 y en Álava uno en la misma situación. Los programas ACEX tienen presencia en el 33% de los centros públicos de enseñanza de Euskadi, dando servicio a unos 55.000 alumnos.

Veamos al detalle el caso de las bibliotecas escolares, que es el ámbito que más se potencia en los programas ACEX. Estos espacios, ahora rebosantes de vitalidad, languidecerán. Después de todo el esfuerzo dedicado a ponerlas en marcha y dotarlas de medios, cabe concluir que sus fondos se irán dispersando y sus iniciativas se paralizarán. Se trata de un retroceso a la situación de hace dos décadas, que es el tiempo que llevan funcionando los citados programas. Precisamente, del 23 al 27 de mayo se ha celebrado en el teatro Clara Campoamor de Barakaldo la semana cultural de ACEX Bizkaia, que ha conmemorado el 20 aniversario del que es uno de los proyectos educativos más longevos en Euskadi y ha sido pionero y modelo para otras comunidades autónomas

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Decidieron matar, les obligaron a parar

Los que piensan que fue el nacionalismo vasco radical el que acabó con el terrorismo de ETA como fruto de un proceso de reflexión impulsado por Arnaldo Otegi “el hombre de paz”, y no como consecuencia del colapso de su estrategia violenta, debieran aclarar qué lugar ocupan en su análisis los siguientes hechos. Primero, a la banda, cuando dejó de matar en 2010, le quedaban un puñado de miembros en libertad frente a más de 600 cumpliendo condena en las cárceles. Segundo, Batasuna, su brazo civil, estaba ilegalizado en España desde 2003, un veredicto que obtuvo después la aquiescencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Tercero, en un puñado de meses, entre noviembre de 2008 y abril de 2009, fueron detenidos los tres jefes consecutivos del “aparato militar” de ETA. Aparte, no estaría de más que se proporcionara una explicación convincente de por qué ese “proceso de reflexión interno” supuestamente tan decisivo llegó con semejante retraso, hasta convertir Euskadi en el último rincón de Europa con un terrorismo doméstico (por diferenciarlo del yihadismo internacional) en activo. La “izquierda abertzale” carecía de cultura democrática y aún hoy no muestra signos de autocrítica, sino orgullo por su pasado y por los que considera que son sus “gudaris”.

Dentro de la campaña exculpatoria en la que está embarcado, Otegi recuerda que en ETA han militado varios miles de jóvenes vascos, como si la cifra otorgara un plus de legitimidad, en vez de suponer una mancha sobre nuestras conciencias. En la misma línea autojustificativa, el nacionalismo vasco radical insiste en que esos jóvenes se vieron obligados a empuñar las pistolas. Dicho sector político concibe del siguiente modo el ciclo del terrorismo en Euskadi: al principio, dicen, las circunstancias les llevaron por el camino de las armas. Al final, ahí sí, aseguran que corrigieron ellos solos el rumbo.

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El terrorismo no fue un relato

Los relatos son historias que la gente se cuenta entre sí para dar sentido a su experiencia (Peter Burke). Partiendo de esta definición, existen tres grandes relatos sobre la violencia que ha marcado el pasado reciente de Euskadi. Uno coloca en el centro de gravedad a las víctimas del terrorismo. A su vera se sitúan buena parte de las mejores cabezas del país, por el compromiso cívico propio de los intelectuales liberales y porque la teoría del conflicto, si por tal se entiende que hubo dos bandos enfrentados en una especie de guerra, puede tener el atractivo de la sencillez, pero es, sencillamente, una falacia. Frente a fáciles e injustas equiparaciones, precisar la asimetría de las violencias requiere reflexiones críticas, habitualmente incómodas de realizar, ya que se oponen a lugares comunes arraigados. La asimetría queda establecida en los siguientes términos: ETA fue, con mucha diferencia, la organización terrorista más sanguinaria, la más longeva y la única que contó con apoyo social en el País Vasco. En 1980 un grupo de 33 reconocidas personalidades de la cultura vasca dio en el clavo con el manifiesto “Aún estamos a tiempo”. Decían así: “la violencia que ante todo nos preocupa es la que nace y anida entre nosotros, porque es la única que puede convertirnos, de verdad, en verdugos desalmados, en cómplices cobardes o en encubridores serviles”. Su valiente postura fue una necesaria gota de dignidad, que ayudó a abrir una senda por la que ahora transita este primer relato.

En el extremo contrario, un segundo relato es el de los perpetradores y sus simpatizantes, que goza de vitalidad a nivel popular, pero carece del seso y la ética del primero. Aquí tenemos algunas muestras, aparecidas en los medios de comunicación en las últimas semanas: ante un tribunal, presos de ETA se jactan de su militancia en la organización terrorista; en plena campaña electoral, 200 expresos de la banda piden el voto para la “izquierda abertzale oficial”; la “izquierda abertzale oficial” convoca ayunos y manifestaciones por los reclusos de ETA, los pretende elevar a la categoría de “prisioneros políticos”, demanda su amnistía e, invirtiendo la culpabilidad, los califica como “víctimas”. Estamos ante una narración que, retrospectivamente, se propone abrillantar la trayectoria de un sector totalitario, que recurrió al asesinato, la extorsión y la amenaza para tratar de imponer su proyecto político. No es que piensen que su responsabilidad “no fue para tanto”. Es que sostienen que la culpa siempre fue de los otros y, por boca del presidente de Sortu, Hasier Arraiz, se muestran “orgullosos” de su “lucha”

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Tras Franco, ¿de quién era la calle?

Se ha dicho que vivimos en la era del testigo. Esto tiene mucho que ver con la exaltación de la memoria, que no tiene por qué ser perniciosa, salvo, entre otras cosas, si se construye por oposición a la historia académica. “El que vio y vivió para contarlo” es necesario para dar cuenta, por ejemplo, de las atrocidades del siglo XX. Primo Levi es el arquetipo de esto (su trilogía sobre Auschwitz es un trabajo monumental e imprescindible), aunque para él los testigos más fidedignos, los que conocieron el horror en toda su inmensidad, fueron los que entraron en las cámaras de gas, es decir, los que no volvieron y callan para siempre.

Aparte, uno, como historiador, no puede evitar señalar que en nombre de la memoria se dicen muchas simplicidades, y que abundan los testigos que, ante un mismo hecho, según el modelo de gafas que gasten, ven cosas opuestas o no ven nada. Valga la muestra: unos recuerdan que la Transición fue un tiempo en el que Euskadi vivía bajo un estado de excepción no declarado, en el que las tanquetas de la Policía se enseñoreaban de las calles. Otros sostienen que por aquel entonces los policías eran unos pobres diablos que vivían en barrios muy humildes, expuestos a los atentados de ETA y aislados del resto de la población, que los despreciaba. Solo esto ya da que pensar sobre esa sentencia tan castiza, que se emplea como argumento de autoridad con excesiva frecuencia: “yo estaba allí; yo sé lo que pasó”. Ojalá fuera así de fácil. En realidad, las fuentes orales son más valiosas para reconstruir narrativas subjetivas que para obtener datos incontrovertibles.

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De historia, política y mentiras

Iñaki Anasagasti ha publicado un artículo en el diario Deia, 22/03/2015, en el que critica unas declaraciones mías en una entrevista para El Mundo, 1/03/2015. En éstas, constataba yo dos hechos. Uno, que la primera manifestación convocada contra ETA en la transición democrática fue organizada por el PCE, no por el PNV, como han sostenido algunos dirigentes de este partido. Y dos, que la marcha del PNV a la que Anasagasti se refiere no fue explícitamente “contra ETA”.

Respecto a la primera aseveración, basta mirar al calendario. La convocatoria jeltzale data del 28 de octubre de 1978 y la de los comunistas de cuatro meses antes, el 28 de junio del mismo año, como expliqué en eldiarionorte.es 14/03/2015. En realidad, las primeras movilizaciones contra ETA se remontan a los años del franquismo. No obstante, éstas tuvieron unas connotaciones de legitimación del pasado régimen en las que la democracia actual no puede sentar los orígenes sociales de la lucha frente al terrorismo. Por ejemplo, cientos de personas desfilaron por Bilbao tras el asesinato del presidente del Gobierno y mano derecha de Franco, el almirante Luis Carrero Blanco, en diciembre de 1973. El acto finalizó con el cántico del 'Cara al Sol' en la plaza de Santiago de la capital vizcaína, en cuya catedral se ofició una misa por el finado.

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¿La primera manifestación contra ETA?

En una escena memorable de una memorable película, Charles Chaplin recoge del suelo la bandera que acaba de caer de un camión en marcha y, agitándola, trata de alertar al conductor para que se detenga. Su gesto, realizado en el centro de la calzada, tiene, sin embargo, un efecto inesperado: obreros saltan a la calle en lo que toman por la señal para iniciar una reivindicación sindicalista. La multitud envuelve a Chaplin, convertido en desencadenante involuntario de la manifestación. El pasaje pertenece a 'Tiempos modernos' (1936), clásico del cine dedicado a las consecuencias sociales de la industrialización, donde se reflejan las duras condiciones laborales en las fábricas, lo que los marxistas llamaron la “alienación de las masas” y, por ende, la naturalidad con la que aquellas gentes explotadas respondieron ante lo que interpretaron que era una llamada a reclamar sus derechos.

Sociólogos como Sidney Tarrow, David Snow o Robert Benford han elaborado rimbombantes términos para analizar fenómenos como el descrito: “factores precipitantes de la acción colectiva”, “marcos dominantes de protesta”. Tratan así de condensar en pocas palabras una parcela de la compleja realidad. Apelan a la capacidad que tienen ciertas demandas de aglutinar movimientos sociales en el tiempo y en el espacio, en lo que, siguiendo con expresiones del gusto de los científicos sociales, se ha dado en llamar “ciclos de protesta”.

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