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Sabina Urraca

Periodista. Vasca de nacimiento, pero criada en Tenerife, vive en Madrid desde hace muchos años. Ha colaborado y colabora como en Tentaciones, Vice, Tribus Ocultas, El Comidista, Notodo, Infolibre, Cáñamo, Ajoblanco, El Estado Mental, Bostezo y Madriz. Es autora del fanzine Tus faltas de ortografía hacen llorar al niño Dios y la novela Las niñas prodigio, editada por Fulgencio Pimentel. 
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Cómo ver películas anteriores a los tiempos de la corrección política

1. Siéntese, túmbese.

2. Ponga la película.

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Querida Maricarmen

Esta columna iba a llamarse "Querida Rose McGowan". Después pensé en llamarla "Querida Catherine Deneuve". Si la columna hubiese ostentado el primer título, habría hecho una reflexión, dirigiéndome de forma ficcional a Rose McGowan, sobre el hecho de ser la primera en señalar una injusticia, la primera en quedar a solas con esa acusación, en suspenso, esperando a que la gente que sólo observa y no se pronuncia reaccione. Habría hablado del dolor de ver cómo tu denuncia es regurgitada en forma de producto de marketing, en un mensaje positivo después de un hashtag, después de haber sido silenciada y apartada de tu carrera profesional por aquellos que preferían no escuchar tu voz. Si la columna, en cambio, se hubiese dirigido a Catherine Deneuve, me habría visto escribiendo un manifiesto ironizante -a veces es más sano para el hígado dirigir el resquemor hacia la burla justificada- riéndome de esa cultura de la seducción que permite que las alimañas sean consideradas lobos de espalda plateada, dueños y señores de seducir torpemente al objeto de su deseo, aunque este dé claras muestras de pasar del asunto.

Finalmente, he tenido a bien titular este texto como "Querida Maricarmen". Según Google, María del Carmen es el nombre que más mujeres llevan en España. María del Carmen, sería el metro sesenta, el calzado del numero 38, el pelo castaño, los ojos marrones; esto es: la mujer media española. ¿Por qué dirigirme a Catherine Deneuve, a Catherine Millet, o bien, cambiando de "bando", a Rosanna Arquette o Mira Sorvino? ¿Acaso van a leerme ellas? ¿Acaso a alguna de nosotras, maricármenes medias, mujeres que viajamos en apretados vagones de metro, que hemos sido becarias en empresas, que en su momento asistimos a revisiones de exámenes, que tuvimos, tenemos o tendremos compañeros de trabajo hombres y cenas de empresa, nos incumben, en última instancia, los trapos que estas señoras se lancen mutuamente a la cabeza?

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Propósito de año nuevo: montar gresca

Hace un par de días, caminando por una céntrica calle de San Sebastián, divisé a un grupo de cinco adolescentes que se aproximaban. Cinco mujeres de entre 14 y 18 años (me pasa ya como con los bebés, que lo mucho que me he alejado de esa edad anula mi capacidad de calcularles los años) avanzaban por la mitad de la calle, torpes pero fingiendo no saber siquiera lo que era la torpeza, como buenas criaturas inmersas en un inmenso pavo. Y de pronto lo vi. "I'm the voice of my generation". Ese lema -soy la voz de mi generación- estaba estampado en las camisetas blancas de tres de ellas. En un principio, en su absurdez, el efecto resultaba casi cómico: una marca de ropa estampa un eslógan (quizás inspirada en la frase de Hannah Horvath en la serie Girls- que aboga por lo genuino y lo único, vende millones de camisetas, cada una de ellas clamando por lo especial que es la persona que la viste, y en una misma pandilla de amigas, tres de ellas deciden comprársela y vestirla al mismo tiempo. Sonreí un poco, casi reí, pero la carcajada quedó cortada de pronto por el desaliento. La realidad cayó sobre mí como un mazazo.

Pensé que esas muchachas, cada una ostentando -de forma poco meditada, supongo- un mensaje que les confería cierta presunción de entes con poder del bueno, con una idea magna que transmitir, con una chispa especial para lanzar un mensaje a este mundo absurdo. Me asustan estos mensajes demoledores, esta falsa fuerza a golpe de serigrafía sobre tela, porque lo cierto es que nadie -y cuando digo nadie, me refiero a ningún millenial, somos, así, a grosso modo, la voz de nada-. De hecho, ni siquiera poseemos una voz. Nuestro mensaje, nuestros intentos por comunicar, son un débil hilillo, un gemidito ahogado, no más que eso. La única voz que podemos tener es una grabación con el tono robótico del loquendo que suelta una retahíla de palabras aprendidas.

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Yo no conozco a Rodrigo Lanza

Hace unos días, al ver a través de una ventana el salón de una casa del barrio de Usera, tuve el recuerdo súbito del salón de la casa en la que viví cuando tenía tres años. La misma moqueta marrón, las mismas sillas plegables de madera, la luz incidiendo de la misma forma sobre los muebles. Recordé que ese era el salón en el que había sufrido una caída y me había hecho una herida en la cara. Reproduje en mi cabeza la escena del accidente: el cuerpo de un bebé de tres años -yo- saltando desde un sofá y golpeando contra la esquina de una cómoda. El recuerdo me sobresaltó, porque había algo cinematográfico en él. Sucedía a cámara lenta. Y sospeché de mí. Tuve que reconocerme que mi recuerdo, probablemente, no era más que una creación, un constructo audiovisual memorístico fabricado con la colaboración de las personas que estaban en ese momento allí, viéndome caer: mis padres. Nos marchamos de esa casa pocos meses después de aquella caída, pero conservamos, en el álbum familiar, fotos del salón. Cada vez que las vemos se habla de aquella caída, se explica con todo detalle cómo tuvo lugar, hasta el punto que he sido capaz de fabricar un falso recuerdo, basado en testimonios, de aquel momento. Supongo que casi cualquier lector tendrá en su cuerpo la cicatriz infantil, suavizada por el paso de los años, de un pequeño accidente que no recuerda, pero que cree recordar. Otra gente nos contó nuestro propio recuerdo, y, como es natural, nos lo apropiamos.

En estos días leo sobre Rodrigo Lanza. No voy aburrirles contando su historia, o la historia de él que nos han contado, porque a ustedes también les habrá sido relatada una y otra vez, en varias de sus múltiples versiones, a través de los medios. Presunto homicidio en Zaragoza, tirantes con la bandera de España, barra de hierro, Ciutat morta, defensa propia, arma blanca, crimen de odio, dos Españas enfrentadas...

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Y tú me pides que sonría

Tú, señor esperando junto a tu coche, me pides que sonría. Esperas a tus hijos, a tus nietos, qué sé yo, apoyado en el capó, en una calle de Madrid. Pareces un hombre normal, tranquilo, sin malicia. Pero el caso es que me lo pides. Dices:

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Hermanos, ya no creo

Estaba viendo un documental de Joan Didion. Todo era bello, dolorosísimamente triste, pero hermoso: la vida de esa escritora rota a hachazos de muerte, su soledad en el mundo, su resistencia, sus manos ancianas gesticulando. Cabeceé de sueño -el documental era bueno, pero yo estaba agotada del día- y de pronto, en esos sueños absurdos del duermevela, que sin embargo, por la cercanía a la vigilia, tienen un brillo mucho más realista que cualquier otro sueño, me asaltó el horror. 

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Derramar la copa (I don't want to believe)

Con respecto a esto que tanto se cacarea ahora mismo y desde hace semanas en las calles y las redes de sentirse o no español, debo decir que jamás me he sentido tan extranjera como cuando dejé de beber alcohol. Fue sólo una época, una búsqueda de tregua al cuerpo y un aburrimiento ante la frase ritual "irse de cañas". Pero en barras y fiestas y noches de locura, todo tipo de personas me lanzaban lo que me empezó a parecer la Gran Frase Patria: "Uy, yo no me fío de la gente que no bebe". La masa achispada, de la que normalmente yo formaba parte, me miraba con ojos atravesados. Me vi aceptando copas y abandonándolas por ahí, exagerando males del cuerpo para ser dispensada, asustada ante la tradición bebedora española, aterrorizada ante la exigencia y la desconfianza de la masa. Incluso en ambientes extremadamente tolerantes, había una pequeña decepción, un "ah, ¿no bebes?" pronunciado con ojitos de extrañeza. Me sentí fuera de una respetable tradición, ajena y sola frente a la pasión comunal. Un día, huyendo de la masa que me exigía que bebiera, intenté derramar en un alcorque de la calle una copa de vino que habían insistido en servirme. No llegué a volcarla. Más harta de aguantar el sentimiento de extrañeza que verdaderamente sedienta de vino, decidí dejar al árbol en paz y beberme la copa. Mi vuelta al ruedo fue aplaudida. Y yo, para qué negarlo, me sentí en paz. Porque, como muchos seres que desean la felicidad, a veces amo abrazar lo que es fácil, generalizado, compartido. ¿Recuerdan la emoción infantil cuando su voz se alzaba junto con el resto de las del coro en la función de fin de curso? Pues eso. 

Hace semanas, Galicia se quemó, quemaron Galicia. Ya casi ha pasado el furor del fuego para los que estamos lejos de allí, pero en su momento anduvimos todos como pollos sin cabeza, angustiados ante las imágenes devastadoras de bosques y vidas ardiendo. En medio de aquello, surgió una foto icónica, una imagen que ahora ha pasado a imagen de archivo confusa y vergonzante, pero que en su momento fue alzada como estandarte del dolor y la ternura y la bondad rompiendo fronteras: un perro (una perra, se presumía) salía de una zona calcinada con un cuerpo animal diminuto completamente carbonizado entre sus fauces. No recuerdo el nombre de ese can, porque prefiero no recordarlo, pero lo tenía. Observé cómo el clamor popular vendía a este animal como mascarón de proa de la bondad abriéndose paso en la cruel desgracia. Según artículos y comentarios, lo que aquella perra llevaba en la boca era su propio cachorro hecho carbón. Durante algunos días, se la había visto rescatando animales muertos del bosque y enterrándolos en un terreno cercano a la iglesia del pueblo, en una suerte de milagro de la nobleza animal (con un pequeño añadido de religiosidad que aportaba cierto brillo canonizable a la historia). Soy dada, como cualquier señora emocional amante de las ficciones, a querer creer este tipo de cuentos de Grimm. Me gusta emocionarme antes los milagros inexplicables, me gusta que los haya. Pero, tras dos minutos entregada al estremecimiento del I want to believe, una idea brutal como la misma naturaleza se abrió paso en mi candor de clickbait fácil: aquel perro no podía estar realizando una labor de sepultura cristiana. Ese pecho peludo no estaba inundado de piedad, tal y como se le suponía. Aquella bestia, bella y entregada a la supervivencia, estaba haciendo despensa. 

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Por un sano striptease económico

Desde siempre he tenido una curiosidad malsana por saber de qué vive la gente. En España, el país en el que hablamos de lo llamativo, pero nunca de lo verdaderamente importante, esta es una misión titánica, imposible, llena de escollos, eufemismos y esquinazos. Es de mala educación decir cuánto cobras, es terrible preguntar cuánto cobran otros, cuánto se paga de alquiler, cuánto te gastaste en una camisa. Hace años, en una cena de empresa, un colega al que acababan de ascender sólo fue capaz de decirme la nueva cifra de su nómina cuando hubo consumido unas cuantas copas. Era un muchacho realmente noble, adorable, lleno de ganas de ser bueno y no resultar antipático a nadie. Pronunció la cifra tapándose la cara con las manos, atorado por la vergüenza, como si estuviese diciéndome "te quiero", en lugar de "1400 euros". 

En España se lleva decir que eres pobre, que no hay dinero para pagar. Es casi elegante hacerse el humilde de una extraña forma: alzando la cabeza y haciendo ostentación de tu mala economía. Incluso en las conversaciones con pagadores, el dinero es un ente semiprohibido, del que nos vemos obligados a hablar con titubeos, mails crípticos de ida y vuelta, como -de nuevo acudo a los sonrojos del amor- cuando nos perdemos en devaneos avergonzados antes siquiera de besar a alguien a quien queremos besar. 

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Ese zumbido ensordecedor

"He pensado algo y prefiero no contarlo". A la pérfida luz azul del Facebook, esa frase sencilla me pareció de pronto una genialidad. Albricias. La emoción me levantó de la silla. Lancé un pequeño viva. Los pensamientos propios como tesoro, selva virgen que no deja siquiera entrever su interior. Es más bella así, inexplorada. Sobre todo cuando llevo días viviendo exactamente la situación contraria, sintiendo las redes como una jungla traqueteada llena de territorio talado para extraer aceite de palma y poblado evangelizado. En este marco boscoso, yo soy poco más que una turista amedrentada, obligada a ingresar en un safari interminable en el que grandes bestias la atacan con las opiniones más diversas. Sólo deseo tranquilidad, poder pensar con claridad, abanicarme con mi salacot en una choza fresca, pero este tipo de viaje es imposible en la gran jungla de la opinión. Se cuelan culebras por los rincones, un rinoceronte empuja la puerta de la choza con su cuerno.

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