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Sofía A.

Adicta a la cultura en cualquiera de sus manifestaciones.

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Conchita es imparable

«We are unstoppable» («somos imparables») fue la contundente frase con la que culminó Conchita Wurst el sábado al recoger el primer premio en la final de Eurovisión. Y no se refería con ese «we» a las mujeres de barbas pobladas ni a los hombres con traje de cola, que también, pero eso sería quedarse en la punta del iceberg, como muchos han decidido hacer porque tienen miedo de mirar más allá. En ese «we» Conchita estaba incluyendo a todas aquellas personas que son diferentes o sufren discriminación y que todavía tienen mucho por lo que luchar para poder vivir una vida normal. Sí, porque aunque sea paradójico, ser diferente es normal, y a estas alturas de la vida, por triste e insólito que parezca, aún se hace necesario reivindicarlo en muchos países de nuestra Europa.

Se acusa a Eurovisión de ser anticuada, casposa o sin talento. Pero, una vez más, el festival no sólo ha demostrado que hay grandes voces y canciones, sino que de anticuada tiene bastante poco cuando sirve de escenario a la reivindicación de la igualdad, la no exclusión y la paz. En un contexto europeo donde desde lo político se ha decidido mirar a otro lado ante las flagrantes discriminaciones, persecuciones y violencia homófoba ejercida desde el poder de los gobiernos y las instituciones (especialmente en Rusia y otros países del Este) y que sufren el colectivo LGTB y todos aquellos que deciden vivir su vida de forma diferente y pacífica o simplemente en condiciones de igualdad, Eurovisión se ha convertido en una plataforma desde donde reivindicar el espíritu europeo de unidad e inclusión, y todo ello a través de alguien que personifica, en el escenario y fuera de él, lo transgresor, lo queer, lo no normativo.

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